Cuatro años sin Santiago Maldonado, desaparecido en democracia

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Familiares y amigos reconstruyen la vida del joven que estuvo desaparecido 48 días, tras la represión de Gendarmería en 2017. Anticipo del libro Desaparecer en democracia que reconstruyó todos los casos de desapariciones forzadas en períodos constitucionales.

Seguimos esperando el golpe en la puerta, te escuchamos sonriendo, te vemos partiendo. Brujo bonito, hechizos quedaron conjuro de hierbas, raíces y estrellas. Inquieta Ardilla… ¿quién no sabe tu nombre, quién no vio tus ojos, quiénes los cierran? Quién sabe Vikingo de tu rebeldía, de tu valentía, la acción de tus actos, la convicción, el respeto, de tu dignidad hechicero negro.

Carolina Bozzi, enero 2018, Wenüy. Por la memoria rebelde de Santiago Maldonado

Veinticinco de Mayo es un pueblo bonaerense de veredas limpias parecido a muchos, salvo por los murales subversivos que Santiago pintó a contramano de los vecinos, y que ahora cuidan su hermano Germán y su cuñada Carolina. Los Maldonado de Veinticinco de Mayo, donde Santiago nació y pasó su adolescencia, son la parte oculta del mecanismo de seguimiento de la investigación judicial y del resguardo de su memoria. Caro abre la puerta. Germán ceba mate con yuyos en el comedor de su casa, que está pegada a la de Enrique Maldonado y Stella Pelosso, en el Barrio Obrero. “Santi era puro amor, y hay que conocer a Quique y Stellita para entender de dónde salió tanto amor”, dice Carolina en el hogar de los Pelosso-Maldonado.

Entre el nacimiento de Sergio y el de Santiago, con Germán en el medio, pasaron dieciséis años. A Santiago su mamá lo tenía siempre impecablemente vestido, pero cuando empezó a crecer no quería zapatillas nuevas, protestaba si le sacaban las viejas. “No le gustaba estudiar, pero igual sabía de todo porque leía”. Dentro de su cuarto está todo intacto, su ropa sin estrenar, sus libros. “Me decía que comiera sano, ‘cuidate, no trabajes tanto y disfrutá de la vida, viajá, no vayas a cuidar hijos ajenos’. Se puso feliz cuando me jubilé, pero no alcanzó a venir”. La mirada clara de Stella se humedece, baja la cabeza y hace una pausa.

Caro y Germán se turnan para armar el rompecabezas de sus amistades. Un grupo de pibes vestidos de negro escuchando música en la plaza no se veía bien. Santiago tendría 16 cuando la policía lo detuvo junto a sus amigos por averiguación de antecedentes. Le recitó todas las leyes y los códigos al oficial a cargo, tanto que le dijo que se fuera. Pero él no se fue hasta que no liberaron a todos. Santiago había dejado la escuela para trabajar en una fábrica de calzado. Era prolijo y cumplidor, pero el patrón lo mandó a trabajar desde la casa, no lo quería en la fábrica porque “revolucionaba todo”. Con sus amigos de la adolescencia compartió estudios y luego viajes. “De acá son Ema, Purru, Martina y Gastón, que componía las canciones de la banda que nunca llegó a tocar, Koliti$. Santiago ponía las letras. También están el Percha, Santiago el Chimango y Charro”, dice su hermano. El Chimango trabajaba en un matadero y como Santiago estaba en contra de la matanza de animales lo convenció de dejar el trabajo. “El pueblo conservador lo hacía sentir oprimido. No cuajaba, era punk, andaba en patineta, era un personaje divino”, resume la cuñada.

“Él se sacó esa foto, es una selfie y se la mandó a su amor, que es de Buenos Aires, por eso tiene la mirada tan profunda”. Carolina habla con devoción y tristeza de la imagen que se volvió ícono, afiche, esténcil. Lucía tiene unos 30 años y es docente. Pensaban ir juntos a los países nórdicos, a Santiago le interesaba la cultura vikinga, terminó yendo ella.

Germán se recibió en 2011 de profesor de Historia. “Empezó a leer mis libros, pero por su cuenta, Dios y el Estado de Bakunin, ¿Qué es la propiedad? de Proudhon, el ideario anarquista. Hasta los 12 o 13 estaba con él, lo cuidaba porque mis papás trabajaban. Lo llevaba a los videojuegos, a la casa de los amigos. Después empezó a callejear. A los 18 se fue a La Plata. Recuerdo mucha rebeldía, ya no coincidíamos tanto. Renegaba de este capitalismo de mierda”. Germán va hacia la cocina y arregla el mate. “Santiago buscó alejarse del consumo, se hizo vegetariano. No usaba tarjeta de crédito ni obra social, vivía del trueque lo más que podía. En La Plata no le gustó el arte institucionalizado y empezó a viajar. Estuvo en Córdoba, Misiones, Mendoza, Jujuy, Uruguay, Brasil y Chile”.

Carolina se levanta para buscar una carpeta enorme de tapas azules con los dibujos, ilustraciones y textos de Santiago. En sus coloridos dibujos satirizaba a policías, políticos, curas y empresarios.

Maldonado llegó a La Plata en 2009 a estudiar Bellas Artes. Al poco tiempo dejó la residencia del Centro de Estudiantes y se puso a limpiar vidrios en un semáforo. Comenzó a contactarse con okupas y anarquistas, con el mundo del fanzine y la contracultura. Convirtieron un lugar para vivir en la biblioteca anarquista Guliay Polie. Santiago participó de las campañas por la liberación de Freddy Fuentevilla Saa y Marcelo Villarroel Sepúlveda, presos por estar acusados de delitos cometidos en Chile. También participó de la asamblea por los chicos de Plaza San Martín, trece pibes de la calle perseguidos por la policía, y del apoyo a la huelga de presos de la Unidad 9, en marzo de 2010. En Punta Lara tomaron otra casa y armaron una huerta, con la idea de la autosustentación. Santiago -que por esa época ya llevaba su barba tupida, su pelo ondulado despeinado, una visera con parche, borcegos y una mochila llena de pinturas, revistas y escritos suyos y ajenos- había aprendido a tatuar y las largas sesiones se volvían el espacio donde germinaban vínculos. Su arte quedó para siempre en la piel de muchos que se tatuaron a cambio de un cajón de verduras o una campera.

A.G. tiene los ojos del mismo color que su amigo Santiago. Su identidad debió haber sido protegida como testigo clave, pero Bullrich lo expuso en el Senado al nombrarlo en su primer informe sobre el caso. “Santiago iba a tomar wifi de la biblioteca del centro para comunicarse con su familia. Era un loco lindo, siempre estaba feliz, improvisando sus letras y sus chistes, tenía una risa finita. Llevaba en los bolsillos yuyos, y si no tenía te daba la receta. Siempre había querido estar dentro de una comunidad mapuche. Tenía una conciencia bastante clara. Estuvo en Chile, en el conflicto por las salmoneras. Se había enterado de la represión de enero, no estaba de paso”, dice. Él y Santiago se habían convertido en wenüy (amigos blancos) de los mapuche. Una semana antes de la desaparición de Santiago, A.G. fue secuestrado por la policía, lo pasearon durante horas y le gatillaron en la cabeza. “El Brujito no podía ni levantar una garrafa, pero ese día tiraba piedras con fuerza, era pura paz y luz, pero sacaba su guerrero de adentro”.

Cerca de las once del 1° Gendarmería desplegó un camión y camionetas, y los jóvenes mapuche de la comunidad de Cushamen retomaron el corte de la ruta 40 por la liberación del lonko Facundo Jones Huala, que llevaba un mes detenido. “Solo tenía para mi defensa una onda de revoleo, igual que Santiago, los de Gendarmería disparaban escopetas y pistolas. Más de cincuenta avanzaron, una camioneta se nos venía encima”, dijo el payador chileno Nicasio Luna. «Para no ser capturado me tiré al río, quedé agarrado de unas ramas de sauce, cuatro efectivos de Gendarmería me vieron, me insultaron, me arrojaron piedras, y uno de ellos me apuntó con la escopeta pero no disparó o simplemente se le trabó”, dijo sobre lo que pasó apenas se separó de Maldonado. Luego de cinco días, Luna acudió a buscar sus pertenencias al juzgado de Guido Otranto, y lo dejarlo ir sin tomarle declaración testimonial. Era la última persona que vio a Santiago con vida. La maquinaria encubridora ya estaba en marcha.

“Es un tremendo deja vú, no puedo creer, está pasando de nuevo, pedimos saber la cantidad de gendarmes que intervinieron, nos dijeron siete, cuatro de ellas mujeres, ya sellaron la impunidad”, dijo la abogada Verónica Heredia a los pocos días. Al llegar al lugar cosechó una pésima opinión de los funcionarios macristas. “Te forreaban, eran los buenos, en medio de nuestra desesperación hacíamos todo mal según ellos, nos acusaban de no colaborar y de juntarnos con las Madres”. Durante el allanamientos al escuadrón de El Bolsón, el funcionario Daniel Barberis se acercó a Heredia para «hacerse el progre». La letrada recuerda que cuando fue al baño por el pasillo los gendarmes le dijeron «‘acá estamos doctora, meta hacer papelitos’. Estaban escribiendo los libros de guardias que no existían”.

Al día siguiente del hallazgo del cuerpo de Santiago en el río Chubut, a metros de donde lo vieron por última vez con vida, pero río arriba, circularon cuatro fotos del cadáver que llegaron a los celulares de casi todos los argentinos. El médico policial Werther Aguiar, que había participado de la recepción del cuerpo en la morgue de Esquel, fue condenado por la filtración de esas imágenes, pero no fue esclarecido si actuó por su cuenta o alguien más ideó volver a esparcir en forma masiva las imágenes portadoras de un escalofrío que remitía a la dictadura. “Sé lo que es la hipotermia, te agarran, te esposan, todo mojado te tiran en la caja del camión, quedás atontado, luego con un empujoncito al agua, listo. Pienso que se lo llevaron, lo tuvieron en otro lado, con toda esa rosa mosqueta y sauces la ropa apareció impecable, me cierra que lo hayan dejado morir de frío. El médico Aguiar andaba temprano (el 17 de octubre de 2017) buscando una bolsa mortuoria. ¿Cómo sabía que lo iban a encontrar?”, reflexiona Sergio.

Sergio, Germán, Andrea, Verónica y Carolina lo reconocieron en la morgue judicial. “Stellita me pidió que lo besara. El juez Lleral nos preguntó si era, le habían sacado ya toda la ropa. Le miré las manos, eran tan hermosas”, recuerda la cuñada. “Pedimos que le taparan las partes íntimas y la cara. El cuerpo estaba intacto. Nos dijeron que era por el frío y las capas de ropa que tenía. Sus tatuajes estaban como si se los hubiera hecho recién. Ahí me alejé de todo”, recuerda Germán. “El cortejo fúnebre fue tremendo, había 250 policías en cada calle, no sé qué mierda pensaban que iba a pasar. Y ese mismo día mataron a Rafa Nahuel. Era como demasiado. Le pedí a Stellita permiso para cubrir el cajón con una bandera con las tres A de anarquismo. Se había desvirtuado un poco su pensamiento, por respeto a él había que hacerlo. Stellita también necesitaba un lugar donde ir a visitarlo. Santiago no compartía su fe, pero la respetaba”, dice Carolina.

Soraya Maicoño nació en Tecka, un pueblo mapuche tehuelche ubicado al sur de Esquel. Hizo teatro, fue titiritera y vivió de la locución y de la radio. Es werken de la Lof en Resistencia de Cushamen, vocera y protagonista. Dice que no puede permitir que nadie la financie, y muestra su humilde casa en las afueras de El Bolsón, donde vive desde 1997. “Los ancianos nos fueron marcando el camino, y los que crecimos con ellos tenemos una enorme responsabilidad de recuperar territorios. Así se hace la resistencia al avance de empresas mineras, hidroeléctricas, forestales y petroleras transnacionales que atentan contra la vida de la tierra y de las personas. Además, están viniendo niños con fuerzas antiguas que cuando no tienen quién los guíe corren riesgo de ser diagnosticados como esquizofrénicos. El espíritu que traen necesita de tierra en equilibrio para desarrollarse, no pueden hacerlo en las ciudades”.

El 1° de agosto a Soraya le avisaron temprano que estaban tiroteando y apenas llegó vio a Santiago. “Entonces dije ‘pero si yo lo vi, por qué dicen que no estaba’, y me presenté espontáneamente a decir que lo había visto. ‘Si para ustedes no se puede empezar a investigar porque dicen que no estaba, les vengo a traer mi testimonio’, dije ante la fiscal Silvina Ávila y el juez Guido Otranto. Tuve la clara sensación de que no les importaba si estaba o no estaba, lo único que querían eran los nombres de todos los lamngen que habían participado en el corte de ruta”. Había ido con el abogado de la defensa pública, Fernando Machado, que le pidió que escribiera el listado de las personas que habían estado en el operativo tras el cual desapareció Maldonado. “Lo miré, se suponía que era mi abogado defensor. Le respondí ‘hay cuestiones culturales por las cuales no lo puedo hacer’. Entonces le planteé a Otranto que volvía a la Pu Lof, ‘hacemos trawn [reunión], lo consulto y usted me vuelve a llamar’, dije. Nunca me volvió a llamar. Me dijo ‘usted se da cuenta que esto puede ser falso testimonio u omisión’, y le dije ‘yo no estoy dando falso testimonio, le digo que vi a Santiago’. El ochenta por ciento de las personas que nos presentamos a dar nuestro testimonio fue espontáneo. Las pocas veces que llamaban ellos, cambiaban las fechas. Después resultó que nosotros omitimos. Ellos no hicieron las cosas en tiempo y forma. A Luna no lo interrogaron, ahí se demostró la falta de interés de investigar lo que pasó”.

Soraya Maicoño nació en Tecka, un pueblo mapuche tehuelche al sur de Esquel. Hizo teatro, fue titiritera y vivió de la locución y de la radio. El 1° de agosto le avisaron temprano que estaban tiroteando y apenas llegó vio a Santiago. Por eso se presentó a declarar en forma espontánea ante la fiscal Silvina Ávila y el juez Guido Otranto. «Tuve la clara sensación de que no les importaba si estaba o no estaba, lo único que querían eran los nombres de todos los que habían participado en el corte de ruta”. Cuando apareció el cuerpo sin vida de Santiago fue el día más doloroso de sus vidas. «Sentíamos el desamparo y la mafia en la que estamos envueltos. Los pozos que hay no son tan profundos como para guardar un cuerpo tanto tiempo. Dan como mentirosos a los mapuche pero no fueron a la estancia de Benetton, que abarca gran parte del mismo río, ahí hay cámaras frigoríficas, hubo un rumor de que una se incendió».

La vocera de la Pu Lof recuerda que «Santiago era anarquista, fue uno de los que rompió el vidrio del juzgado federal en la marcha del 29 de julio en Esquel y estuvo acompañando la toma del municipio en contra de la modificación de la ley de tierras. Por eso pidió ir también a la Pu Lof. Nuestro error fue haberlo dejado ir. La gente que vive ahí sabe adónde correr a resguardarse”. Para Maicoño, “más allá del miedo, todos tendríamos que haber ido a declarar inmediatamente. Pero muchos hermanos están siendo perseguidos, tienen causas por la persecución política. Han matado testigos, como en el caso de Iván Torres o lo que le pasó a Jorge Julio López. Los de los derechos humanos aparecieron, pero cuando no hacés lo que ellos te sugieren enseguida es que no estamos prestando colaboración. Por eso pedimos abogados que sepan de derecho indígena”.

La familia de Santiago, así como sus abogados y personas que se solidarizan con su lucha, fueron objeto de espionaje: seguimientos, escuchas ilegales y hasta la intromisión en su equipaje personal. Así le sucedió a Nora Cortiñas, que el 8 de agosto de 2017 viajó a Bariloche procedente del Aeropaque y al llegar a su hotel comprobó que habían roto el candado y la cerradura de su valija, y adentro estaba todo revuelto, aunque no le faltaba nada. Por estos hechos hay una denuncia ante el juez Daniel Rafecas, hasta ahora sin avances significativos. Nadie fue imputado por la desaparición y muerte del Brujo, pero los testigos de la causa fueron judicializados y perseguidos. El expediente principal cayó en un pantano jurídico a manos de jueces de todas las instancias que persisten en dejarla en el juzgado del magistrado que la cerró luego de la autopsia con el argumento de que “no hubo terceros” en la muerte de Santiago, Gustavo Lleral. Por eso su familia resolvió buscar justicia ante los tribunales internacionales.

La periodista y escritora italiana Mónica Zornetta, especializada en mafias, afirma que “en Italia nadie se imagina quién ayudó a los Benetton en su ascenso al poder en Argentina: los gobiernos, las organizaciones rurales, cierta política y cierta prensa. Pocos saben lo que realmente se esconde detrás de los hermosos mensajes coloridos de amistad y diálogo entre las culturas y los pueblos, y del respeto de la naturaleza de la propaganda de Benetton. Pusimos de relieve las contradicciones del trabajo de los Benetton con una contra-narración. Un ejemplo de los hechos silenciados son las decenas de mapuche desaparecidos en la Patagonia». Desde su casa en Treviso, Zornetta agrega: «Otro son los juicios en su contra por modificar el curso del río Chubut, por contaminarlo, por cerrar el paso y prohibir pescar, como también las denuncias por la explotación de sus peones mapuche. El resurgir de la recuperación de la tierra complica sus negocios, porque en Cushamen mostraron la irregularidad de la compra durante el menemismo y la silenciada ampliación de su superficie” (1).

Para Sergio Maldonado todo fue como una película, antes tenía una vida y ahora tiene otra. «Cuando Santiago desaparece no busco a una persona de 28 años que estaba defendiendo una causa que consideraba justa, sino a ese nene que cuidé en los pocos años que convivimos, que sentía como si fuera mío”. Se le quiebra la voz, se disculpa, todo es demasiado triste. “Santiago era alguien libre, que vivió como decía. Trabajaba de lo que le gustaba, nunca fue a buscar el título de bellas artes, tenía la escuela de la calle y de viajar. Andaba en carpa y bicicleta, se iba a Uruguay o a Chile, no creía en ser empleado. Se fue desde 25 de Facho, como lo llamaba él, a la ruta 40 a poner el cuerpo en el medio de la nada, solo y sin estructura. Santiago me cambió. Ahora si veo algo que no me gusta siento un compromiso de hacer algo”. Es febrero en Bariloche. Sergio llega en moto a un bar de las afueras y comparte un café. Lleva a su hermano tatuado en la piel. “Me enteré por una novia que me dijo ‘tu hermano no era un boludo, yo le enseñé a nadar’”, cuenta sobre esa destreza que se dijo que él no tenía.

Lautaro tiene siete y Joaquín nueve años. Junto a su mamá y su abuela fueron privados de la libertad durante las seis horas que los gendarmes hicieron lo que quisieron en la Pu Lof de Cushamen, los mantuvieron cautivos en la misma casilla de guardia donde había dormido Santiago Maldonado. “Tienen muchas metralletas, están preparados para un allanamiento. Empezaron a quemar ropa de compañeros, sillas, nuestros juguetes, todo. Balazos y gas lacrimógeno. Es como lo que dicen que es el infierno. Cuando lo veo a Santiago sentí como orgullo y lo dibujé. Lo mataron obviamente los policías”. Con sus palabras y sus dibujos contaron lo que vivieron el 1 de agosto al colectivo El Paso (www.elpaso.com.ar), un grupo de comunicadoras y comunicadores que relevaron pasado y presente de once de las comunidades mapuche de la Patagonia que vienen recuperando territorio desde los años ‘90.

 

(Fuente Página 12)

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