Las historias y las fotos familiares que perduran de los jóvenes fusilados hace 50 años en Trelew

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Por Paula De Lillo/Telam.

En las casas de los jóvenes fusilados en la Masacre de Trelew todavía perduran sus fotos, recuerdos e historias familiares, a 50 años de aquel crimen colectivo que fue cometido por efectivos de la Armada en la base Almirante Zar.
Tras la fuga que se produjo el 15 de agosto de 1972, durante la dictadura encabezada por Alejandro Lanusse, 19 de los detenidos quedaron varados en el aeropuerto y creyeron en la promesa de que, al entregarse, se garantizaría su seguridad. Pero terminaron nuevamente prisioneros en la base naval Almirante Zar, donde una noche fueron torturados y fusilados.
Solo tres sobrevivieron la masacre y se encargaron de contar el horror que presenciaron el 22 de agosto de 1972 para mantener viva la historia que cumple 50 años.
Los sobrevivientes -la licenciada en Sociología María Antonia Berger (30), el estudiante de Medicina Alberto Miguel Camps (24) y el estudiante de Ingeniería Química Ricardo René Haidar (28)- fueron desaparecidos y asesinados tiempo más tarde, por lo que la posta de ejercitar el recuerdo pasó a sus familiares.
«Nosotros elegimos rescatarlo como un héroe por todo lo que significó su lucha. Más allá de las lagrimas podemos recordarlo con orgullo», contaron a Télam los dos hijos más chicos de Ricardo Jaidar, Marco y José.
Ricardo vivió en San Guillermo hasta que se fue a estudiar Ingeniería Química en Santa Fe, donde empezó a militar en Montoneros. Tuvo cuatro hijos que hoy pueden decir quién fue su padre por los pocos recuerdos que tienen y los muchos relatos que les fueron contando y que fueron «nutriendo esa figura ausente».
«Ricardo, o el ‘Turco’, como le decían, era un amante de fútbol, gran deportista. Yo me acuerdo que alguna vez le pregunté y suponemos que era hincha de Colón, sabalero. En su pueblo nos decían que era muy lindo y que tenía siempre alguna enamorada. Dicen las buenas lenguas que era un galán», contaron ambos hermanos entre risas.
Ricardo, al igual que el resto de los sobrevivientes, fue dejado en libertad y desaparecido tiempo más tarde. El 19 de diciembre de 1982 fue secuestrado, llevado a la ESMA y nunca se supo qué pasó con su cuerpo.
Otro de los jóvenes que en la noche del 22 de agosto de 1972 fue brutalmente fusilado se llamaba Eduardo Adolfo Capello y tenía 24 años.
Eduardo estudiaba Ciencias Económicas y trabajaba en el Banco Italiano. Iba a la universidad cuando comenzó con la militancia, y quienes lo conocieron siempre destacaron su habilidad por encontrar alternativas ante los conflictos.
Su sobrino, Eduardo Capello, no llegó a conocerlo porque nació un par de años más tarde, en 1975, pero sus abuelos le contaron varias historias que demuestran que era «muy gracioso y sociable, fácil de llevar y que siempre estaba de buen humor», incluso desde una edad muy temprana.
Eduardo era muy cercano a sus padres, que viajaban cada 15 días en el Citroën 3cv para visitarlo en Trelew, donde se quedaban cuatro o cinco días por la distancia a la que quedaba la cárcel de máxima seguridad.
Era especialmente unido a su mamá, Soledad, a quien le escribía cartas semanalmente contando su experiencia en la prisión y hablando de «estar en el lugar donde tenía que estar».
«Mi abuela siempre cuenta algunas historias divertidas de él. Una vez, cuando tenía dos años, ella estaba tejiendo y le pidió que apague la radio que estaba prendida en la pieza. Le preguntó si él sabía cómo hacerlo, él le dijo que sí, pero pasaban los minutos y la radio seguía prendida. La abuela se paró y lo encontró en la puerta con una manito atrás y otra adelante diciéndole a la radio ‘Shhhh, cállese la boca le digo, cállese la boca le digo’, que era lo que le decía mi abuelo cuando dormía la siesta y quería callarlo. Pensaba que también se hacía así», rememoró su sobrino enternecido por la anécdota.
Mariano Ravier, primo de Miguel Polti, cuenta que a «Frichu» -como le decían de toda la vida- estudiaba para ser ingeniero químico cuando fue detenido en Rawson.
Su hermano, José Polti, también fue asesinado en Córdoba.
«Era una casa con apertura política y ellos eran pibes de 21 años. Mis tíos me han contado que «El Pepe» (José Polti) era muy extrovertido y en la familia le decían ‘oveja negra’ por el quilombo. Pero Miguel era tímido, retrotraído, muy inteligente y con un profundo compromiso social», relató Mariano.
Además recordó que «eran buenos pibes, gente muy humana y comprometida» y que les gustaba mucho el cine.
«Tenían cámaras de 8 milímetros con las que grababan y desde muy chicos hacían cortos», reseñó.
Entre las grabaciones que la familia pudo recuperar encontraron varias imágenes de los chicos con apenas 16 o 17 años haciendo como que tocan la guitarra y fumando cigarrillos en la pieza.
«Eran chicos jugando con las cámaras. Tenían cierta vocación hacia el cine porque compraron esos elementos, pero estaban mostrando la vida cotidiana. Cuando encontramos el material, nos sentamos a verlo con mi tía que me dijo que no sabían tocar nada en la guitarra. Por eso sé que lo de ellos no es la música, sino el cine», relató.

Por otro lado, María Sabelli, sobrina de María Angélica Sabelli, describe a su tía como una persona muy alegre a la que le gustaba compartir «no solo las ideas, también todo lo que tenían». Aunque no la conoció, su tía abuela Chela la ayudó a reconstruir su historia.
«Le gustaban mucho las matemáticas, se fue a estudiar a la UBA Ciencias Exactas y era bastante buena alumna, pero tuvo que dejar cuando paso a la clandestinidad», contó María.
Años antes, cuando iba al Colegio Nacional Buenos Aires, comenzó a hablar de política alrededor de la mesa del comedor junto a amigos y compañeros que iban a merendar a su casa.
«Se desarrolló gracias a que mis abuelos acogían a todos esos chicos y con cariño les ofrecían cosas para que se sintieran libres de charlar lo que quisieran, compartir ideas más allá de los estudios. Empezaron una revista independiente y propinaban ideas para cambiar la realidad. Ella solo tenía 14 años, pero era una época de mucha discusión y debate», recordó María.
Y agregó que con el tiempo, Angélica debió dejar de hablar con su familia de ciertas cosas porque «era complicado» y también corrían riesgo de ser perseguidos.
«No se qué música escuchaba, pero había una canción mexicana que ella cantaba siempre que decía ‘Cuando una paloma viene a tu ventana, abrí la ventana que soy yo que te vengo a hablar’. Me quedó este recuerdo de ella que me pasó mi tía abuela Chela. Esta fecha es muy emotiva», recordó muy conmovida al citar la canción popular «La Paloma».

Entre los jóvenes fusilados también se encontraba Humberto Toschi, que tenía 26 años en aquel entonces y que antes de ser detenido trabajaba como obrero en Córdoba.
Al recordar a su esposo, Ilda Bonardi remarca que era una persona de muchos amigos y muy sociable, con grandes convicciones e ideales.
Humberto provenía de una clase alta, le gustaba jugar carreras de auto, pescar y estudiaba Arquitectura.
Ilda dice que «hacía las cosas que hacen todos los jóvenes a esa edad».
«Todos, todas y cada uno de ellos tenían la vida común de esa edad: jugaban al fútbol, al rugby, estudiaban, cazaban, otros tenían una inclinación artística y a todo ellos la militancia los encontró en las ciudades. La mayoría eran estudiantes, pero no solo compartían una sensibilidad social, sino que tenían una militancia política que me parece importante reivindicar», remarcó Ilda.

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