8, 9, 10

Juan José Becerra (2)

Publicado en Miradas al Sur/Diagonales
Por Juan José Becerra

A ustedes no tiene por qué importarles lo que hago con mi control remoto ni con mi tiempo libre, pero aprovecho el espacio soberano de este documento de word, todavía vacío,para decirles que había dejado de ver 6, 7, 8 habiendo sido un espectador bastante fiel en el momento de su irrupción. Pero empezó a aburrirme. Me dormía. Aunque no tanto como Orlando Barone, quien ya había comenzado a darnos una imagen extraña, la de la persona menos interesada por el programa en todo el mundo y, aún así, sostenida como tótem silencioso en el centro del plató. Sentía que pasaban los días y no despuntaba en la pantalla ninguna intensidad, ninguna novedad, ninguna sorpresa. Un día, la gata que llena de parásitos toxoplasma gondii y pelos albinos los sillones de casa se echó a dormir una siesta sobre el control de fabricación chino marca UEI, con el que administro las señales que me provee El Monopolio, y por unos segundos vi aparecer a Vicentico. Discutía o más bien conversaba con Pablo Llonto sobre la televisión basura. Era un peloteo amable, y Llonto tenía sus razones, como las tenemos muchos, para tirar al programa de Tinelli bajo el tren de la lectura crítica o la desconfianza.

Pero el hecho de que Vicentico lo defendiera, aún estando en desacuerdo con él, me cayó tan bien que me quedé unos minutos para ver si finalmente en 6, 7, 8 volvía a pasar algo. Vicentico sostuvo la posición dramática que asumen las personas inteligentes cuando se prestan a un intercambio de impresiones: esperaba, generosamente, en silencio, que lo convencieran. Y luego, cuando, como era lógico, se pasó de Tinelli a Susana Giménez, alzó apenas la voz para decir: “Ah, yo voy a ir a lo de Susana a cantar”. Su simpatía por el Gobierno (del orden del qué decir) no le impidió desplazarse hacia zonas más amplias (del orden del dónde estar), pero además planteó las cosas como lo haría un infiltrado, argumentando que a los lugares hay que ocuparlos –creo, si no entendí mal– en el sentido de que un progresista tiene el derecho y a la vez el deber de cantar en el programa de una mujer famosa por su vocación de matachorros. Pasaron unos días y el spam de mi correo se conmovió con un mail de Mondadori: “Beatriz Sarlo en 6, 7, 8”. El telespectador crioconservado que todavía hiberna en mí sin muchas esperanzas de que la pantalla lo saque del autismo de la lectura, reaccionó como un caniche de Pavlov y se preparó para ver la visita de Sarlo al campamento de sus enemigos donde, sin dudas, la esperarían con bombas racimo y lluvias ácidas.

La primera sorpresa fue que los panelistas sintieron de inmediato la presencia de la invitada. En ausencia, la habían derrotado en un campeonato mundial de injurias donde corrían con ventaja –la ventaja pérfida de la televisión por la que todo lo que se dice se instala–, y casi sin considerar en profundidad sus ideas sobre el kirchnerismo. Pero ahora estaba allí, y las facilidades que habían tenido se esfumaban. La expectativa me dio taquicardia. Lo primero que hizo Sarlo fue ver un informe sobre los indignados de Puerta del Sol y meter a 6, 7, 8 en la bolsa de gatos donde está toda la televisión; describió la sintaxis del programa, las omisiones y la administración discrecional de las imágenes –recordemos que la tele es una pantalla operada desde una consola invisible–, luego de lo cual se dio un trueque de verdades plenas: Barragán dijo: “La televisión es así”; y Sarlo contestó: “No es mi culpa”. Lo que se debatió fue variado y entretenido (la variedad entretiene más que la monotonía) y cada cual dijo lo suyo en un marco que sucesivamente fue amable y áspero, vago y preciso. No pareció que hubiera habido restricciones. Tanto es así que Gabriel Mariotto zumbó sin cesar al lado de la invitada con una cantidad de lugares comunes y algún insulto indirecto –puso a la invitada del lado de la “tilinguería”–, lo que fue soportado con un estoicismo que quizá haya batido algún récord nacional de paciencia.

El “efecto Sarlo” en 6, 7, 8 fue un beneficio impagable para el canal público porque el programa estabilizó y mejoró su defensa del gobierno por el simple hecho de que se dio con una de sus detractoras más importantes. Dos sectores entrelazados en una disputa de lenguaje, dos factores antagónicos conectados en una relación es siempre un mejor show –además de que es moralmente más pasable– que una función más del monólogo polifónico que nos canta siempre la misma zamba. Lo que hizo Sarlo fue interrumpir el loop del programa. Interceptó la cadena de repeticiones tediosas e innecesarias, el corazón de la estructura narrativa de 6, 7, 8 que últimamente había comenzado a ejercitar una especie de lobotomía al revés (no la de lavar el cerebro sino la de instalarle un solo chip) para poder leerlas.

Muy pronto Beatriz Sarlo, pero también la cultura letrada de la que viene, dejó en evidencia las hilachas de ese artificio llamado televisión y, sin tratarse de la lección de una maestrita, el episodio fue útil para todos.La repetición de escenas públicas vistas hasta la náusea, el romanticismo malicioso delos zócalos, el cut and paste informativo, todo ese idioma que 6, 7, 8 repudia de TN, su enemigo jurado y su maestro inalcanzable –ninguna señal del mundo es tan redundante como TN–, y también esa presión visual que nos acompaña aún cuando no queremos verla, un poco al modo del culebrón que ve pasar los días sin salir de su escena fija –el culebrón es una sola escena estirada–, quedó atrás simplemente porque el programa tomó la decisión de hacerlo. Si hay algo que reprocharle a la televisión es su alma conservadora, su acartonamiento y la aceptación de la publicidad y la propaganda como sus corrientes de sentido más difundidas, aún cuando se disfrace de noticiero, unitario o algún otro género igualmente triturado, como todos, por el minute by minute. Contra esa corriente, 6, 7, 8 tuvo con la visita de Beatriz Sarlo –no hubiera sido lo mismo si invitaban a un cachivache– una refundación formal que lo hará desaparecer si no la utiliza en su provecho.

Es difícil entender –si es cierto lo que se dice– que la gerencia de Canal 7 se disgustó con los panelistas porque no “bloquearon” a la invitada. No es fácil hacerlo (y por lo visto fue más difícil para Mariotto que para Ricardo Foster), pero además hay que reconocer que, en el fondo, el desacuerdo entre Sarlo y sus antagonistas no fue tan violento como se preveía, además de ser notorio, al margen de los chispazos, que todos los presentes entendían las razones ajenas. Que algunos sectores conservadores –ya sean diarios sedientos de voceros implantados o particulares con firma– hayan fantaseado con que Beatriz Sarlo era una “de ellos” responde a una ignorancia de su obra y de sus ideas, que no son kirchneristas –por supuesto– pero siguen estacionadas en lo que llamamos “la izquierda”.