Ricardo Passano: “No fui solamente una carita que salía en la tapa de Radiolandia”

(Por Raúl Coria) En la tapa de revista Sintonía, de 1947, podía leerse: «Ricardo Passano, ídolo de las porteñas. El galán del momento, es el preferido por la simpatía femenina».  Sin embargo la carrera de Passano es rica, diversa y conmovedora. Es un actor que brilló en la mejor época del cine nacional.

Ricardo Passano entra perfectamente en esa categoría privilegiada de los llamados «actores de raza». Prueba de ello es que con 86 años a cuestas reconoce tener dentro suyo «el amor entrañable a la profesión que no se pierde a pesar de los años», y aclara «sigo encendido de amor por la profesión, no por el ambiente, por la profesión de comediantes, de hacer reír y llorar como aprendí de los grandes con los que tuve el honor de actuar».

Passano tiene una historia muy rica para contar y la cuenta con entusiasmo, con detalles, con emoción y con orgullo justificado:

«Comencé en la radio, con mis hermanos Margot y Mario hacíamos ‘La pandilla del Tony’, un conjunto infantil, auspiciado por la revista ‘El Tony’. Mi padre no quería que yo siguiera esta profesión porque él había sufrido mucho como actor. Pero yo tenía un volcán, un puma, un yaguareté en el alma y un día se enfermó un actorcito que trabaja en ‘Tío Luis y sus sobrinos’ en Radio el Mundo. Mi papá tenía una audición allí y me llevó».

A los quince años entró a la compañía de Nora Cullen y Guillermo Battaglia en Radio Splendid y a la noche, «para redondear un sueldito» trabajaba en otra compañía auspiciada por  la Farmacia Franco Inglesa en la que actuaban Nathan Pinzón, Lucía Barausi y Jorge Lanza.

«Fui amando a la profesión. Poco a poco fui aprendiendo, y capté lo que eran las pausas, las transiciones, los cambios de tono, todo el mecanismo que encierra la radio, primer plano, segundo plano, el técnico, los pasos, una caja con una cerradura, apertura y cierre de puertas, un balde con un cucharón para hacer los remos, los caballos, el beso de amor… es decir la radio la conocía a fondo».

Y fue la radio, como en otros tantos casos, la que le dio a Passano la oportunidad de llegar a la pantalla grande. En Radio Splendid, Carlos Hugo Christensen, hacía un programa en la que transformaba tangos populares en radioteatro. Passano sobresalió en un papel dramático a tal punto que una persona del público lo felicitó y le pidió los datos. «Te paraste Passanito», le dijeron sus compañeros, porque ese personaje del público era el Dr. Guerrico, el dueño de la Lumiton, uno de los sellos de cine más importante del momento.

 

PESOS Y TRAJES

A los 17 años Ricardo Passano filmó su primera película El mejor papá del mundo con Elías Alippi y Angel Magaña,  «el galán más brillante de esa época». Fue un papel corto por el que le dieron 250 pesos y dos trajes. Por Adolescencia ya le dieron 600 pesos, y cuatro trajes. En ese film actuó Mirtha Legrand que venía de hacer Los martes orquídeas. Por Noche de Bodas con Christensen como director, -aquel que lo había dirigido en la radio-, le dieron 1000 pesos y un smoking. En esa película actuaron figuras de la talla de Paulina Singerman, Enrique Serrano, Felisa  Mari,  Irma  Córdoba.

En poco tiempo Ricardo Paisano formó parte de ese formidable grupo de artistas que construyeron la «época de oro del cine nacional».

Las películas argentinas invadieron Sudamérica y actores inmensos como Nini Marshall, Hugo del Carril, Pepe Arias, Carlos Thomson, Luis Sandrini o Mecha Ortiz conquistaron a todos los públicos de habla hispana.

 

JUVENILIA

Con la versión cinematográfica del libro Juvenilia de Miguel Cané, vino la consagración definitiva de Passano.

Es tan imborrable ese momento para Passano que no sorprende lo detallista de su relato, sobre todo el instante en el que dio la prueba para encarnar nada menos que a Miguel Cané. «Ese casting es inolvidable para mí. Recuerdo estaban Marcos Zucker, Juan carlos Altavista, Gogó Andreu, y Mario Medrano en el dormitorio del Colegio Nacional Buenos Aires y yo les tenía que contar cómo me había escapado del colegio para ir a ver al Colón a Stella que era Elisa Galvé. Cuando el director dijo ‘cámara y acción’. Yo dije: -Y fue en ese instante cuando su mirada se encontró con la mía. Mi milagro fue la música a partir de entonces creció mi audacia fui Porto frente a Richelleau, Don Quijote rompiendo lanzas por su Dulcinea, el General Ramirez criollo y caballero peleando por su dama y con su dama…

Y Marquitos Zucker que estaba al lado me decía: ¡qué bien che! Pero pudiste hablarle?.

-Sí.

-¿Y cómo?

-Por los ojos, el lenguaje del alma

Y Marquitos se levantaba y decía…

-Bue… yo prefiero el de las manos

Corten!!!!! Dijo el director. Dimos bien la prueba y me hicieron un contrato inolvidable. Fui elegido para encarnar a Miguel Cané y era un sueño para un chiquilín de 18 años».

Pasaron casi 70 años de esa película filmada en los estudios San Miguel, pero el recuerdo es inalterable. Para Passano, Juvenilia debería pasarse en los colegios, «porque es una película que construye, que une a los argentinos y en este momento que nos estamos peleando, por todo lo que está pasando en la actualidad, esa película es un ejemplo interesante».

La fama explotó después de Juvenilia, y las chicas de la época «morían de amor» por ese jovencito. Hoy, con 86 años a cuestas, todavía quedan grabadas las miles de cartas que las admiradoras le enviaban a Passano. «Lo digo sin ninguna vanidad: este viejo que está frente a vos, encendía a través de la pantalla la ilusión de todas las chiquilinas. A veces doy charlas y las señoras de más de 75 años se me acercan y me dicen: usted fue el amor de mi juventud!!!».

Ricardo Passano compartió cartel con las figuras más estelares de la época: Amelia Bence, Mecha Ortiz, María Duval, Hugo del Carril, Pepe Arias, Juan Carlos Thorry, Santiago Gomez Cou..

Pese a lo que uno puede suponer, más allá del cariño entrañable por Juvenilia, Passano tiene a la película Se abre el abismo, como la más querida. El film fue dirigido por el francés Pierre Chenal. «Ese papel protagónico me dio la oportunidad de demostrar que no era solamente una carita que salía en la tapa de Radiolandia, sino que era un actor con sensibilidad y eso se lo debo a Pierre Chenal».

Fue también el único actor que besó a Lolita Torres frente a las cámaras. Fue en la película Ritmo, sal y pimienta en 1951. La escena fue rodada apresuradamente por el director, Carlos Torres Ríos, aprovechándose de la breve ausencia del padre de la actriz. «¡El viejo de ella no quería saber nada con que la besen! Lo llevaron a tomar un café y en ese descuido  pudimos hacer la escena».

 

ALAS CORTADAS

Y junto al cine, también brilló en el teatro al que considera su «gran amor». La gran oportunidad en el teatro se la dio Narciso Ibáñez Menta «en el personaje más hermoso de mi carrera que es el hijo borracho, cleptómano, torturado en La Muerte de un viajante, una joya del gran Arthur Miller, en el teatro Nacional en el año 50».

Pero en el mejor momento le ‘cortaron las alas’. «Por las ideas de izquierda de mi padre (fundador del teatro independiente La Máscara) me cortaron la carrera y tuve que dedicarme a la docencia. Sin comerla ni beberla preguntaba: «¿por qué no me dejan trabajar?» Orden de arriba, me decían. Sufrí mucho. Me cortaron todos los contratos. Había firmado para hacer Las zapatillas rojas en Radio El Mundo, radio Cine Luz con Delfy de Ortega, pero como estaba identificado con las ideas de izquierda no cobraba.

Así pasaron quince años, durante la época de  los militares.  Igual… no nos engañemos siempre se persiguieron las ideas de izquierda, siempre se persiguen a los que defienden a los trabajadores. Yo soy un trabajador del tablado, un laburante, siempre me interesó el arte, ¡y me perjudicaron tanto!… Entonces me dedique a la enseñanza y descubrí que tenía algo que yo no sabía que tenía, espíritu docente, alma de maestro».

Casi como una obviedad, «el viejo y querido Canal 7» lo tuvo como pionero de la televisión. Hizo la vida de Gustavo Adolfo Bécquer, dirigida por Chicho Salvador, el hijo de Narciso Ibáñez Menta, y protagonizó un ciclo interpretando a los premios Nobel.

El repaso es completo y no evita recordar aquellas películas que los actores generalmente tratan de obviar, por no ser de una calidad que los enaltezca. Passano no da vueltas y reconoce que «los actores a veces tenemos que comer, tenemos que vivir», a la hora de justificar su presencia en «películas que artísticamente ya sabía de entrada que no me iban a deparar ninguna satisfacción». Se acuerda entonces que un día se encontró rodeado por todos los luchadores de Martín Karadagian haciendo Titanes en el Ring. También trabajó al lado de los ídolos juveniles de los 70, como Palito Ortega (en La Sonrisa de mamá) y Sandro (en El Deseo de vivir).

 

«YO QUIERO HACER DIVERTIR»

Ricardo Passano tiene una historia muy rica para contar, un pasado lleno de esplendor, pero también tiene un presente que lo enorgullece.

Con el mismo entusiasmo con el que habla de sus decenas y decenas de películas, habla de sus más de 500 festivales realizados con sus alumnos por todo el Gran Buenos Aires, interpretando clásicos como Las de Barranco, Los Mirasoles, En Familia, El conventillo de la Paloma… Con esas obras recorrió la provincia, trabajando en escuelas, para los jubilados o en las cárceles.

«He hecho 550 festivales totalmente gratis porque nunca fui un actor comercial. Lo único que pido es el micro que lleva y trae a los alumnos y que le den algo de tomar después de la función pero no cobro nada, yo quiero hacer divertir»

 

DOS AUSENTES QUE SIEMPRE ESTAN

Todo es alegría en el relato de Ricardo Passano. Recordar su propia historia le hace bien, se entusiasma y se enorgullece con justicia. Pero se quiebra cuando recuerda a su hermano,  el gran Mario Passano. «Era un gran actor el Colorado. Muy natural, hizo el hijo de Tita Merello en Los Isleños. Con Enrique Muiño hizo Caballito Criollo; con Enrique Santos Discépolo hizo el jugador de fútbol, en El Hincha. Fue un gran actor el Colorado… mi hermano fue un gran actor -insiste como para que no queden dudas-. Además él hacía cosas que yo no sé hacer, arreglaba un motor, construyó la casa del fondo, dibujaba como los dioses, escribió un libro dedicado a Ituzaingó. Tenía un abanico de profesiones que yo no tengo, yo lo admiré mucho a Mario. Era un reo, era brillante… Era un gran escritor. Escribía aforismos…¡Má… qué Narosky ni Narosky! mi hermano tenía talento de verdad. En fin, siempre está dentro mío. Yo lo adoraba al Colorado».

Pero hay una ausencia que duele mucho más, porque es inconmensurable, es la ausencia de un hijo, donde el dolor, la emoción, la tristeza irreparable se unen en recuerdos. Para afianzar esos recuerdos está siempre cerca una foto de Ricardo Luis Passano. La señala y se queja de lo que la vida le quitó.  «Era poeta. Se me fue hace más de cinco años y me dejó un vacío enorme y un dolor enorme en el alma. Era poeta –resalta con orgullo- con luces brillantes. Mis palabras no son las de un padre bobo, sino las de un padre que ha leído mucha poesía, fanático de Pablo Neruda, de García Lorca de todos los grandes y encontró que mi hijo tenía esa luz, que eso no se aprende en ningún lado te lo da el de arriba para componer. El era contador, con los números comía Ricardito».

Hay un común denominador cuando Ricardo Passano habla de su hermano y de su hijo, y no es solamente el amor por sus seres más querido, ni solo el dolor de haberlos perdido, es el orgullo por los artistas, por el actor y por el poeta.

 

SUS PELÍCULAS

La muchacha del circo (1937)

El mejor papá del mundo (1941)

Adolescencia (1942)

Noche de bodas (1942)

Casi un sueño (1943)

Juvenillia (1943)

La guerra la gano yo (1943)

Se abre un abismo (1944)

Chiruca (1945)

Cuando en el cielo pasen lista (1945)

Las tres ratas (1946)

La senda oscura (1947)

Cumbres de hidalguía (1947)

Esperanza (1949)

El último payador (1950)

Bólidos de acero (1950)

Ritmo, sal y pimienta (1951)

La niña del fuego (1952)

Mal de amor (1955)

El Festín de satanás (1955)

Días calientes (1966)

El hombre invisible ataca (1967)

La frontera olvidada (1969)

Pimienta y Pimentón (1970)

Bajo el signo de la Patria (1971)

La sonrisa de mamá (1972)

Todos los pecados del mundo (1972)

Juan Manuel de Rosas (1972)

Mi hijo Ceferino Namuncurá (1972)

Me enamoré sin darme cuenta (1972)

Auto Cine mon amour (1973)

Titanes en el ring (1973)

El deseo de vivir (1973)

Hipólito y Evita (1973)

Intimidades de una cualquiera (1974)

No seas cruel (1996)

El faro (1998)

Cargo de conciencia (2005)

Cuando ella saltó (2007)