Charla a corazón abierto con Samanta Schweblin, autora de Siete Casas Vacías

CAPITAL FEDERAL- En el libro de cuentos «Siete casas vacías», de Samanta Schweblin, las acciones de los personajes parecen situarse en un lugar desacostumbrado, extraño, a veces determinado por la manera de focalizar en alguien o algo en especial, un desajuste de la mirada que la autora considera su «escritura más auténtica».

«Siempre extraño esa zona de oscuridad que a veces hay en la vida real, me parece que siempre estamos decidiendo qué está bien o está mal, qué es posible o qué no, qué es normal o no. Siempre estamos recortando la realidad y dejando afuera un espacio enorme que también es real, es parte de nuestro mundo pero por alguna razón es más fácil no mirarlo, quizás no podamos contarlo», cuenta en una entrevista con Télam, en un antiguo y colorido bar, del barrio de Belgrano.

Recién publicado por Páginas de Espuma, el libro que integran cuentos como «Nada de todo esto», «Pasa siempre en esta casa», «Cuarenta centímetros cuadrados y «Salir», fue galardonado este año con el IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero.

Anteriormente recibió el Premio Casa de las Américas (2008) por su libro de cuentos «Pájaros en la boca» y el Juan Rulfo en 2012 por el relato «Un hombre sin suerte», añadido a este volumen.

– ¿Cómo surgió la idea de anclar las historias en el común denominador de una casa?

– A mí me resulta bien interesante la estructura de una casa, un espacio rígido que siempre es el mismo que durante años ocupa las mismas dimensiones, también el lugar del confort, del sentirse seguro, pero son personajes que necesitan salir de esos espacios, para conectar con el otro, para poder solucionar cosas, calmarse, incluso hay personas que buscan esos espacios porque no los tienen.

– Ese desacomodo de los personajes ¿es un intento por capturar esa parte de la realidad que escapa de los límites de lo supuestamente normal?

– Estos cuentos se abren a otros mundos que son parte de nuestra realidad, pero en los que no solemos vivir: lo extraño, lo que linda con la locura, lo impensable, lo inaceptable. De alguna manera cura a los personajes, les ayuda a solucionar sus problemas, como si se hubiera agotado la realidad, como si esa realidad normal, acotada, en la que estaban viviendo, ya no decidiera. Y un pasito al costado pudiera salvarlos o calmarlos.

– Una de las cosas que se repiten en los cuentos es el problema de la comunicación ¿Es como un intento que siempre resulta fallido?

– Está en todos los cuentos. Por un lado esa comunicación imposible, parece todo una tragedia decir lo que decimos, lo que pensamos, comunicar eso al otro es imposible. Siempre llega con ruido, incluso desde el sentimiento a las palabras, llega con ruido a nosotros mismos… el lenguaje deforma lo que sentimos. Por otro lado tenemos esta pulsión incansable de decir, de explicarnos, de comentar, de darles los por qué al otro. Y es una tragedia primigenia del ser humano y a la vez es un lenguaje que suple en muchos aspectos, pero que también destruye, malforma, en muchos otros, una incomunicación, y la escucha también tiene interferencias.

– Hay situaciones ambiguas, como en el relato «Mis padres y mis hijos» donde según cómo se mire el significado puede ser perturbador.

– Sí, cuán peligroso es que mis padres jueguen desnudos con mis hijos. Hay mucho en este tema de la crítica de los límites de lo aceptable y lo inaceptable. Es caminar un poco en la cornisa, un poco lo evitamos pero es ahí donde se ve todo.

– Los objetos tienen mucho protagonismo en todas estas historias ¿Por qué?

– Las palabras son demasiado precisas para mi gusto, en cambio los objetos son entidades muy reflectivas, todo lo que pone el personaje, todo lo que pone el narrador y el lector se vuelven objetos muy inestables en un relato, porque el propio narrador no controla todo, son como espejos. Todo lo hice de manera bastante intuitiva, no tuve mucha conciencia del peso que tenían y me fui dando cuenta después. Se vinculan en los cuentos como si todos habitaran no las mismas casas, pero sí los mismos objetos.

Son dramas que tienen que ver con las casas, con las cajas, con las listas, los cuerpos; en todos los cuentos hay ese movimiento intuitivo o instintivo, las dos cosas, que tienen los personajes donde a veces reacomodar los objetos, moverlos, donarlos, enterrarlos, esconderlos, podría implicar mover ciertos sentimientos, ciertos traumas, como contenedores de lo intangible.

– En el cuento «La respiración cavernaria» aparece la experiencia de la vejez, la enfermedad, ese tiempo detenido donde nada viene a darle un empujoncito a la muerte ¿Cuál fue el disparador?

– En mi historia familiar hubo muchas mujeres que murieron por el Alzheimer, en una época en que no se trataba. La enfermedad no te mata físicamente, pero vos dejás de tener conciencia de tu pasado, desaparece la conciencia de vos mismo. Algunos se convierten en zombies violentos, no entienden quién es el otro, uno desaparece sin morirse, un cuento que me dio mucho trabajo, era un tema muy pesado.

Por primera vez agarré un personaje con el que no conectaba, me siento bien por lo general con mis personajes, son tipos que me caen bien y Lola era una mala mina, pero me gustaba la idea de empatizar, una muerte tan dolorosa te hace empatizar incluso con un personaje como éste.

– Los vínculos familiares son una presencia central en tu escritura, siempre al acecho, a la espera de lo imprevisto o de algo oculto en la monotonía cotidiana….

– Quizás porque forman parte de una estructura muy condicionante. Por un lado la familia es el espacio que te contiene, te cuida, te calma, pero también es el lugar de los condicionamientos, de la bajada de línea, del recorte, de la deformación, y esa fatalidad de tus padres, quizás las personas que más te quieren, hay mucho amor pero es inevitable el dolor. El simple hecho de tocar ya implica dolor, como si no pudiera haber contacto sin dolor.

Me imagino qué terrible debe ser para un padre entender que cualquier intento de formación del otro es deformación, cualquier intento de cuidar es recortar, no importa qué movimiento hagas siempre empujás hacia adelante y ayudás pero también dañás, es inevitable. Me parece una tragedia que a nivel dramático es espectacular.

– ¿Cuándo escribiste estos cuentos?

– Los escribí en los últimos cuatro años, incluso hay anteriores como «Distancia de rescate» que era de este volumen y se hizo demasiado grande, se transformó en una nouvelle. Tuve que hacerme cargo y luego volví a los cuentos. El premio apareció después, aunque reconozco que los premios me ayudan mucho a terminar los libros de cuentos, te obligan al punto final: no es casualidad que los tres que escribí han coincidido con un premio.