Kirchner y la lírica jauretchiana

    Por MARIO OPORTO

     A 40 años del fallecimiento de Arturo Jauretche

    El 25 de mayo se cumplieron 40 años de la muerte de Arturo Jauretche. El diputado nacional Mario Oporto rescata la figura de este político y escritor argentino, imprescindible para el pensamiento nacional.

    La figura de Arturo Jauretche puede verse como una línea ideológica a la que es difícil encontrarle contradicciones. Si hay en él, tanto en su vida personal como en su obra, un estilo, ese estilo es el de sostener a lo largo de los años una posición que se altera con el paso del tiempo sólo para mejorar sus argumentos mediante la exhaustividad.

    Desde su primer libro, El paso de los libres, que tiene la rareza de estar prologado por Jorge Luis Borges y fue publicado en 1934 (la obra de Jauretche, que comienza a sus 33 años, no obedece a la precocidad sino a la reflexión y a la experiencia vital), hasta el último, Mano a mano entre nosotros, de 1969, la defensa de los sectores populares y nacionales no tiene descanso, independientemente del asunto central que aborden sus libros. Se refiera a la cosa pública o a su pasado íntimo, es la política, pero sobre todo lo que la política es capaz de hacer para revertir las injusticias naturalizadas por el poder establecido, el corazón –y el cerebro- del pensamiento jauretcheano.

    Jauretche trabajó varios niveles del pensamiento. El de los libros, que el prestigio que tienen los libros en las tradiciones ilustradas lo sitúan como el más elevado. El de las intervenciones programáticas con FORJA y las intervenciones en la prensa. Y el de la función pública y las aspiraciones políticas porque es sabido que, aún sin abandonar nunca su rol de intelectual integrado a medias en los procesos de los que participó –siempre con un pie del lado del compromiso y el otro del lado de la crítica “interior” de esos procesos-, Jauretche fue funcionario (dos veces director del Banco Provincia) y candidato a senador en 1961, durante la proscripción del peronismo.

    En un cuarto nivel, que es el de la cultura, el nivel en el que la letra de los intelectuales “queda” (como ocurre con ciertas canciones), Jauretche hizo circular en el lenguaje político palabras como “vendepatria”, “cipayo” y “oligarquía”. Son palabras de revelación históricas. En ellas pueden verse algo más que notas de color descriptivas de ciertas conductas políticas: puede verse, con claridad, el sentido de una tradición política asociada con aquello que le corresponde. Desde aquellas intervenciones de Jauretche, las políticas liberales que en nombre del progreso entregaron la soberanía y el patrimonio nacional han abandonado los eufemismos y tienen nombres más exactos.

    Jauretche fue, en este aspecto, un formador de lenguaje. Sus enemigos fueron las economías de Estado que funcionaron históricamente como instrumentos de entrega y, también, el sentido común burgués cuyo vehículo siempre ha sido la prensa conservadora. De ese sentido común burgués, extrajo, para juzgarlo con su inteligencia y su ironía, lo que llamó las “zonceras” argentinas. El modo de hacer foco en ese discurso de las clases acomodadas funciona todavía hoy como un descubrimiento sociológico extraordinario.

    Jauretche vio en ese discurso una serie de ideas negativas que algunos sectores sociales tienen sobre el país. Ciertos extremos de ese discurso sostienen ideas antiargentinas y, como compensación, ideas, por no decir “soluciones”, europeizantes. En ese marco de percepción se alimenta el deseo de que la Argentina no sea lo que es –un país de correspondencia geográfica, histórica e ideológica con América Latina- sino otra cosa, ya sea esta otra cosa un insert europeo en nuestro continente o un estado de USA, los modelos blancos a los que deberíamos aspirar.

    Peronista, peronista crítico, funcionario y militante del llano, Arturo Jauretche fue una fuerza. Desde esta perspectiva puede pensarse que el ex presidente Néstor Kirchner fue un agente clave del mapa ideológico jauretcheano. Kirchner, de algún modo, es quien realiza sobre ese mapa eso que en la liturgia peronista se conoce como la “realidad efectiva”. Para el peronismo, la política son ideas peronistas aplicadas. Esas ideas, suspendidas en 1955 y por las que tanto luchó Jauretche durante la Resistencia, son retomadas por Kirchner. Es el despliegue de un abc olvidado, con un tono ligeramente anacrónico en el léxico (es la lírica de Jauretche la que habla en el kirchnerismo), pero extraordinariamente contemporáneo en su realidad. ¿Por qué, si no porque la Historia decía que hacía falta, el universo jauretcheano se convirtió en una de las memorias ideológicas más sólidas del kirchnerismo? Con el recuerdo de Jauretche y de la presión moral de sus ideas suspendidas en el tiempo, el kirchnerismo hizo evolucionar al peronismo. El fenómeno fue posible porque así como la política se hace “hoy”, las ideas que la forjan siempre se hacen “ayer”.

    La descripción de las relaciones de fuerzas de los sectores más poderosos de la sociedad, y de éstos con los poderes transnacionales, es un diagnóstico que Jauretche realizó hace 80 años y, sin embargo, sigue vigente, como sigue vigente la palabra “cipayo”. Es sobre esa cartografía prácticamente inamovible que Kirchner aplicó el poder del Estado democrático.

    Si consideramos la relación ideológica que Arturo Jauretche ha tenido con el ideario peronista, y la relación política –en el sentido de la política como práctica o ejercicio de hechos- que ha tenido Néstor Kirchner con los primeros gobiernos justicialistas que precedieron al suyo, se observan coincidencias de cierto orden. Quizás sea adecuado reducir esas coincidencias a una idea común: la de considerar al peronismo como un movimiento evolutivo. La evolución que Jauretche y Kirchner esperaron del peronismo, cuando no la produjeron, es la de un peronismo cada vez más peronista, para lo cual fue necesario estar pendiente tanto del origen del movimiento nacional y popular como del presente en el que siempre se hace necesario actualizarlo. En este punto, el espíritu jauretcheano del kirchnerismo es un elemento natural de construcción ideológica y política en el peronismo del siglo XXI.

    Hay una “modernidad” suspendida en el peronismo. Suspendida, en primer lugar, por los años de proscripción (entre 1955 y 1973) y, luego, por aquellos otros (entre 1989 y 1999) en los que el peronismo no consideró crucial, como lo son, las reparaciones de los daños morales y sociales provocados durante la última dictadura militar, entre 1976 y 1983.

    Es extraño, considerando la lírica liberal que así lo presenta, pensar en las políticas del kirchnerismo, como así también en las ideas de Jauretche que circulan desde los años ‘30, como un anacronismo. Son, por el contrario, evidencias claras de una reactualización histórica de políticas de Estado abandonadas durante décadas.

    Tal vez esa lírica podría apoyarse en una realidad diferente. Pero ocurre que los sectores sociales más vulnerables no hicieron más que multiplicarse entre 1955 y 2003. ¿Cuál sería el anacronismo de aquello que, lejos de desaparecer, se multiplica? Y si se multiplica, si no cede, entonces no hay anacronismo en aquellas descripciones de la injusticia y de las estructuras fijas de la economía elaboradas desde los años ‘30 (Jaurectche), ni en las políticas de Estado que desde 2003 las viene atacando (Kirchner, el kirchnerismo).

    En “Gente principal (parte sana y decente de la población) y gente inferior”, un capítulo de El medio pelo en la sociedad argentina, Arturo Jauretche hace una distinción de dos estratos sociales bien definidos de la Argentina; y si están bien definidos no es porque su definición es solamente social: también es moral. Allí, el pensador dice: “Esta constitución de la sociedad en dos clases: la gente principal o decente, parte sana de la población, y la gente inferior estará vigente en la sociedad argentina hasta fines del siglo XIX”. Pero ese “fines del siglo XIX” persiste en el siglo XXI. No es que Jauretche adelante respecto de la Historia sino que, por el contrario, la Historia atrasa respecto de sí misma.

    Néstor Kirchner no sólo abrevó –como sus compañeros de militancia de los años ‘70-  en la fuente fraseológica que constituyó la obra de Arturo Jauretche. El modo en que Kirchner “retoma” a Jauretche se vincula a la restitución de, por así decir, un menú de soberanías. Cuestiones como la soberanía territorial, política y económica, la integración continental, la justicia social y el poder popular regresan con Kirchner. Esa plataforma ideológica, que la política de Estado no había podido llevar a la realidad desde los primeros años del peronismo, tiene una inspiración precisa en la autonomía de pensamiento. De hecho, casi estamos tentados a decir que la posibilidad de soberanía deriva de la autonomía de pensamiento, de la que Jauretche también es un pionero. En ese sistema, el de pensar el aquí y el ahora con categorías propias (en esas categorías, el “ahora” es un desprendimiento de la Historia), el kirchnerismo ha sabido interpretar lo nacional como una especificidad y una identidad de la que ningún país debe avergonzarse.

    La Historia fue, para Jauretche, un depósito de revelaciones. De algún modo, para él, la actualidad no está tanto en el presente como en el pasado desde el que ha venido deslizándose. El presente es una especie de fuerza de gravedad: la Historia “cae” en el presente.

    Hay otra cosa que reúne las posiciones de Jauretche y Néstor Kirchner: la de la defensa del peronismo histórico “en las malas”, justamente para que el peronismo no deje de ser aquello para lo que los sectores populares lo concibieron. Las diferencias que Jauretche tuvo con el propio Perón (diferencias que tuvo, paradójicamente, por peronista), incluso los alejamientos esporádicos con el movimiento nacional a principios de los años ‘50, no le impidieron ser más peronista que nunca después de 1955.

    Del mismo modo, el kirchnerismo (ésta es una de sus marcas registradas), dispuesto a defender al peronismo histórico del único modo posible –actualizándolo en los hechos de la política- no ha retrocedido nunca, ni siquiera en los momentos críticos.

    Pero si hay, además de las ya citadas, una coincidencia en la que Néstor Kirchner y Arturo Jauretche parecen confundirse es aquella en la que se considera la “dirección” de la economía como una herramienta clave de los movimientos populares. Dice Jauretche: “La economía moderna es dirigida. O la dirige el Estado o la dirigen los poderes económicos. Estamos en un mundo económicamente organizado por medidas políticas, y el que no organiza su economía políticamente es una víctima”. Varias décadas más tarde de esa advertencia interesadamente olvidada por gran parte de la comunidad política argentina, Néstor Kirchner volvió a escucharla y a aplicarla a una realidad “peronista”.