«Jauja», de Lisandro Alonso, abrió la competencia internacional del Festival de Cine de Mar del Plata

MAR DEL PLATA- El quinto largometraje del realizador argentino protagonizada por Viggo Mortensen, abrió la competencia Internacional del Festival que tuvo anoche su gala de apertura con “Pasolini” de Abel Ferrara.

En un día límpido, soleado y claro sobre esta ciudad que moja sus pies sobre el Atlántico, el inicio de la competencia internacional tuvo una potente apertura con dos películas de geografías, encuadres, estéticas y tensiones diferentes, como

“Jauja” y “Melbourne”, opera prima del iraní Nima Javidi, que también resultó un hallazgo.

Definida por el propio Mortensen como “un western existencial argentino-danés”, “Jauja” es una notable apuesta del realizador de “Los muertos” y “Liverpool”, donde por primera vez se anima a trabajar con actores profesionales  en el elenco y a confiar en un guión, en este caso de Fabián Casas, en un viraje que es todo ganancia,  ya que el cine de Alonso no pierde nada de la fantasmal materialidad con que construyó su estilo y gana de a momentos en profundidad y consistencia.

Amante de los espacios abiertos y de las geografías que se imponen como desafíos , Alonso elige en momentos de tres dimensiones y grandes efectos volver al formato clásico del 4:3, a la opción más plana, para un atrapante viaje por el desierto, que es una travesía hacia interiores insospechados bajo el amenazante vacío de los espacios abiertos y desolados y los amplios cielos que se levantan casi desde el piso.

Definida por el propio Mortensen como “un western existencial argentino-danés”, “Jauja” es una notable apuesta del realizador de “Los muertos” y “Liverpool” Con un excelente protagónico de Mortensen, que a veces desentona con ciertas performances no profesionales por su calidad y que obtiene un logradísimo dúo con la actriz danesa Ghita Norby, “Jauja” está situada en tiempos de la Campaña del Desierto, en el amplio hostil destino patagónico, donde un ingeniero danés viaja junto a su hija y un reducido grupo de soldados en un destino incierto y atentos a las amenazantes conspiraciones que propone el lugar, entre desapariciones, acechanzas y, también, las posibles violencias del deseo.

En esta situación, la hija de del ingeniero danés huye con un soldado y, del algún modo, se inicia también el filme, con la desesperada búsqueda del padre que sigue pistas casi inexistentes donde todo es espacios abiertos inhabitados y, cuando aparecen cuerpos, ecos de violencias alucinatorias.

Este viaje de búsqueda y extravío, Mortensen lo cruza primero a caballo (imposible no encontrar resonancias de la pampa y la gauchesca literaria y pictórica argentina aunque por fuera de todo naturalismo) y, producto de las circunstancias y marcando también cómo se va degradando la travesía, a pie.

“¿Es usted un hombre?”, le pregunta al ingeniero una mujer que vive en una cueva junto a un perro, “creo que sí”, contesta el interpelado en uno de los momentos en que la película alcanza uno de sus clímax por la extraña síntesis que logra Alonso entre una materialidad que se corporiza en todas sus dimensiones y al hacerlo se vuelve extrañamente fantasmal, acaso porque evoca la existencia como duda.

Como en el resto de las películas de Alonso, la ambientación sonora es notable y una de las patas fuertes de su construcción cinematográfica.

Absolutamente distinta, claustrofóbica, filmada casi toda (a excepción de una última escena en el asiento trasero de un taxímetro) en un departamento de dos ambientes pero de consistencia narrativa granítica y una tensión que apabulla es “Melbourne”, opera prima del realizador iraní Nima Javidi, que la semana pasada ganó el máximo galardón del Festival Internacional de Cine de El Cairo, Egipto.

Todo transcurre en unas horas, unas desesperantes horas que van desde la mañana, cuando una pareja empaca y ordena sus cosas con vistas a un viaje de Teherán a Melbourne por un par de años, hasta la hora de la partida.

En medio del tránsito en que deben desalojar el departamento en que viven, quedan al cuidado de un bebé pequeño por un inconveniente de la niñera de un vecino que promete volver a buscarlo a la brevedad.

Un suceso trágico en relación con la criatura que tienen a su cuidado y solo duerme y a la que se preocupan en no despertar, cambia de plano toda la situación para dar paso a una angustiante alternativa de sucesos, donde la tensión se incrementa minuto a minuto, con personajes que entran y salen desconociendo lo que sucede, a diferencia de la pareja, que oculta y calla en una procesión interna imposible de soportar.

“Melbourne”  está estructurada como una comedia de enredos pero al revés, la primera mentira lleva a una situación que obliga a una segunda mentira que lleva a una situación que obliga a una tercera, pero donde la risa desaparece y en cambio crece la desesperación cuando queda claro que cada vez las salidas son menos y la angosta línea de la liberación se hace cada vez más chica.

Filme de tensión hitchcockiana, de respiración alterada, narrada magistralmente, con absoluta soltura e hilvanada a partir de situaciones y acciones absolutamente cotidianas y ordinarias, con notables actuaciones (protagónico de Peyman  Moaadi, el actor de “La separación”), “Melbourne” es narrativamente intachable.

Si las películas de competencia internacional resultaron consistentes, fue también magistral la apertura con el “Pasolini” de Abel Ferrara, interpretado por gran Willem Dafoe y que cuenta los últimos días en la vida del autor de “Teorema”, los que van entre el estreno italiano de “Saló o los 120 de Sodoma” y los planes para un nuevo filme, hasta su asesinato, aun no esclarecido y debido a causas políticas o sexuales, o ambas, ya que, como dice Pasolini en la película, “todo es político”.

Ferrara toma al gran intelectual y cineasta italiano, desde que vuelve de un viaje  a Estocolmo por la presentación de un libro de poesías hasta su asesinato, en un rush de una noche final que lo tiene todo y que engarza con calidad de orfebre.

“Pasolini” es una suerte de “Last Days” (de Gus van Sant sobre los últimos días de Kurt Cobian) pero maldita, violenta y, también, mucho más política, en la convulsionada Italia de 1975 a la que el realizador de “Accatone” no deja de poner en jaque, motivo por el cual es agredido y amenazado.

Un Dafoe como en sus mejores papeles, componiendo a un hombre en toda su dimensión y también una excelsa Adriana Asti como la madre de Pier Paolo, le dan gran consistencia al filme en el que Ferrara se toma la licencia de plasmar en cine el último esbozo cinematográfico de Pasolini sobre una suerte de santón napolitano que va detrás del Mesías junto a un ayudante torpe y terrenal, en una película que excede y manifiesta el tributo.