Tras 10 años de ausencia, siempre es menester recordar a Pappo

Por REGINA LARRIGA LACAZE

Siempre que el tema de conversación sea Norberto Pappo Napolitano, mi novio pronuncia lo mismo: “Tiene razón mi viejo: Pappo es un capo. Puso la palabra ‘menester’ en una canción. ¿Quién escribe un rock con la palabra “menester?”. Y la verdad es que sólo Pappo.

“Es menester que sea rock”, dice la canción de Riff, una de las tantas y gloriosas bandas que tuvo la suerte de contar con la presencia de aquel hombre. Y así era Pappo: la necesidad de ser rock, de exponerlo, de hacerlo visible, palpable. “Yo le puse rock and roll a todo. Yo creo en el más allá y en el más allá está el ‘Dios del rock pesado’. Y el emisario de él para toda América Latina soy yo: Pappo, el mesías del rock”, aseguró en una entrevista en mayo de 1982, para la revista Pelo.

De apariencia tosca y viril, no dudaba en decir lo que pensaba, como lo pensaba: conciso, con lenguaje coloquial y cargado de cultura social y musical. Durante su carrera no vaciló en exponer su influencia y simpatía por la movida rockera de Inglaterra y Estados Unidos, países que visitó y donde se nutrió de puro blues y rock.

Y cuando volvía, revolucionaba con lo distinto: “Yo siempre dije que tendría que haber nacido en Estados Unidos, porque la clase de música que yo hacía en el ’69 con Pappo’s Blues era para otro país. Adaptarlo fue un sacrificio bastante denso, porque era música que no existía en la Argentina. Si me hubiera gustado otro tipo de música, como el tango, el jazz o el folklore, que era lo que se escuchaba acá, mi carrera hubiera surgido más rápido. Eso pensaba al principio, pero después de que salió el disco me di cuenta de que yo había revolucionado el mercado con Pappo’s Blues I”. (Revista “Gente”, suplemento “Rock & Roll”, 9 de septiembre de 1993).

Hace diez años, la noche del 24 de febrero de 2005, cerca de Luján, Pappo falleció en un accidente con su moto. Dos años antes de aquel hecho, le realizaron una entrevista para la revista “Quien te vio”, en donde le preguntaron si había estado cerca de la muerte. Respondió: “Cuando venía para acá estaba pensando en eso. Hace poco se murió un amigo en La Plata porque lo pisó una bicicleta… ¡una bicicleta! Se dio un mal golpe y se murió. Así que es muy relativo el tema de la muerte. El otro día me caí de la moto en el Autódromo, a 160 km por hora, y no me hice nada. El rock y la velocidad son cosas peligrosas, pero ya lo tengo asumido y soy consciente de eso”.

Fierrero de pies a cabeza, vivía el presente y su objetivo en el mundo fue la música: hacerla, transmitirla, tocarla. La música como medio para darse a entender a los otros y a él mismo, para moverse en el mundo. La música como estabilizadora entre su ser y la realidad. “(…) la música es mucho más importante que lo que mi cuerpo y mi mente quieren. Porque a la música la manejo con mi espíritu y no con mi mente. Mi espíritu es más fuerte que mi mente. La prueba está en que yo puedo dominar a mi mente: si mi espíritu no quiere fumar, no fuma (…)”(Revista “Rolling Stone”,  junio de 2000)

Pappo, un hombre suburbano, desprolijo, sin conflictos con su ser. Un guitarrista que pensaba que, como muchos, la vieja es lo más grande que hay. Una persona que te invitaba a ir juntos a la par por la 66, buscando un amor. Un músico con una casa con diez pinos donde comía sándwiches de miga. Un tipo que sólo quería hacer el amor, sabiendo que su tren se iba a las 16. Un artista que un viejo blues le hizo recordar momentos de su vida para sentirse mejor, y que estaba seguro que el rock and roll y fiebre, van de la mano los dos. Un mortal que era menester que sea rock.