El Lupín y la señora

Por RODY RODRIGUEZ

Cuando la Democracia recién nacía, Néstor Kirchner era el exponente de una fuerza minoritaria del peronismo santacruceño, gobernado en ese entonces por Arturo Puricelli, quien con la intención de ganarse a sus adversarios internos, colocó a Kirchner al frente de la Secretaría de Previsión Social. Desde ese lugar, el  joven abogado de Río Gallegos comenzó a desplegar su estrategia de crecimiento político. Lo hizo con gestión a favor de la tercera edad, creando líneas de préstamos a los jubilados, generando beneficios, abriendo «La Casa del Jubilado» en todos los pueblos de la provincia, entre otras acciones que le fueron otorgando una popularidad creciente. Ya en ese entonces se lo conocía como Lupín, por su parecido físico con ese personaje de historieta creado en los 60: flaco, desgarbado, narigón y de ojos saltones.

Tal vez por esa popularidad, la relación entre Lupín y Puricelli se quebró. Kirchner fue renunciado y paradójicamente se potenció su progreso como dirigente.

A ese grupito de militantes que habían salido últimos en la interna del PJ en 1983, se fueron agregando hombres y mujeres de toda la provincia, muchos de ellos jóvenes que formaban parte de la conducción del Ateneo que lideraba Kirchner con su atractiva esposa platense, Cristina Elizabeth Fernández. Allí estaban también Armando Bombón Mercado, esposo de Alicia Kirchner, con su experiencia sindical; Julio De Vido, también con experiencia gremial en Entel; Carlos Zannini, proveniente de Córdoba, donde había estado detenido durante la dictadura; Dante Dovena, con pasado conurbanero como empleado municipal en Morón, Héctor Chango Icazuriaga, que llegó a Río Gallegos para hacer la colimba desde su Chivilcoy natal y no se quiso ir más y Fernando Rudy Ulloa, que trabajaba en el estudio de Kirchner desde pibe, y era chileno y peronista como la mamá de Néstor.

Con ese grupo -no muchos más- Lupín ganó y gobernó la intendencia de Río Gallegos desde 1987 a 1991. Era fácil predecir que con ese mismo impulso llegaría a la gobernación de Santa Cruz. Su exitosa gestión como alcalde, contrastó con el desastre que había dejado el gobernador Jaime Del Val. Así en 1991, Lupín llegó a la gobernación. El ascenso hizo que muchos le cambiaran el apodo para transformarlo en Lupo. Recibió una provincia arruinada y pudo revertir la situación haciéndose cargo personalmente de las finanzas públicas. Los aciertos en el gobierno lo llevaron a la reelección en 1995, mientras su esposa ocupaba una banca en el Senado de la Nación. Las luces del centro no encandilaron a Cristina que se destacó como una legisladora aguerrida. Sus discusiones con el menemismo por la Ley de Hidrocarburos, la privatización de Aerolíneas, la venta de armas a Croacia y Ecuador, hicieron que sobresaliera entre sus pares.  En Santa Cruz «Lupín y su señora Cristina» fueron caracterizados como una pareja política imbatible. Nuevamente reelecto gobernador en 1994, terminó su mandato justo para disputar la presidencia de la Nación en 2003, luego del gobierno provisional de Eduardo Duhalde. En las elecciones del 24 de abril de ese año obtuvo 4.300.000 votos, arañó el 23 %, detrás de Carlos Menem, que no quiso enfrentar el ballotage. De ese modo, el 25 de mayo de hace 10 años, Néstor Kirchner asumió la presidencia de la Nación, entonces Lupo le dejó el lugar al apodo de Pingüino. Lo que sigue es historia conocida y mejor resumida por los columnistas que hoy prestigian esta edición especial.

Lo cierto es que hay un puñado de miles de argentinos, en el extremo sur argentino, que no se sorprenden por los cambios producidos en la Argentina, y aseguran que hace 25 años que saben todo lo bueno de lo que son capaces el Lupín y la señora.