Sergio Sinay: “No basta con querer a un hijo”

(Por GABRIELA CHAMORRO ARRECHEA) Sergio Sinay  es un reconocido especialista en vínculos humanos y  se ha dedicado  no solo a realizar talleres y conferencias sobre el tema sino a su pasión de escribir tanto libros como artículos en los más prestigiosos diarios y revistas.

Egresó de la Escuela de Psicología de la Asociación Gestáltica de Buenos Aires y se capacitó con el Dr. Norberto Levy en Autoasistencia Psicológica y Psicología Transpersonal. Entre sus libros podemos citar: Cuentos machos, La masculinidad tóxica, Elogio de la responsabilidad, Vivir de a dos, Las condiciones del buen amor, Ser padre es cosa de hombres, etc.

 

Habla mucho y con palabras sencillas, se esmera porque se entienda y  por explicar con ejemplos y afianzar los conceptos con anécdotas. Tiene algo de docente Sergio Sinay y  mucho de hombre reflexivo, que intenta que la gente se relacione entre sí de la forma más sana y armoniosa posible. Cuando explica sus ideas no juzga pero sí es muy categórico y pasional sobre los cambios que deberían ocurrir en la sociedad en la que vivimos: «Es simple –dispara de entrada– una sociedad empieza a cambiar cuando lo hacen las personas que la integran. Todos y cada uno de nosotros tenemos un área de influencia,  un lugar en donde somos influyentes.  Se puede  tener una influencia más chica o más grande, puede ser más chica en un momento de tu vida y más grande en otro. Yo tenía un maestro que decía que si uno cambia algo en los comportamientos de su casa y lo sostiene en algún momento en el piso donde uno vive, en los otros departamentos aunque más no sea por imitación de alguno, algo va a cambiar. Y si algo cambia en el piso, algo va cambiar en el edificio, y si algo cambia en el edificio, algo cambia en la cuadra, en la manzana, en el barrio, en la ciudad, en el país… Puede que no te alcance el tiempo de tu vida para ver ese cambio pero de todas maneras le diste un sentido a tu vida, viviste de acuerdo con una convicción que mientras estuviste vivo esa convicción la mantuviste. Quizás  uno no se entere en cuántos repercutió o no pero por lo menos…algo hizo por modificar el entorno».

En esta sociedad en la que vivimos Sinay nos habla de «los hijos huérfanos», chicos la mayoría de las veces con padres vivos,  pero que están ausentes de sus funciones primarias. Esta orfandad se traduce en problemas de violencia, inmadurez emocional, adicciones, enfermedades, etc.: «Siempre comparo la función de los padres con la  de un agricultor –explica–, él  trabaja la tierra, pone la semilla, la acompaña en todo su proceso. Está ahí cuando hay heladas, inundaciones, sequía y combate las plagas. Cuando la planta necesita un tutor, le pone un tutor, cuando el tutor ya no es guía sino un estorbo, se lo saca.  Poda, no  limitando, porque podar no es limitar sino orientar el crecimiento pero sin mutilarlo y finalmente cuando se cumple todo el ciclo lo que va a obtener de la planta, son los frutos que ya estaban allí en la semilla;  no los frutos que él quiera. Educar es acompañar a que aquello que está en la semilla se desarrolle y alcance su plenitud pero tomando responsabilidades sobre esa semilla que  uno pone en la tierra, porque no es que uno tira la semilla y viene al año y se come los frutos.  No, hay todo un proceso de acompañar y eso llevado al ejercicio de la maternidad o la paternidad, no se puede hacer con palabras o con declaraciones de amor. No basta con que los padres digan yo quiero mucho a mi hijo,  porque el amor en la relación de padres e hijos o en cualquier vínculo humano si no es acto, no es más que un verso amoroso, te puede sonar lindo pero es una declaración de amor,  y una declaración de amor es un sustantivo y la cuestión es como transformar eso en un verbo.

«Se necesita atención sobre el hijo. Hay que ir percibiendo que es lo que necesita de verdad, aprendiendo a escucharlo y a entender que uno ha creado una persona que no es una extensión de uno, ni un clon de uno, ni una copia, sino que es una persona absolutamente diferente. Todo eso es educar».

Revisando los cambios en la sociedad actual, Sinay se refiere a la situación décadas atrás: «Los adultos de hoy somos hijos de padres que yo creo que se esforzaron mucho, y con esto no quiero hacer un discurso retrógrado y que proponga una vuelta atrás en la historia- sino una recuperación de ciertos patrones y compromisos para salir adelante. ¿Vivían muchos más cómodos la mayoría de los padres de las personas que hoy son adultas? No; crecieron en una época sin tecnologías que hoy se han popularizado bastante y facilitan la vida a muchas personas, pero que también se la empeoran porque para acceder a ellas se meten en préstamos que después los obligan a trabajar tanto que no tienen tiempo para sus hijos. Esto ocurre a tal  punto que yo he escuchado a chicos de diferentes clases sociales, decir de diferentes maneras una cosa que es notable como coincide y que tiene que ver con que sus padres no tienen tiempo para ellos porque están trabajando y que sienten que  les importa más el trabajo que ellos mismos.

«Yo a veces cuando doy una charla en un colegio hago un pequeño test. Son charlas para padres que normalmente concurren porque les interesa y se dan en un marco de honestidad brutal. Yo trato de que sean interactivas  y en ese contexto insto a que levanten una mano aquel  que nunca  trayendo a su hijo a la escuela se pasó una luz roja ya sea por el motivo que fuera, porque venía  apurado, porque salieron tarde, porque no quería que le pongan media falta, por lo que sea. Que levante la mano el que  nunca habló por el celular y siempre se puso el cinturón de seguridad mientras manejaba, pero de verdad. La realidad es  que últimamente no levanta nadie la mano. La idea es que empecemos por ahí porque en esas tres instancias, mientras venían a la escuela, lo estaban educando al chico. Le  estaban diciendo que las luces rojas están ahí, pero cuando se interponen en el  camino las tenés que cruzar igual, que hay que respetarlas mientras no te joroben, le estás enseñando que el cinturón sí hay que ponérselo pero que  si te incomoda te lo podés desprender y que  el celular, si bien no hay que usarlo, si la llamada es  importante se puede atender. En definitiva le estás enseñando que siempre vas a tener una razón para no acatar la norma o la ley».

En esta idea de acercarnos a nuestros hijos, Sinay reconoce que no hay recetas pero sí pautas de comportamiento simples: «El padre tiene que acercarse a su hijo amándolo con actos, dándole herramientas, poniéndole límites y sosteniendo ese límite y sosteniendo también  la discusión. El padre debe bancarse ser cuestionado por su hijo porque no se crece sin confrontar. Pero aquello con lo que se confronta tiene que ser bastante firme para garantizar el cuestionamiento. Uno puede hacerse amigo del hijo sin necesidad de eliminar las distancias y de perder el lugar de referente y el lugar de guía Lo que no debe hacer es ser cómplice del hijo porque él lo necesita como autoridad»•