Las mujeres están pisando fuerte en los puestos de decisión de la ciencia

 

Graciela Bertolino quedará en la historia de la prestigiosa institución de Bariloche. Por primera vez desde su creación en 1955 una mujer accede a la vicedirección del Instituto Balseiro. La cúpula está conformada por un director (en este caso Mariano Cantero) y dos vices, uno por el área de Ciencias (Daniel Domínguez) y otro por el área de Ingeniería, que administrará Bertolino. Para remitir al antecedente más inmediato, hay que hurgar en el pasado profundo. La historia cuenta que en la década de los 60, Verónica Grünfeld se había desempeñado al frente de Ciencias. Sin embargo, ejerció su cargo sin que se efectivizara su nombramiento. Tiempos en que las de cal se tapaban con las de arena.

En este marco, no deja de ser una excelente noticia para el sistema científico y tecnológico que, de manera reciente, absorbió otras bocanadas de aire fresco con las designaciones de Ana Franchi y Susana Mirassou en la presidencia de Conicet e INTA respectivamente. Por su parte, desde su nuevo lugar jerárquico en el Balseiro, esta cordobesa de 48 años, deberá coordinar las carreras de Ingeniería nuclear, mecánica y en telecomunicaciones, así como también administrar los posgrados asociados a dichos campos disciplinares. Es Investigadora del Conicet y docente del Instituto desde su retorno en 2008, cuando fue repatriada desde Francia y decidió pegar la vuelta porque quería “devolverle al país y al Estado argentino un poquito de todo lo que había recibido”. La gestión emergió de manera natural y sin proponérselo se ganó un lugar de prestigio entre sus colegas. Aquí narra la aventura de hacerse un espacio en un escenario tradicionalmente monopolizado por los hombres, al tiempo que desarma la mala imagen que la energía nuclear tiene en el espacio público.

Hacerse un lugar en la selva de hombres

–Usted es ingeniera nuclear, ¿por qué?

–Me enteré de la existencia del Instituto Balseiro cuando era bastante chica, estaba en el colegio primario y tenía unos diez u once años. Fue de manera fortuita, en aquella época había unas publicidades de TV que invitaban a los jóvenes a formarse allí y supongo que me sentí cautivada. Corrían los 80 y finalizaba la dictadura. Antes no había tanta información como hay ahora, tanto acceso a datos; así que me agarré de eso por casualidad y terminó bien. Mientras cursaba el secundario advertí que me interesaban muchos campos de la ciencia y la tecnología. Hasta los quince años viví en Córdoba y luego me mudé a Neuquén. Finalmente, por cuestiones socioeconómicas, terminé estudiando ingeniería; era una carrera que ya tenía fama de buena salida laboral. Me presenté a rendir el examen de ingreso del Instituto y me fue bien.

–¿Cómo fueron esas primeras clases? ¿Cuántos compañeros y compañeras tenía?

–Históricamente, mientras existió tan solo la Licenciatura en Física e Ingeniería Nuclear ingresaban 30 alumnos. Recién en 2002, cuando se crearon las otras carreras, empezaron a entrar más. Recuerdo que éramos tan solo tres mujeres.

–Muy poquitas.

–Sí, en verdad muy poquitas. Cualquier persona que ingresa a cursar ingeniería sabe que se encontrará con una mayoría abrumadora de varones. Nosotras somos minoría siempre, salvo en química donde los porcentajes se equilibran un poco y hasta podemos llegar a tener preponderancia. Una ya viene con esa idea y sabe de antemano con lo que se encontrará. La verdad es que no viví demasiados actos de discriminación, nunca me sentí muy apartada. Me quedaba afuera cada vez que arreglaban para jugar al fútbol. En un país en el que este deporte es tan importante, por añadidura, me perdía otra clase de actividades y charlas que venían unidas al encuentro en la cancha.

–¿Por qué sucede que las ingenierías, tradicionalmente, están más pobladas de hombres?

–Es una cuestión cultural me parece, no existe ningún argumento de corte biológico o genético que pueda utilizarse como pretexto. En las matemáticas está científicamente probado que las mujeres son tan buenas como los hombres. Las ingenierías, tradicionalmente, han sido áreas colonizadas por los varones; de la misma manera que las biologías y las químicas fueron ocupadas, en su mayoría, por mujeres. Muchas, por la presión cultural, directamente se autocensuran; se bloquean y no divisan que en su futuro profesional pueden llegar a desempeñar determinadas tareas asociadas con este campo. No es nada simple imaginarse a una mujer en una fábrica rodeada de hombres, con su casquito blanco, dando órdenes para aquí y para allá. Hace falta tener una personalidad muy afianzada para ocupar una posición de liderazgo. Hay lugares que son más complicados que otros para trabajar si no se desarrolla un carácter fuerte.

–Pero cualquier puesto de liderazgo, independientemente del género, requiere de una personalidad fuerte…

–Sí, tal cual. Vale tanto para hombres como para mujeres. Pero, bueno, es conocido el ritual de cuando una ingresa a cualquier trabajo; lo primero que hacen los compañeros al recibirte es medir tus capacidades.

–¿Los hombres marcan la cancha?

–Sí, es una manera de colocar límites y ver cuáles son tus respuestas. En función de cómo reaccionás, luego te tratan. No es nuevo, pasa en muchos trabajos. Tu futuro laboral puede llegar a depender de los primeros cinco o diez minutos en la fábrica. La sociedad, de cualquier manera, está cambiando; se está abriendo hacia nuevas costumbres y prácticas. Pienso que nos encontramos en un momento de oscilación muy fuerte. Las transformaciones culturales nunca son suaves ni unidireccionales; transitamos un punto en el que el feminismo se está reafirmando, encontrando su identidad. En algún momento se conseguirá el equilibrio.

Ingeniería nuclear, una disciplina con mala prensa

–Se doctoró con una tesis titulada: “Deterioro de las propiedades mecánicas de aleaciones base circonio por interacción con hidrógeno”. Soy todo oídos, ¿de qué se trata?

–Chino básico. El circonio es un metal cuya resistencia mecánica y sus propiedades se asimilan al acero, pero posee una característica muy positiva: es transparente a los neutrones que, a su vez, constituyen la base de los reactores que producen energía nuclear. Entonces, adentro de los reactores es fundamental contar con un material que no absorba a los neutrones.

–El circonio…

–Exacto, como cumple con esta propiedad de ser transparente a los neutrones se utiliza al interior de los reactores en estructuras mecánicas. Ahora bien, al igual que los aceros, si el circonio absorbe hidrógeno comienza a deteriorarse y, como resultado, hay que reemplazarlo, sacarlo de funcionamiento. Mi tesis apuntaba a develar cómo cambiaban las propiedades del circonio en presencia del hidrógeno.

–Cuánta complejidad convive al interior de los reactores nucleares. ¿Para qué sirve la energía que producen?

–En Argentina estamos acostumbrados a pensar a la energía nuclear vinculada con la producción de calor para la generación eléctrica. Ello es correcto, es una base y un punto de arranque pero no es lo único. El desarrollo de la ingeniería relacionada a este campo emerge como producto de la industria bélica. Siempre lo repetimos: mientras construir un reactor es generar energía de manera controlada, diseñar una bomba atómica es hacer lo mismo pero de una forma descontrolada. Ahora bien, hay muchas otras aplicaciones en salud. Cuando nos realizamos una placa de rayos X o una tomografía –hoy bastante habitual en cualquier centro de atención médica– es vital contar con una fuente de radiación con el propósito de poder visualizar las imágenes que después analizan los especialistas. También, en otro orden de cosas, puede ser muy útil para localizar napas subterráneas y trazar un mapeo muy prolijo y detallado de lo que ocurre en las profundidades de nuestro suelo. Incluso, existen beneficios relacionados al campo alimenticio.

–Si es útil para tantas cosas, ¿cómo modificar la percepción social que se tiene al respecto? Lo pregunto porque, a menudo, pensamos en la energía nuclear como sinónimo de desastres…

–Es bastante complicado quebrar este tipo de percepciones porque existe un lobby muy fuerte de los ecologistas que se hallan en contra del uso y aprovechamiento de la energía nuclear. Esto se había revertido en muchos países de Europa, pero lo acontecido en Fukushima (Japón, 2011) modificó nuevamente la perspectiva. Ahora existen muchos espacios internacionales en los cuales hay consenso respecto de los beneficios que trae aparejada la energía nuclear. Si es bien tratada, controlada y monitoreada, no debería ser peligrosa sino todo lo contrario.

–¿Los casos de desastre se vinculan, entonces, con que no fue bien tratada?

–Si pensamos en Fukushima lo primero que hay que tener en cuenta es que se trató de una catástrofe natural muy importante. El accidente nuclear no causó, afortunadamente, muertes por sobredosis de radiación. Los mayores daños provinieron, como se sabe, por el terremoto, que alcanzó una magnitud 9,0. Por otro lado, en Chernobyl (Ucrania, 1986) fue un accidente por negligencia humana. Las máquinas les dieron varios avisos a los técnicos pero no los tuvieron en cuenta. Los hombres forzaron la situación y se produjo el desastre que ya todos conocemos. Evidentemente, el gran problema de la nuclear son los residuos. Si aprendemos a tratarlos puede ser considerada como una energía limpia porque no emite gases de efecto invernadero, como lo hacen las otras fuentes convencionales de producción. No es fácil convencer a la gente sobre esto. Creo que un buen inicio sería educarla en estos temas; que todos conozcan qué pros y contras tienen todas las energías, incluso, las basadas en petróleo, sol, carbón y viento.

–¿Es posible separar a las tecnologías de las intenciones de los seres humanos? Después de todo, son productos de la cultura…

–Las máquinas pueden ser programadas con un montón de sistemas de seguridad y las centrales cuentan con doble o triple filtros redundantes. De modo que si falla el primero, luego está el segundo y el tercero, y ello no ocurre en otras centrales de producción de energía. Está claro que las tecnologías dependen del uso que le demos; de hecho, podemos indicarles que hagan todo lo contrario a lo que es debido. En cualquier caso, no podemos quitarnos responsabilidad.

Gestionar la desventaja

–¿Cómo llegó a la gestión?

–Para contarte, primero, tengo que recuperar algunos pasos previos.

–Adelante.

–Bien, soy Investigadora del Conicet desde 2008. Después del doctorado viajé a Francia y realicé un posdoctorado. Trabajé un tiempo en el CNRS (el equivalente al Conicet francés) y regresé repatriada. Volví por algunas cuestiones personales pero sobre todo porque quería, como muchos de nosotros, devolverle al país y al Estado argentino un poquito de todo lo que me había dado. Tenía una necesidad interna muy fuerte; toda mi carrera fue realizada gracias al aporte de cada uno de los argentinos. En aquel momento pensaba que era lo mínimo que podía hacer como forma de retribución; fui formada en la educación pública, así que me considero una privilegiada. Comencé a desempeñarme como docente en el Balseiro y siempre intenté fomentar una buena relación con los jóvenes. Me preocupé mucho por la formación de los estudiantes y como me comprometía cada vez un poquito más, en 2016, fui escogida como directora de la carrera de Ingeniería mecánica. En 2019 me presenté a las elecciones para ocupar el cargo de vicedirectora del Instituto y, tras diseñar un plan de gestión, fui escogida por mis colegas para ocupar ese puesto.

–Es la primera mujer que asumió formalmente como vicedirectora en la historia del Instituto. De manera reciente, Ana Franchi fue designada como Presidenta del Conicet y en el INTA ocurrió lo mismo con Susana Mirassou. ¿Por qué cree que esto sucede ahora?

 

–Pienso que existe una autocensura por parte de las mujeres, que parece natural y espontánea pero es cultural y hace que, en muchos casos, no nos animemos a tomar posiciones de poder. Existen varios ejemplos en el Balseiro de compañeras híper calificadas que han eludido estas responsabilidades. “No es el momento”, “Mejor que lo haga otro”, son algunas de las respuestas más comunes. También es comprensible que puede resultar difícil moverse en ambientes mayoritariamente masculinos y generar un clima de cordialidad, propicio para el trabajo. La sociedad, felizmente, está cambiando y acepta que las mujeres empiecen a emerger como protagonistas en cargos jerárquicos que en el pasado no ocupaban. Seguramente no sea la más indicada para hablar del tema; hay muchas colegas del campo sociológico que explican muy bien cómo funciona el techo de cristal, ese que nos impedía hasta hace muy poquito alcanzar lugares jerárquicos superiores.

–Dora Barrancos suele decir que en el campo científico los hombres delegan en las mujeres las tareas administrativas, con el pretexto de que son “más prolijas”, “más ordenadas”…

–Sí, tal cual. Te voy a contar otro ejemplo. En las entrevistas de ingreso al Instituto Balseiro existe una mesa con varios profesionales. Los estudiantes suelen pensar que soy la psicóloga porque creen que, como soy la única mujer, debería tener esa profesión y ocupar un lugar de apoyo. De modo que es cultural: tanto los jóvenes como los profesionales consagrados arrastran y reproducen estereotipos muy marcados.

–¿De qué manera esta situación puede cambiar en la actualidad?

–Hoy en día el diez por cientode los estudiantes son mujeres. Revertirlo, presumo, nos llevará mucho tiempo porque también excede a nuestro Instituto. Tiene que ver, desde mi perspectiva, con una trama estructural; los modos con los cuales criamos a las niñas y los niños. Creo que la mejor manera disponible con la que contamos es tratar de hacer un buen trabajo y, para aquellos que todavía no lo tienen muy en claro, demostrar que podemos hacer cualquier tipo de trabajo con la misma calidad que lo haría cualquier hombre. Esto es una cuestión de méritos, cada quien tiene que ganarse un espacio a partir de su trabajo.

–Ya que menciona los méritos: se suele asociar al Balseiro con un lugar de excelencia educativa, ¿ello convierte a la institución en un espacio elitista?

–Puede que históricamente se haya visto como un lugar reservado para elites, pero no estoy muy de acuerdo con ese enfoque. Creo, más bien, que es un sitio en el que se forman jóvenes con ganas de estudiar y trabajar, de dedicarse de lleno a la ciencia y a la tecnología. Se requiere de una constancia de estudio y esmero importante, pero ello no implica que solo aceptemos a genios. No creemos en esa idea, sino más bien tendemos a valorar muchísimo el esfuerzo.

–La dificultad de los exámenes de admisión es bien conocida….

–Nosotros no buscamos la excelencia, pero sí consideramos fundamental lograr un muy buen nivel de estudiantes. Disponemos de 15 becas para cada una de las carreras, así que debemos seleccionar a aquellos que les vemos aptitudes para concluirlas. Alumnos que nos parece que podrán empezar y graduarse. Realizar la admisión es la única manera que tenemos para conocer el nivel de estudios con que los postulantes llegan. Por caso, los jóvenes que vienen con materias aprobadas en las grandes universidades (como Buenos Aires o Córdoba) acceden a una preparación distinta de la que puede tener uno en otra universidad. No significa que sea mejor o peor, por supuesto, pero son recorridos diferentes. Frente a ello, el mecanismo más democrático que encontramos es tomar un examen de ingreso igual para todos. Cuando haya un método mejor, seguro podremos discutirlo.

(Fuente Página 12)

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