Un día como hoy…

26 de abril

Se estrena la obra Barranca abajo

“Barranca abajo” fue estrenada en Montevideo, el 26 de abril de 1905 por la compañía de José Podestá; una de las dos en que se había escindido la original de los hermanos Podestá, en 1901. Florencio Sánchez la había escrito poco antes, en ocasión de una breve estadía realizada en Montevideo, en casa de sus padres.

La obra alcanzó de inmediato enorme éxito; y le valió a Sánchez ganancias que le permitieron comprar su casa en Buenos Aires, donde pasó a residir con su esposa Catalina Raventos.

Presenta un cuadro de decadencia moral, a partir del personaje de un muy maduro hombre de campo, que ha perdido un pleito por la propiedad de la fracción que había ocupado por mucho tiempo, y cuya familia, todas mujeres, lo deja en total soledad moral y afectiva — sobre todo luego de la muerte de su hija tuberculosa — lo que determina que decida suicidarse.

Se  desarrolla en tres actos, el primero compuesto por 21 escenas; el segundo por 18 escenas, y el tercero por 15 escenas. Considerando que cada escena significa la entrada o salida de un personaje; ese decreciente número de escenas muestra que la acción va concentrándose a medida que la obra avanza hacia su desenlace.

En cuanto a su ubicación espacial, la obra transcurre en algún lugar de la campiña uruguaya; en la zona “del Sarandí” — aunque no queda claro si se trata del Arroyo Sarandí, o del pueblo de ese nombre. Ello se deduce porque en la escena 12ª del primer acto Don Zoilo envía a su peón a que vaya a llamar a Aniceto allí, donde tiene un campo que está “poblando”, y que lo haga “de un buen galope”; lo que indica que la distancia no era excesiva. Y luego, en la escena 12ª del segundo acto, Martiniana — que ha llegado desde la estancia, cabalgando en su yegua “la tubiana vieja” — alude a que Zoilo y su familia están viviendo en el campo “del tape Aniceto”. Se trata de una zona del Departamento de Florida, donde existe actualmente un excelente desarrollo agrícola y de lechería.

El ambiente rural surge inicialmente de la propia localización de la acción y de su tema. En el primer acto, tiene lugar en el interior de la casa de una denominada “estancia”, aunque las características generales de los personajes que aparecen como los anteriores titulares de ese lugar, no condicen plenamente con el concepto de extensión y capacidad de producción de una estancia. Más bien se tiene la idea de que se trata de un establecimiento ganadero, de mediano a pequeño, que cuenta con un único peón.

Eventualmente, puede haberse tratado de un asentamiento rural inserto en un campo mayor — podría ser en ese sentido que se mencione una estancia — cuyos propietarios no se hubieran preocupado anteriormente de atenderlo; de modo que esos ocupantes ilegítimos fueron tolerados durante un extenso período, hasta que se produjo la acción judicial para expulsarlos. Es muy posible que la situación se asociara al proceso de alambramiento de los predios rurales; que determinó una precisión en la verificación de las delimitaciones y ocupaciones de los campos.

Los actos segundo y tercero, transcurren en el exterior de un rancho, ubicado en el campo en que Aniceto está procurando desarrollar un establecimiento — posiblemente de lechería — a donde ha ido a vivir el personaje principal con su familia; y con un paisaje visible, de cierta extensión de campo, pintado en un telón del teatro.

En cuanto al transcurso cronológico, tampoco hay mayores precisiones. Resulta obvio que la acción es contemporánea a la época en que fue escrita; y en otro aspecto, una referencia incidental en el tercer acto indica que habían pasado 20 días desde el fallecimiento de la hija enferma del protagonista.

De todos modos, el propio desenvolvimiento de la acción determina que existan pocos días entre el final del primer acto y el segundo; aunque la muerte de Robustiana, la hija menor de Don Zoilo, habrá de ocurrir luego de finalizado ese segundo acto. Al mismo tiempo, en el segundo acto existen referencias a que, luego de finalizado el primero, había ocurrido una visita de Prudencia, la hija mayor de Don Zoilo, a la casa de la comadre Martiniana, donde tuvo un encuentro amoroso con Don Juan Luis; y a que a raíz de ello terminó la relación entre Prudencia y Aniceto. Puede estimarse, primariamente, que toda la obra transcurre en un lapso de entre uno a dos o tres meses.

El lenguaje que emplean los personajes, concuerda con su condición. El protagonista y las mujeres de su agrupamiento familiar, se expresan en un lenguaje no del todo “gauchesco” si se lo compara, por ejemplo, con el del “Martín Fierro”. Existen algunos matices, según los cuales el lenguaje del hombre ya maduro es más cercano al de los gauchos — ateniéndose a los modelos literarios anteriores — propicio a expresiones exclamativas (¡canejo!), y a ciertas deformaciones fonéticas (“güeno”, etc.) propias de aquel estilo.

Más que por el uso de expresiones en particular, el habla del ambiente rural está conformada por los numerosos giros que aluden a componentes de la vida de campo. Por ejemplo, en determinado momento, para describir la condición artera de una de las mujeres, otra la califica de “comadreja”; conocido roedor que vive en los campos, de regular tamaño, que frecuentemente ataca los gallineros por la noche. En otro pasaje, Don Zoilo califica a su hermana de “carancho”; ave carroñera también del campo, que se alimenta de los animales muertos en el campo; para indicar también su comportamiento.

Sin embargo, en algunas oportunidades el léxico no parece adecuado al nivel educacional de los personajes, sino que revela un estilo mucho más ilustrado. Por ejemplo, en la escena 9ª del segundo acto, Martiniana — que evidentemente es una mujer de muy poca ilustración — relata su conversación con Don Zoilo expresando que le reprochó tener a su familia “..viviendo en la inopia, soterradas en una madriguera“, términos que no resultan creíbles en su personalidad.

Las mujeres emplean un lenguaje menos rural y más cercano al habla de los grupos no educados de los arrabales urbanos de la época; en que se advierten también diversas deformaciones corrientes: pa’ como apócope de para; ‘tá por está; dirse por irse; cáiste por caíste; tata; por papá; terminaciones en ao en vez de ado (“desgraciao”, “entrao”, “apuntao”, “letraos”,etc.).

Los personajes ajenos al medio familiar del protagonista, el representante de los propietarios del campo y el comisario de policía, también emplean un lenguaje acorde a sus respectivos niveles. El del primero es un lenguaje propio del hombre educado de ciudad, sin alteraciones idiomáticas, salvo las conocidas alteraciones rioplatenses de la conjugación y alguna expresión campera (como cuando en la escena 15ª del primer acto alude a que es “arisca la china” para referirse a la timidez y resistencia de Prudencia). En tanto, el comisario, en su breve intervención del primer acto, se mantiene en un punto intermedio, sobre todo por su poca habilidad expresiva y escasa locuacidad (su reiterado “¡qué embromar con las cosas!”).

En definitiva, el lenguaje es uno de los instrumentos principales del realismo naturalista de que se vale el autor para lograr una identificación del público mayoritario — y en todo caso un claro reconocimiento por parte del medio social que lo conformaba — con los personajes y la temática de la obra.

Personajes

Interviene en la obra un total de 11 personajes, a los que el autor enumera inicialmente, ubicando someramente sus relaciones.

Don Zoilo Caravajal — Es el personaje principal, el verdadero protagonista de la obra, en el cual se centra todo el nudo dramático de la trama.

Doña Dolores — Es la esposa de Don Zoilo, una mujer mediocre, sin carácter, a la cual indirectamente su marido describe en la escena 10ª del tercer acto — atribuyéndose él la responsabilidad de que haya sido así — como no buena, ni honrada, ni hacendosa, ni buena madre.

Prudencia — Es la hija mayor de Don Zoilo, también presentada como una mujer sin mayores valores morales; que facilmente se “pierde” haciéndose amante de Don Juan Luis, mediante los buenos oficios de la “comadre” Martiniana.

Robustiana — Es la hija menor de Don Zoilo, muy ligada afectivamente a su padre, al cual despierta una especial ternura protectora. Es la única entre las mujeres que posee cualidades virtuosas; consistentes en su hacendosidad, la sencillez e ingenuidad de sus aspiraciones; y que por su imagen de la tísica — condición que le es reprochada como un estigma por su tía — constituye uno de los instrumentos dramáticos de que se sirve el autor.

Rudecinda — Hermana de Don Zoilo, tal vez la más moralmente deleznable de todas, no le tiene afecto alguno, es crudamente interesada en el aspecto económico, y es la que más ostenta una especie de parasitismo respecto de su hermano; solamente preocupada por sus vestimentas y por seguir disfrutando de la comodidad de su vida anterior, aprovechando los amoríos de su sobrina con el propietario del campo.

Martiniana — La comadre, porque tiene una hija — Nicasia, que solamente es mencionada — que es ahijada de Dolores. “Vecina” en el sentido rural; es decir, habita al parecer en un campo cercano o tal vez en la misma estancia, dado que sirve de intermediaria entre Don Juan Luis y Prudencia para facilitar su encuentro amoroso; y más tarde organiza el retorno de las mujeres a aquella.

Don Juan Luis — es el ganador del pleito por la propiedad del campo que ocupaba Don Zoilo, que aprovecha su situación para tener una relación subrepticia con la hija mayor de don Zoilo, Prudencia.

El capitán Gutierrez — llamado “Butiérrez” por una deformación idiomática; es el comisario del “pago”, que se presta para colaborar con Don Juan Luis y facilitar la fuga de las mujeres de retorno a su estancia, reteniendo preso por un día a don Zoilo.

Batará — Es el peón del campo de Don Zoilo. Aparece fugazmente en el primero y en el segundo acto. Su nombre recuerda el término “bataraz” (y es la forma fonética de decirlo la gente de campo), con que se designa a los gallos o gallinas que tienen plumaje mixto blanco y negro, lo que sugiere que es mulato.

Aniceto — Es a la vez el ahijado de Don Zoilo y el prometido de Prudencia, para casarse con la cual se ha afincado a alguna distancia, en Sarandí, dedicado a “poblar”; es decir, a comenzar la cría de ganado. Es mencionado varias veces como siendo un “tape”, mestizo de criollo blanco e indígena.

El Sargento Martín — Es el clase de la comisaría. Interviene unicamente en el episodio en el cual Don Zoilo es llevado preso, por un entendimiento del comisario Gutiérrez con Don Juan Luis para facilitar la huída de las mujeres a la estancia. El autor lo utiliza para incorporar algunas referencias al papel político que cumplía la policía, de supervisar la actividad electoral, al reprochar a Aniceto que no había concurrido a una asamblea reciente, para preparar las elecciones.

El autor utiliza reiteradamente los nombres de sus personajes para realizar un juego de ironías:

Don Zoilo recibe un “apelativo” que recuerda la expresión deformada muy usual en el medio rural — sobre todo en esa época — de la palabra solo; tal vez para marcar precisamente la condición de soledad espiritual en que se encuentra.

Doña Dolores, es una mejor permanentemente quejosa precisamente de sufrir dolores, ya desde la primera escena.

Robustiana — derivado de robusta — es todo lo contrario, una joven débil de salud y de carácter.

Prudencia, tiene una conducta totalmente imprudente.

Rudecinda — que evoca la rudeza — tiene justamente un comportamiento caracterizado por su falta de delicadeza con todas las personas, especialmente con su hermano y su sobrina Robustiana.

Don Juan Luis, tiene un comportamiento donjuanesco con Prudencia.

Desde un punto de vista literario, la obra presenta un esquema relativamente sencillo, pintando una situación de la cual se trasunta la posición en que ha caído un hombre de campo que, habiendo disfrutado de una posición económica relativamente próspera y de cierta consiguiente consideración social, al verse desposeído del campo en el cual se sustentaba todo ello, se desliza hacia abajo en la escala social, en la consideración de sus allegados, y en su propia consideración, cayendo en una depresión que lo conduce a quitarse la vida.

Hay que recordar que un barranco es una formación frecuente en el territorio uruguayo — cuyo subsuelo es altamente rocoso — que presenta un abrupto desnivel de frente casi rectilíneo; por el cual, una caída generalmente produce graves consecuencias.

La imagen que sugiere el título de la obra, es una expresión relativamente usual en el lenguaje cotidiano, sobre todo en el medio rural, para significar toda situación de súbito y violento empeoramiento de una situación económica o familiar; como también la que afecta a personas cuya inconducta – especialmente la inclinación al alcohol o al juego – determina un gran quebranto en su vida.

Pero los gruesos trazos con que la obra dibuja sus personajes, sus caracteres y sobre todo su condición moral, delimitan violentos contrastes; en último momento un tanto atenuados — sobre todo en Doña Dolores, la esposa de Don Zoilo, a partir de un arrepentimiento cuya propia irrupción e intensidad hace que no resulte demasiado sincero.

La obra reposa en un pequeño número de escenas centrales, que a la vez que constituyen los momentos de mayor tensión dramática, son verdaderos puntos de inflexión de su desarrollo y suministran la oportunidad de dar las explicaciones más precisas de las conductas y los caracteres de sus personajes.

En ese sentido, Sánchez evidencia un excelente oficio teatral, y un gran poder de síntesis.

Por su orden, estas escenas son la última del primer acto, la 16ª del segundo acto, la última del segundo acto, la 8ª del tercer acto, la 10ª del tercer acto, y por supuesto la culminante escena final de la obra.

En la última escena del primer acto, don Zoilo recibe una visita bastante inmotivada de Don Juan Luis y el Comisario, que al parecer vienen en tren de resolver la situación de Don Zoilo con el propósito de darle trabajo en la estancia, para que él y su familia puedan permanecer allí. El orgullo de don Zoilo, unido a la situación que ya ha conocido de vinculación de su hija mayor con el estanciero, hace que desdeñe ese ofrecimiento, y al mismo tiempo, permite que exponga muy rapidamente el origen de la situación en que se encuentra, y su estado de ánimo al respecto.

En la 16ª del segundo acto, el sargento Martín llega para conducir detenido a Don Zoilo, como consecuencia de un entendimiento del comisario con Don Juan Luis, a fin de permitir que en su ausencia su esposa, su hermana y su hija mayor, se fuguen a la estancia; lo cual luego resulta frustado por el acceso agudo de tuberculosis que afecta a Robustiana y que en definitiva la conduce a su muerte.

En la última escena del segundo acto, se formaliza el idilio entre Robustiana y Aniceto; lo que da oportunidad a una escena de gran emotividad, donde Robustiana, ya casi próxima a morir, expone todas sus ilusiones de felicidad futura.

En la escena 8ª del tercer acto, Aniceto reprocha a las mujeres su comportamiento; lo cual permite exponer los móviles crudamente egoístas de éstas y la actitud de total desapego afectivo que ellas tienen respecto de Don Zoilo.

En la 10ª escena del tercer acto, Don Zoilo adopta la decisión de dejar que su mujer, su hija y su hermana, finalmente vayan a convivir en la estancia con el nuevo propietario; y con motivo de ello, da rienda suelta a sus sentimientos de frustración a su respecto, efectúa el reconocimiento final de la inutilidad de su vida, y expone los motivos por lo cuales finalmente optará por suicidarse.

Estos son complementados en la escena final, en su diálogo con Aniceto, en el cual precisamente discute con éste la cuestión del suicidio en función de que, una vez consumado el fracaso de su vida en todos los órdenes, la misma deja de tener sentido para él: “Yo no me mato por ellos, me mato por mí mismo”, dice.

Salvo algunos rasgos de condición moral valorable y comportamientos plausibles — especialmente en Aniceto que aparece como el modelo de hombre de campo sencillo y bueno — lo que la obra presenta es un conglomerado de personalidades motivadas por ambiciones materialistas y oportunistas; o en todo caso, injertadas en una posición de cómoda adaptación a las condiciones determinantes de sus conductas.

El personaje central, don Zoilo, es presentado como un individuo honesto, trabajador, en el cual la inadaptación a los cambios provenientes de la modernización de la sociedad, ya no da lugar al tipo de reacción violenta del modelo gauchesco tradicional del “matrero”; sino que acepta mansamente sus consecuencias, a pesar de que sigue sin comprender la evolución de su época, y sin poder incorporarse a ella.

Sus antecedentes prácticamente no se exponen; solo surge que había recibido de su padre — y en algún momento afirma que de su abuelo — el campo en que habitaba; respecto del cual ha perdido un juicio de reivindicación. Se trata de un juicio en que quien es propietario de un bien que se encuentra en poder de quien no lo es, reclama su devolución. En términos reales, resulta improbable que Don Zoilo y sus antecesores hubieran ocupado el campo todo ese tiempo; por cuanto en tal caso le habría sido reconocida su propiedad por prescripción, ocupación durante más de 30 años.

Todo indica que Don Zoilo carece casi totalmente de una educación, aunque sea elemental; probablemente sea analfabeto. No ocurre lo mismo con sus hijas, que por lo menos leen las cartas de Don Juan Luis.

Zoilo personifica ciertos conceptos éticos básicos, generalmente ligados a la mentalidad del gaucho; dice que es manso, pero en el fondo no tiene convicción de que eso sea lo correcto, ni tiene comprensión de lo que le sucede. A pesar de que Sánchez abominara del modelo “moreirista” del gaucho, Zoilo ostenta un orgullo típicamente “gauchesco”; especialmente un rechazo total a trabajar a las órdenes de un patrón, que equipara al orgullo y a la dignidad. Luego de haber estado dispuesto a permanecer en el campo por tolerancia del propietario; cuando éste le ofrece un trabajo, probablemente adecuado a sus conocimientos para ello, parece prevalecer en él su orgullo individualista de no verse sometido a autoridad alguna.

Es una personalidad que ha aceptado el sistema institucional y jurídico del país que se moderniza; pero que no lo ha asimilado realmente, en la medida en que no corresponde a sus intereses. Plantea su situación como un despojo; aunque en realidad, ella se originó en la previa ocupación ilegítima de un predio rural. Su verdadera tragedia no es, entonces, lo que le sucede; sino el haber permanecido al margen de la evolución de su época, haber ignorado su desarrollo y no haberse incorporado a ella.

Además, pertenece a un sistema familiar excesivamentemente paternalista y tradicionalista; donde las mujeres ocupan una posición totalmente secundaria y sometida. No ha logrado establecer un marco de afectividad igualitaria y recíproca, ni con su esposa ni con su hermana; solamente mantiene un afecto paternalista por su hija enferma, en base a su minusvalía.

“Barranca Abajo“ presenta un cuadro que, aunque no pueda considerarse auténtico y completo reflejo de un momento de la sociedad rural uruguaya de su época, y en más amplio sentido rioplatense — lo que obviamente estaría fuera del alcance de una obra de teatro — de todos modos contiene algunos componentes incidentales que pueden considerarse bastante típicos de una parte de ella.

Puede considerarse así que, a título de presentar una situación individual de rasgos dramáticos, lo que expone es el estilo de vida rural de mera sustentación, en vías de ser superado por la modernización económica y social, estilo de vida que es el que va “barranca abajo”; y que en forma consistente con la actitud implícitamente antiprogresista y añorosa que predomina en las expresiones culturales — y aun políticas — del tradicionalismo nativista, suscita una reacción puramente emocional y estrictamente conservadora de lo que, justamente, no sería valioso conservar.

Aunque no hay a ello una referencia explícita — y el interés dramático del autor se concreta a exponer la situación actual de sus personajes — ya para el público de época debía resultar visible el atraso cultural del personaje y de sus allegados; muy poco habilitante para que lograran insertarse en el proceso de modernización rural ocurrido en el país hacia el cuarto final del siglo XIX.

Desde el primer momento, Dolores trata de calmar sus jaquecas con “parches” de papel huntados con sebo de velas; posteriormente, tratan de “curar” la tuberculosis de Robustiana con sorbos de agua. Más adelante, hacen referencia a la enfermedad que afecta el ganado (posiblemente aftosa) y a que tratan de curarla “dándole vuelta la pisada”; mencionando las vacunas como algo acerca de lo cual no tienen ni idea, y sugiriendo que el veterinario — “el francés” lo llaman — ha de haber sido el portador de la enfermedad que está matándoles el ganado. Es decir, siempre en actitud de desconfianza infundada y culpando a la malicia de alguien, de sus contratiempos.

De tal manera, tanto Don Zoilo como el “tape” (mestizo de indígena) Aniceto, son personajes representativos de un tipo de poblador rural integrados a una economía de mera subsistencia; en la cual un campo aparentemente bastante extenso es apenas explotado con algún ganado lechero y ovino — éste último con fines de “carniar”, es decir, ir matando a diario para alimentarse con su carne — mediante el trabajo personal del patrón y un único peón.

En consecuencia, asumen la actitud muy corriente en diversas épocas —incluso la actual — de incomprensión total hacia una evolución social y económica que no se encuentran habilitados a acompañar; y de atribuir a malas intenciones, acciones dañosas o artimañas de “ladrones y saltiadores” — como los describe don Zoilo — las consecuencias desfavorables de su propia inadaptación a esos cambios. Esa visión — que el autor emplea, con clara demagogia, como medio de obtener la adhesión de las plateas — es la de un conservadorismo retrógrado; que desvaloriza el progreso de la modernización económica, en base a un sentimiento compasivo que suscitan quienes quedan al margen de la misma.

Las mujeres, responden también a un tipo absolutamente falto de toda preparación cultural, y viven en total dependencia económica y en sujeción a la voluntad ya no meramente paternalista sino totalmente autoritaria del jefe de la familia. Se presenta implicitamente un ideal de mujer hacendosa, dedicada a determinadas tareas del campo — como su “obligación” de ordeñar la vaca todas las mañanas a primerísima hora — y a realizar las tareas que Robustiana califica como “de peona”, como moler el maíz a mano para preparar la mazamorra.

Ese ideal — cuyo estereotipo representa Robustiana, con un proyecto de vida consistente en casarse y convivir con su marido y su padre en una casita blanca, y que se espera suscite la aprobación emocionada de las plateas — es contrapuesto a las demás mujeres:

Rudecinda y Prudencia, puramente dedicadas a cuidar su apariencia, a confeccionarse ropas nuevas y con la única aspiración de seguir viviendo sin esforzarse ni preocuparse por ninguna otra cosa;

Dolores, mujer sin carácter, totalmente inoperante y asimismo muy poco inclinada a las labores domésticas;

Martiniana, especie de alcahueta, de espíritu autoritario, que en el final de la escena 12ª del segundo acto sienta su concepción al respecto: “Las mujeres han de ser resolución”.

En el tercer acto, el personaje de Martiniana adquiere nueva importancia, al ser comisionada para ir a buscar a las mujeres y llevarlas de vuelta a la estancia. Allí, el detalle de la cama que fuera de Robustiana — colocada fuera del rancho con el implícito objetivo de “ventilarla” para esterilizarla de los posibles gérmenes contagiosos de su enfermedad — despierta la codicia de Martiniana que inmediatamente se propone conseguir que se la obsequien para ser utilizada por su hija “que duerme en un catre de guascas” (tiras de cuero sin curtir). De alguna forma, el contraste entre la cama metálica y el catre de marco de madera y sustento de “guasca”, marca el nivel económico que había tenido la familia de Don Zoilo.

Aunque algunos comentaristas se inclinan sostenidamente a presentar “Barranca abajo” como un cuadro de denuncia de iniquidades sociales y económicas — como frecuentemente sucede con expresiones artísticas de impacto popular — es más apropiado considerar que en esta obra, ya muy pulido su oficio de escritor teatral de éxito masivo, Sánchez utilizó hábilmente diversos componentes culturales de su tiempo, mostrando a la vez un olfato teatral excelente para su época.

En realidad, la actitud de Sánchez en diversos aspectos de su vida, lo muestra como una persona muy movida por motivaciones muy prácticas, que — al igual que también suele suceder — cuando encontró un camino hacia el éxito personal y económico, se aplicó intensamente a tratar de extraer de ello los mayores resultados posibles.

Indudable conocedor de las cuerdas a ser pulsadas para obtener mejor resonancia en el público para el cual escribía; estaba sumamente condicionado por el requisito de obtener éxito de taquilla de los empresarios y actores teatrales que le compraban sus obras frecuentemente antes de que las escribiera y aún concibiera; y cuyos pagos por adelantado generalmente consumía antes de hacerlo.

En ese sentido, lo probable es que Sánchez haya aprovechado un tipo de situación en algun caso más o menos similar que hubiera conocido — como suele ocurrir con los creadores literarios en todos los tiempos — para inspirarse y componer un cuadro cuidadosamente estructurado, con diversos ingredientes aptos para despertar el entusiasmo y la emoción en las plateas teatrales, propicias a sentirse solidarias ante la situación de un pobre buen hombre en desgracia. Una vez más, surge de todos modos la cuerda gauchesca clásica del “gaucho disgraciao”.

Entre esos ingredientes cabe contar los personajes estereotipados, presentados en un cuadro altamente maniqueo de los “buenos” y los “malos”, investidos de condiciones morales alternativamente muy valorables o reprobables; e insertarlos en una anécdota de repercusiones trágicas, donde la figura de la joven ingenua y buena afectada por el designio fatal de la tuberculosis — en buena medida ignorado o no debidamente comprendido por los mismos personajes y probablemente por buena parte del público — reitera la conocida temática del romanticismo, que viene desde la Margarita Gauthier de la ópera “La Bohème” inspirada en un novela de Alejandro Dumas, sumamente conocida en el medio y hasta mencionada en varios tangos.

En definitiva, “Barranca abajo”, sin ser un dechado de perfección literaria ni teatral, con todos los caracteres inherentes a un teatro incipiente, constituye una obra paradigmática en el teatro naturalista rioplatense; y es sin lugar a dudas una de las cumbres de la despareja obra de Florencio Sánchez.

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