Hacer como que…

Por RODY RODRÍGUEZ.

El flagelo del narcotráfico crece como crece la hipocresía para tratar el tema.

Obviando, -por detestable- la visión de Gabriela Michetti, que marca diferencias entre «los pobres» y «la gente normal», aclarando, como para oscurecer más su pensamiento, que «los jóvenes pobres se drogan y los jóvenes ricos tienen excesos», es grave, en general, la actitud del Estado frente a un drama que acosa a toda la sociedad.

Y es cuando ocurren episodios como la trágica muerte de cinco pibes, por la consumición de drogas sintéticas, donde se exponen los mayores niveles de hipocresía.

La ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich recurrió a una receta vieja y peligrosa, como es la de deslindar responsabilidades, culpando a las víctimas, ya sean los mismos pibes como sus padres, a los que le reclamó «mayor estrictez».

El método es conocido, si hay cada vez más chicos que se drogan o se alcoholizan, la culpa es de los chicos o de sus padres que consienten o no controlan.

Nada se habla de la trama entre empresarios, funcionarios tanto del poder político como judicial y de las fuerzas policiales, para que el «negocio de la noche» quede impune.

La culpa de la muerte de los chicos que cometieron excesos en la Time Warp como los que se drogan en las villas, para seguir con la línea discursiva de la vicepresidenta, nunca puede ser de los pibes ni de su familia.

Hubo quienes culparon al Estado, pero no por su inacción, lo que sería lógico, si no por facilitar herramientas: «La Asignación Universal por hijo se va por la canaleta de la droga» fue la frase para los tiempos de Ernesto Sanz, uno de los factótum de Cambiemos.

Una mirada distinta plantea un trabajo difundido recientemente por el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, que detalla que «la expansión de la venta de drogas en los barrios más vulnerables, particularmente en villas de emergencia y asentamientos está asociada tanto al déficit en la presencia estatal, que se manifiesta en las dificultades para el acceso a derechos vinculados al hábitat urbano (vivienda, servicios, infraestructura básica, protección, etc.), como así también en las pocas posibilidades que presenta el mercado de trabajo a sus poblaciones».

Dentro de ese estudio de la UCA, hay una nota de investigación de Silvia Balzano y Noemí Elena Hourquebie, titulada «nadie nace drogadicto», en la que explican que hay «una serie de factores coadyuvantes, rara vez imputables exclusivamente al sujeto, (lo que) facilita la introducción en el ámbito del consumo».

Pero obviamente es más fácil estigmatizar a las víctimas, a los más débiles y hacer como que se combate al narcotráfico amenazando con derribar aviones, cuando el drama está en la tierra, en los barrios, con pibes de hasta 10 o 12 años distribuyendo distinto tipo de drogas, explotados por narcos que nunca necesitaron ni de aviones ni helicópteros para hacer su negocio.

Mientras esto pasa se pueden leer reflexiones como esta: «Todo tiene que ser considerando droga más allá que sus ingredientes no sean drogas». Parece la frase de una persona narcotizada, pero es la opinión que la ministra Bullrich escribió en su twitter.

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