EMPAPADOS

Por RODY RODRIGUEZ.

Nadie discute que una hora tiene 60 minutos. Y cada uno de esos minutos tiene 60 segundos. Pero es inevitable sentir que el tiempo se «estira» más o menos de acuerdo a la experiencia que uno viva. Por ejemplo el pasado mes de marzo, fue uno de esos meses que parecen volar. Tengo la idea que fue el de mayor vértigo de los últimos tiempos. Esa sensación tiene que ver con todas las cosas trascendentes que pasan en un lapso breve de tiempo, que hace que no lleguemos a reaccionar ante una noticia impactante, que ya llega otra más impactante aún.

Por ejemplo, un indiscutido impacto causó la noticia de la muerte de Hugo Chávez, el 5 de marzo pasado.

Chávez, se había convertido en mucho más que en el presidente de Venezuela. Para los que lo admiraban o para los que lo aborrecían, Chávez fue un protagonista estelar de la historia americana reciente. No debe haber muchos argentinos que conozcan el nombre de otro mandatario venezolano que no sea el de Hugo Chávez, se ganó esa fama con carisma, con prepotencia, con audacia, con inteligencia, que tentó a más de uno empaparse con los temas de la política latinoamericana. Saber un poco más sobre la Patria Grande.

Y cuando, un poco más de una semana después, se analizaba de qué manera iba a repercutir en la región el fallecimiento de líder bolivariano, Sudamérica y Argentina en particular se conmocionaba con la noticia de que el obispo argentino Jorge Bergoglio era elegido Sumo Pontífice.

Que un argentino sea Papa es de una trascendencia que supera las creencias religiosas. Todos opinaban (y siguen opinando) sobre el ahora Papa Francisco. No importa que credo se profese, todos pueden dar su punto de vista sobre el presente y el futuro de la iglesia católica desde que un hombre del barrio de Flores “ocupa el cargo” que inauguró San Pedro hace más de dos mil años.

Desde ese 13 de marzo, el catolicismo en la Argentina pasó a ser un tema cotidiano. Para esas cosas los argentinos tenemos una ductilidad sin par. Pocas horas después de asumido el Papa, casi todos podían hablar con propiedad de «cónclave cardenalicio», debaten sobre los contenidos de los distintos concilios, y analizan si las futuras encíclicas que elabore Francisco, estarán influenciadas por su militancias en Guardia de Hierro, por que todos saben que el Papa «además de argentino es peronista».

Es imposible no estar «empapados». Católicos, evangelistas, judíos, agnósticos, ateos, todos hablan del Papa.

Frente a semejante noticia, tiene razón David Lebón, cuando escribió que «el tiempo es veloz». Es que la sucesión de noticias trascendentes, una tras otra, una tan o más impactante que la anterior, genera esa sensación de vértigo.

Pero puede ocurrir lo contrario. Una noticia, o un suceso estremecedor, puede hacernos sentir que el tiempo se detiene. Eso pasó en la madrugada del 3 de abril.

Ese martes 3 de abril llovió torrencialmente en la Ciudad de Buenos Aires, en varios lugares del conurbano y como nunca antes en La Plata.

Allí fueron casi 400 milímetros en un par de horas. La ciudad perfecta, quedó bajo el agua.

Esta vez estábamos literalmente «empapados». Ya no por hablar en exceso del Papa, si no por que miles y miles de casas se convertían en piletones.

Esta catástrofe hizo detener el tiempo. Sobre todo cuando después de las 21 horas, cuando la lluvia ya había cesado, el agua empezó a subir en las casas.

A oscuras, en medio de llantos de chicos asustados y con ruidos de alarmas de autos que chocaban entre si como barquitos de papel en una bañera, con alaridos de perros perdidos, el agua subía. Y el tiempo no pasaba más.

Fue una noche larga, tal vez duró más que todo marzo.

A la mañana un vecino con un gomón rescataba gente que había deambulado por las calles con el agua hasta la cintura, o pasado la noche arriba de los techos o incluso trepado a los árboles como monos.

Después aparecieron lanchas de Prefectura, después llegó el Ejército, después la Cruz Roja, el tiempo comenzó otra vez a transcurrir con normalidad. La hora volvía a tener 60 minutos y cada minuto tenía 60 segundos. Llegó la lavandina, los bidones de agua, llegó la solidaridad militante, un voluntarismo valioso pero que parecía desplazar al Estado. Llegaron también las noticias, más de 50 muertos. Pudieron multiplicarse por 10 o por 20 si no hubiera sido un día feriado. De no haber sido así, con la gente volviendo del trabajo o chicos volviendo del colegio, el drama hubiera sido indescriptible. Pero casi todos estaban en las casas. Todos no. El intendente de La Plata no estaba en su casa. Pablo Bruera estaba empapado, pero en una playa de Río de Janeiro, y no tuvo mejor idea que mentir y decir que estaba ayudando a los damnificados, y subió a su twitter una foto suya con un bidón en la mano. Una burla que molestó casi tanto como el agua mugrienta que impregnó a más de 50 mil viviendas. Una burla que ojalá provoque un daño irreparable a su carrera. Se lo merece. Mauricio Macri también estaba empapado, en otra playa de Brasil, en una de sus tantas y periódicas vacaciones, pero al menos no mintió.

Cuando el agua bajó, comenzaron las especulaciones, los llamados «muestreos» para saber quien quedó mejor parado, quien se perjudicó más. Todo se medía en clave electoral.

Pero hay otros muestreos, que marcan que hay más de 100.000 personas verdaderamente perjudicadas, que también se siguen midiendo, y no justamente el nivel de popularidad o de imagen para una elección. Se miden hasta donde les llegó el agua, hasta donde se empaparon.

En estos casos el tiempo corre más lentamente. Porque los tiempos de la recuperación son extremadamente tediosos, y los días parecen semanas.