Llega finalmente Relatos Salvajes a los cines

BUENOS AIRES- Pocas veces en los últimos tiempos el cine nacional propuso un filme tan sólido como el de Damián Szifrón, que se estrena este jueves tras su paso por la sección oficial de Cannes, donde fue comparado con «MASH», por el cronista del diario francés Le Figaró. 

Como toda buena película que merece el encuadre de arte-industria, «Relatos…» es un enhebrado de géneros y reunión de homenajes cinematográficos de alguien que, además de ser cinéfilo, tiene una capacidad de observación que no aparecía desde que el recordado Fabián Bielinsky sorprendió con sus dos únicos largometrajes, «Nueve reinas» y «El aura».

La relación que el filme de Szifrón -conocido por sus anteriores «El fondo del mar» y «Tiempo de valientes», pero en especial por las exitosas series televisivas «Hermanos y detectives» y «Los simuladores»-, con aquel filme de Robert Altman es acertada más allá de que la reputada comedia no era como esta, episódica.

Aquella sátira corrosiva sirvió de espejo a las propias miserias humanas de un grupo de hombres, tres médicos militares estadounidenses durante la Guerra de Corea mientras que «Relatos salvajes» es una recreación de personajes que viven sus propias batallas, en otra guerra, de gente común y corriente.

Algunos de los ejes del filme de Szifrón son la moral, la ética y cómo la reacción es posible frente a la presión del deseo de revancha, justo o no, la presión insistente, incluso a circunstancias de la vida cotidiana que finalmente estallan, las debilidades, las mentiras.

Es un film con casting perfecto, un ritmo de relojería suiza, observaciones agudas de alguien que conoce la calle, que usa los encuadres para generar un efecto fríamente calculado, que es divertida, dura y trágica a la vez, y que es entendible por cualquiera Si bien los temas de cada uno de los episodios son independientes, cinco sobre seis están relacionados con la revancha, y el sexto, que aborda la moral y la corrupción de uno y otro lado del mostrador, tienen un denominador común que los une:  la violencia  física como respuesta final.

Lo que ocurre es que, con excepción de tres de los episodios, el primero, a bordo de un avión de pasajeros, el tercero, con dos conductores bien distintos en medio de una ruta, y el quinto a puertas cerradas en una casa de diseño, el resto son sana y despiadadamente inmorales, es decir, pueden molestar a muchos.

Inmorales porque las reacciones son inapropiadas para cualquier mirada hipócrita, la de quienes usan el “esas no son las formas” como argumento para interrumpir un interlocutor vehemente, como sustituto de algún argumento válido para seguir sosteniendo su postura, una forma que se institucionalizó desde la política.

Quien reacciona violentamente, como lo puede hacer alguien que descubre que su tarjeta le cobra interés de usura, que el servicio de cable se abusa, o que después de las típicas y reiteradas injusticias cotidianas. es etiquetado como «crispado», mientras que el que la banca, de «equilibrado».

Pero, quién puede entender, aplicando el sentido común, que el que no reacciona durante mucho tiempo a las presiones termina aceptando esa idea de ser sodomizado, poniendo en peligro a sus contemporáneos, hijos y nietos, sentando con su precedente que hay que ser «equilibrado o civilizado», incluso frente a barbaridades.

De estas cosas habla «Relatos salvajes», con un lenguaje claro y personajes reconocibles, y si bien en casi todos los episodios hay un remate fuera de lo común bien de ficción, la sensación que queda es que todos se parecen a algo conocido y se relacionan con una experiencia personal de impotencia.

Y la impotencia más que equilibrio genera presión, y la excesiva presión, una reacción igual y contraria a la que ejercieron sobre el personaje que, desde ese click, se convierte en víctima y así; ¿quién puede negar que las reacciones de los personajes de Zylberberg y Cortese, Sbaraglia en menor medida porque se mete de alguna forma en el lío, los de Darín y Rivas, son consecuencias?

En este sentido, el filme de Szifrón es una catarsis para el espectador que un sinfín de veces se siente estafado sin derecho al pataleo, que de tanto recibir el sopapo se acostumbra, pero no por eso deja de pensar «que lindo sería que…», y en la pantalla ese «sería» se concreta y no genera culpa alguna.

A fin de cuentas, de eso habla “Relatos salvajes”, un filme con casting perfecto, un ritmo de relojería suiza, observaciones agudas de alguien que conoce la calle, que usa los encuadres para generar un efecto fríamente calculado, que es divertida, dura y trágica a la vez, y que es entendible por cualquiera.

La cámara se mueve funcional a la historia: puede seguir a ras de suelo a una mujer que corre por un aeropuerto o a otra vestida de novia por los pasillos de servicio de un hotel, la mirada de dos mujeres que están por convertirse en cómplices o encuadrar hasta el rostro de un hombre que está a punto de un acto inmoral.

El director pone al espectador en el ringside para ser testigo de un hecho terrible que hace vibrar los cristales, y lo convierte en cómplice del protagonista que, si bien fuera de ley, despierta solidaridad, incluso de aquellos que en la trama lo maltrataban: Szifrón lo convierte en un héroe, que cumple el sueño de muchos.

Más que un relato sobre personajes argentinos, «Relatos salvajes» es un tratado acerca de la condición humana con respecto a cómo se desea actuar, por ejemplo, frente a una injusticia, cuando esta se convierte en parte de lo normal, desatando impotencia y rabia, en medio de la cotidiana lucha por sobrevivir, nada menos.

La música de Gustavo Santaolalla y Aníbal Kerpel mezcla western spaghetti (algunas notas recuerdan al tema central de «Tiempos violentos», de Quentin Tarantino), con aires latinoamericanos, son ecos de estas historias de «monstruos», de los que caminan en dos piernas, iguales a nosotros, porque somos nosotros.