Buen cine francés en el Festival de Mar del Plata

MAR DEL PLATA- El Festival Internacional de Mar del Plata arrancó  su recta final en el anteúltimo día de proyecciones de la Competencia Internacional, a la que ingresaron el filme francés «La habitación azul» y el coreano «Alive».

Con un día limpio y apacible y buena concurrencia de gente, incluso sala llena para «La habitación azul», que hasta anoche no vendía entradas ya que se dudaba de que pudiera llegar a tiempo para la competencia luego de haber sido suspendida su exhibición programada, en principio, para el martes pasado.

Tanta expectativa ni decepcionó ni entusiasmó en exceso al público, que se encontró con una cinta policial clásica, adaptación de la novela de George Simenon homónima, con dirección de Mathieu Amalric y que describe el caso de una pareja de amantes de un pequeño poblado del sudeste de Francia, que son juzgados por el asesinato de los cónyuges de ambos, aunque sin pruebas concluyentes.

Además de dirigir el filme, Amalric compone a Julien, un comerciante de maquinaria agrícola que regresa a Saint Justin casado y con una hija luego de años de desarrollo profesional en otras regiones y allí se encuentra con Esther (Stepanhie Cléau), mujer ahora del farmacéutico del pueblo y antigua compañera de escuela que le habría profesado cierto amor no correspondido y con quien inicia, ahora sí, una relación amorosa de alto voltaje erótico.

Julien parece encontrar en esa habitación del pequeño hotel de pueblo aquella pasión que quedó dormida en su vida familiar, aunque más de una señal lo alertan sobre el posible desequilibrio de Esther, que podría complicar el desarrollo de su vida comercial y afectiva, esto es: empresa, casa, auto, mujer, hija.

Contada en paralelo entre el desarrollo de la instrucción judicial y el relato de los hechos, el filme de Amalric –director de la deliciosa «Tourné»-, al igual que la novela, pone en la picota también los prejuicios pueblerinos y la posibilidad de que estos tengan mayor incidencia en la culpabilidad o inocencia de las personas que las pruebas y las evidencias incontestables, y que sean las buenas costumbres antes que los hechos los que dictaminen.

En primer turno se vio «Alive», segundo largometraje de Jung-bum Park, que relata la vida de un trabajador coreano en lucha perpetua contra la vida y las condiciones del mundo y que debe tirar de su carro con el peso muerto de un amigo escaso de luces, una hermana perdida en las tormentosas aguas de la locura y una niña desprotegida y sin sustento.

A veces él, a veces su amigo, a veces el destino o las circunstancias, todo parece estar complotado contra este hombre (que interpreta también el director del filme) cuyo destino va, irremediablemente, barranca abajo aun cuando la pelee con inigualable fiereza.

El filme arranca cuando el protagonista es sorprendido con que el capataz de la obra en que trabaja se fugó con su dinero y el de otros trabajadores, en una situación acuciante en la que debe reconstruir su casa arrasada por la inundación y ante la acusación colectiva de haber estado implicado en la estafa, llegando al punto de que su propia novia lo patea y lo trata de idiota, culpándolo de la situación que atraviesa.

Construida con rigurosidad y talento, filmada gran parte de noche o en zonas oscuras en medio de un duro invierno en una zona montañosa, «Alive» atraviesa con éxito la prueba, aun cuando un cuadro excesivamente cargado de desdichas y disfuncionalidades reptan alrededor del héroe, que nunca triunfa.

«¿Por qué todo me sale mal?» se pregunta el protagonista llegando al final, cuando varias empresas ya fracasaron, en una noche de borrachera para olvidarlo todo y cuando podría estar poniendo en juego su propia pareja, luego de insultar al jefe y los compañeros de trabajo de ella en un micro que está por partir hacia Seúl.

El final se resuelve con un pequeño gesto, minúsculo, olvidado, no hay salvación en puerta ni reinvención, pero la lucha continúa.