Llega “Casi Feliz” a la pantalla de Netflix

Transcribimos la entrevista que el Diario Página 12 le hizo a su protagonista

Lo autobiográfico y la ficción se mezclan en la serie dirigida por Hernán Guerschuny, que desmitifica la fama y aborda los problemas de ego desde la comedia.

A distancia, tal cual lo impone el aislamiento social obligatorio, la voz de Sebastián Wainraich resuena enérgica, una mezcla de alivio y alegría. En momentos en los que la sociabilidad se ve reducida en espacio e interlocutores -mediada por una tecnología que permite comunicarse pero de ninguna manera reemplaza al vínculo físico- el actor, guionista y conductor de radio celebra la posibilidad de hablar por teléfono. “Qué lindo escuchar tonos de voces diferentes a los de tu familia y compañeros de trabajo. Ya me había olvidado de cómo era”, dispara, un tanto en broma y otro tanto en serio. Ese fino equilibro entre el humor y la seriedad, entre la ironía y la frialdad, con las estridencias justas, parece ser la marca indeleble como humorista de Wainraich. Un estilo que cultivó a lo largo de sus trabajos en radio, TV y cine, y que ahora encontrará curso en Netflix, ante el estreno (el 1° de mayo) de Casi feliz, la serie cómica que escribió y protagoniza.

Con su largo recorrido en el humor, el debut como guionista de una serie televisiva no podía ser en otro género. Basta conocer la sinopsis de la trama para darse cuenta que Casi feliz es una ficción hecha a imagen y semejanza de quien la protagoniza y escribió. La comedia de 10 episodios de media hora cuenta los pesares de Sebastián (Wainraich), un comediante y conductor de radio cercano a los 40 años que está atravesando una crisis que ni él puede identificar. Si bien parecería tener todo para ser feliz, desde conducir el programa de radio de sus sueños hasta una estabilidad económica, Sebastián es objeto de una insatisfacción permanente. La separación de la que siente que es la mujer de su vida (Natalie Pérez), además de la madre de sus dos hijos, es sólo uno de los tantos conflictos que no puede y no sabe cómo resolver. Sus numerosas inseguridades, su neurosis cotidianas, convierten a Sebastián en un personaje inestable, atascado entre un pasado del que no puede escapar y un presente que no parece proyectar futuro alguno.

“Sebastián tiene todo para pasarla bien y sin embargo hay algo que lo traba. Tiene el trabajo de su vida, un buen pasar económico, pero hay algo que lo incomoda. Un poco es su propio pasado, que no quiere recordar, pero que se le presenta todo el tiempo. Y otro poco es su exmujer, que lo dejó después de años de casados y que él no termina de cerrar y no lo deja avanzar. Es un personaje lleno de trabas”, le explica Wainraich a Página/12.

Casi feliz es una comedia que lleva el sello indeleble de Wainraich. No solo porque el protagonista comparte nombre y trabajo con el actor y guionista, incluso club de fútbol (Atlanta, claro), sino porque además tiene un registro narrativo que es propio de sus trabajos anteriores. Es inevitable percibir en Casi feliz un puente tonal y temático con sus creaciones previas, desde las obras (Wainraich y los frustrados y la más reciente Frágil) hasta Una noche de amor, el film que escribió y que protagonizó junto a Carla Peterson. Incluso, la serie comparte con la película estrenada en 2016 la dirección de Hernán Guerschuny. Nada es obra de la casualidad.

 

“Un productor nos convocó a Hernán y a mí porque quería hacer una serie. Inmediatamente, nos pusimos a trabajar y la comedia surgió naturalmente. Debe ser porque pienso la vida desde el humor. Me gusta el género. La comedia es un motor práctico para escribir y espiritual para vivir”, puntualiza el conductor de Metro y medio (ver abajo). Wainraich sostiene que contó con las mejores condiciones para desarrollar la serie. “No hubo ningún pedido de parte de Netflix. Lo único que nos pusimos de acuerdo con ellos fue en hacer una serie localista. Está claro que sucede en Buenos Aires, pero se entiende en cualquier lugar. Creo en eso de pintar tu aldea para pintar el mundo. Lo interesante fue que en la génesis ni siquiera estaba en mente Netflix sino apenas la idea de escribir una comedia. Y después nos pasó lo mejor que nos podía pasar: no tenemos la presión del rating de la TV abierta y tenemos una audiencia potencialmente más grande”, reconoce el actor y guionista.

-Casi feliz está llena de guiños con su vida personal. ¿Cuánto tiene de autobiografica?

-La serie debe tener mucho de mí. No sé como calcularlo. El personaje se llama Sebastián, trabaja en radio, es humorista y hasta es hincha de Atlanta. Suelo hablar en la radio de las cosas que me interesan y me pasan, y cuando escribo me pasa lo mismo. Hay un disparador real en la serie para después transitar por lugares ficticios. Cuando algo real se convierte en obra, pasa a la dimensión de la ficción. Si hubiera escrito una serie protagonizada por tres chicas seguramente también tendría algo autobiográfico. No es tan importante. Sí creímos que esa cosa difusa entre el mundo real y el de la ficción es un lindo juego para que el espectador se haga su propio rollo. A mí suele pasarme. Me gusta quedarme con esa intriga. Hernán suele hablar de Sebastián como “personaje-persona”.

-Le pusiste de nombre “Sebastián” al protagonista. ¿Eso habla de tu ego o era parte del guiño necesario para borronear la frontera entre lo real y lo ficticio?

-Mi ego es raro. Es un ego grande y ciclotímico. Necesito tener la autoestima muy baja para sentirme querido, y a la vez muy arriba para poder actuar o conducir. De hecho, antes de empezar a grabar la serie la llamé a Nora Moseinco, que es una gran maestra, porque necesitaba tomar una clase y que me diga cómo veía la personaje. “Cuanto más cerca de vos el personaje, mejor. No te vayas a buscarlo a tres cuadras porque está al lado tuyo”, me dijo. Y eso me ayudó.

-¿Por qué sentiste esa necesidad? ¿Estabas incómodo con el “personaje-persona”, con esa cercanía a tu propia vida?

-No tanto por eso. Con Hernán habíamos pensado en la previa sobre cómo debía ser el personaje. En un comienzo, pensamos en que sea cercano al registro actoral de Woody Allen, neurótico, que hable rápido… Pero después nos dimos cuenta que era más interesante que tuviera variantes. Ninguna persona es monocorde.

-Casi feliz aborda el ego a través de lo que le sucede a Sebastián. ¿Vos luchás para domar tu ego?

-Convivimos con nuestro ego. Estoy pendiente para tratar de domarlo. Cuando tengo un sentimiento miserable, como la envidia, el rencor o la soberbia, trato de quitármelos lo antes posible porque siempre tienen un poder destructivo. Trato de racionalizar lo que me pasa, porque dejarte llevar por el ego no me sirve a mí ni a nadie.

-El personaje de la serie está muy pendiente de la mirada de los demás respecto a su trabajo. ¿Te pasa?

-Me pasaba mas antes y ahora aflojé. Obviamente, si hago radio o esta serie quiero que a los demás les guste, y que la gente me vea o escuche. Antes me pasaba que si de los 400 espectadores, 399 aplaudían y uno no, me quedaba enganchado con ese. Tenía cierto trauma. También es cierto que uno prejuzga demasiado. A veces uno dice que el programa salió bien o mal, y en realidad es una percepción. No existen verdades irrefutables. La verdad absoluta es una exageración.

-La fama es otro de los ejes de la serie, pero abordado desde la lógica de que cierta invasión a la vez es consecuencia de la exposición voluntaria pública que las personalidades públicas hacen. En sus trabajos solés exponer tu vida.

-Es una neurosis. Si trabajás en teatro o radio no podés pretender pasar inadvertido, al costado del camino. Hay una escena en Casi feliz en la que Sebastián vuelve a comer con su ex, hay una tensión por ese reencuentro importante para su vida, y sin embargo los estímulos externos, la gente, lo distraen todo el tiempo. Y eso pasa, claro. También sucede que al personaje se le aparecen muchas compañeras de la secundaria que piensan que porque es famoso le pueden pedir de todo. Y si no accede, es un agrandado al que el capitalismo lo limó. La percepción del otro sobre uno es rara.

¿Padeciste la fama?

-Nunca tuve demasiado rollo con la fama. El trato con la gente es bueno. La radio genera una fidelidad con el oyente como ningún otro medio. En esta época de aislamiento, la gente agradece más estar al aire. Tal vez si estoy con mis hijos en la calle y me piden fotos y autógrafos, me incomoda, pero no más que eso. Creo que lo único que me jode, en realidad, es cuando el que te para sabe que sos alguien “conocido”, pero no tiene claro bien quién sos. “¿Quién eras vos?”, te preguntan, casi como si fuese una pregunta filosófica.

-Pero también ser “conocido” por trabajar en los medios abre puertas.

-Alguna vez Ricky Gervais digo que ser conocido le resolvía cosas, como llegar a un lugar y que ya todos sepan quién sos. El ser conocido te resuelve un tema para comunicarte con los demás. Para alguien tímido como yo, eso está buenísimo: ya saben quién soy. Me ayuda a saltearme un paso en el proceso de sociabilidad con los otros. Pero además a mí me ayuda ser comediante. Si tu registro actoral está cercano a la comedia, te volvés más ameno para el público.

-¿Sí? ¿Sentís que los que trabajan con el humor son percibidos por la gente como más cercanos que los que están asociados al drama?

-Sí, siento que el humorista siempre es más cercano al público, genera un vínculo distinto con los otros. No sé por qué, será por el hecho de hacer reír a la gente, de que te recuerden en momentos de cierta felicidad. Por ejemplo, esta es una época en la que aumenta sideralmente el pedido de saludos para gente que cumple años o que está encerrada pasando la cuarentena. Hay mayor necesidad de vivir un momento de alegría.

-Sebastián, el protagonista de Casi feliz, tiene un fuerte sentimiento de culpa. ¿Cómo te llevás vos con eso?

-La culpa es un sentimiento de mierda, pero el que no siente nada de culpa es un psicópata. En un contexto donde la mayoría de la gente la pasa mal, tiene urgencias de todo tipo, le cuesta en lo económico, la culpa de estar bien es una realidad. No es que si uno cambia su realidad le puede modificar a la del otro. No soy religioso, pero es verdad que soy un judío emocional. Puede que tenga que ver con la historia de mis abuelos, pero no siento que ver lo que le pasa al resto viene de ahí. En todo caso, creo que tiene más que ver con ese discurso propio de familia de clase media argentina, del “disfrutá ahora porque mañana no sabes qué puede pasar…”, o el famoso “no sos hijo de Rockefeller”… La clase media argentina es muy culposa. Y no creo que esté mal, eh.

-La serie desmitifica esa idea de que el “famoso” o “conocido” tiene una vida genial.

-Sí, claro, porque lejos está de ser así. Esa idea que circula entre la gente puede ser responsabilidad de los mismos “famosos”, que muestran públicamente una imagen como si viviesen sin problemas. Y eso no es verdad. En todo caso, un grupo muy reducido no tiene problemas en esta profesión. Pensar que los actores tienen la vida resuelta es un error importante. Son muy pocos. Pero es entendible que a veces la gente crea eso. La felicidad de nadie pasa solo por el trabajo y lo económico. Lo que sucede es que en un país con una crisis económica tremenda, es entendible que la gente crea que el que tiene resuelto ese aspecto es feliz o no sufre. A mí muchas veces me dicen que juego al personaje de “perdedor”, pero no creo que sea así. No soy un perdedor, sólo muestro mi lado vulnerable. No tengo problemas en eso, en mostrarme como soy. Lo que pasa es que la tele de antes no permitía eso: el conocido tenía que estar siempre arriba.

-Mostrarse siempre “exitoso”, alejado de los problemas mundanos… La figura era algo inalcanzable.

-Era otro momento de los medios, otra sociedad, otra cultura. Porque además qué es se un “ganador” o un “perdedor”, quién dictamina ser “exitoso” o “fracasado”. Pensar la vida en esos términos es un absurdo. A mí me gusta reírme de mí mismo, a veces de los demás, contar lo que me pasa, meternos en nuestros problemas y reírnos de eso. El humor es mi forma de atravesar la vida. Los peores momentos, incluso.

-¿Hay límites para el humor?

-No, no hay. Cada uno tiene derecho a hacer el humor que quiera y con lo que quiera. Para el humor no existen límites más que los que vienen con uno. Yo tengo mis propios límites, pero no son morales. Son límites caprichosos, subjetivos, de mi propio gusto de humor. Por ejemplo, me permito hacer chistes sobre Hitler pero no sobre Videla. Hay tragedias con las que hago chistes y otras con las que no. Pero es una cuestión arbitraria. Chistes con algunas cosas y con otras no. No es que hay un marco teórico sino que simplemente me sale así. Hacer humor con el único fin de provocar no tiene valor para mí. Si haces reír y además provocás algo o incomodás, está bien. Pero provocar es fácil: decís cualquier cosa y listo. Eso no es humor. El chiste tiene que ser tan bueno que me tengo que olvidar el dolor que me genera ese tema. En el medio de la carcajada tenés que olvidarte de que le estás ganando al dolor.

La pandemia y las medidas

La cuarentena, cuenta Wainraich, lo hizo reconocerse más capaz de lo que creía. “Pensé que era más incapaz. El aislamiento me obligó a hacer un montón de cosas domésticas. Descubrí que tengo mucha voluntad, que puedo ser más incansable de lo que creía”, detalla. Más allá del hastío del aislamiento, Wainraich se permite analizar la situación argentina en clave gubernamental, tras los cuatro años de Mauricio Macri en la presidencia. “Alberto Fernández asumió en una situación económica complicadísima y, encima, estalló una pandemia pocas veces vista -dice-. En este tiempo, me gustó cómo llevó el gobierno la crisis y cómo la comunicó. Creo que el gobierno, pero principalmente el presidente, encontró el equilibrio justo entre transmitir la tranquilidad que la sociedad necesita en estos tiempos y la de ser claro en la gravedad de la pandemia y de la situación argentina. No generó pánico ni dio señales de perder el control de la situación. La incógnita, en todo caso, es ver cómo salimos de esta situación atípica y cuáles serán las respuestas económicas del gobierno para recuperarnos”.

Metro y medio

Una suerte de segundo hogar

Desde hace 13 años, de lunes a viernes a las 17, Wainraich y Julieta Pink son los dueños del aire de Radio Metro con Metro y medio. Ese programa, uno de los pocos ciclos diarios de humor de la radiofonía argentina, es tal vez el lugar que vuelve a Wainraich a un estado cercano a la felicidad. “Metro y medio es mi segunda casa. Es el lugar al que siempre quiero regresar. Me sigo angustiando si sale mal; me pongo contento si siento que el programa salió bueno. Creo -sin racionalizarlo demasiado- que si durante el programa percibo que está saliendo bien, me siento el hombre más feliz del mundo”, reconoce el conductor del ciclo en el que participan Peto Menahem, Pablo Fábregas, Martín Reich, Carolina Duek, Tamara Tenembaum y Alejandro Bercovich. “Hacer el programa después de tantos años es un placer. Con Julieta y Pablo nos conocemos hace mucho tiempo y siento que cada vez tenemos menos filtro para decirnos cosas, para reírnos, de nosotros mismos y de todo. Pero no lo hacemos desde la provocación, del decir cualquier cosa, sino desde la seguridad de quienes tenemos claro el juego y hacia dónde vamos cada vez que tocamos un tema. Pasan los años y seguimos disfrutando mucho el programa”, confiesa Wainraich.

 

 

 

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