Los espías americanos muy lejos de la «tradición» dorada

La plataforma WikiLeaks, dedicada a filtrar documentación reservada con protección de sus fuentes, anunció la publicación de más de 250 mil cables diplomáticos cruzados entre el gobierno de Estados Unidos y sus representaciones en el exterior entre el 28 de diciembre de 1966 y el 28 de febrero de 2010. Que la emoción no nos permita exagerar ni dar hurras de victoria, pero el hecho equivale a un Perl Harbor en el que las bombas ya no son bombas sino algo mucho peor: toneladas de mierda que se desploman sobre un paño blanco atado con alambre.

Julian Assange, lenguaraz de WikiLeaks empezó a revelarnos el interior de esa cordillera hecha con la literatura mala de CONTROL al clasificar sus contenidos en dos o tres ítems muy bien trabajados por el país en el que nació, creció y triunfó Rocky Balboa: el espionaje a mansalva, la vista gorda a actos sistemáticos de corrupción y el aporte desinteresado de este y aquel granito de arena al desierto global en el que florece la violación a los Derechos Humanos. El textito tiene 261.276.536 palabras, y la experiencia de leerlo en su totalidad nos llevaría setenta años sin sacarle los ojos de encima. Que lo haga alguien con disciplina. Nosotros vamos a resumir.

Abordemos primero el concepto de «inteligencia americana», epítome de la razón de Estado aplicada a vigilar, detectar, revelar, considerar, interpretar y clasificar hechos protagonizados por sospechosos de Africa o América Latina o celebridades encumbradas del mundo blanco mediante reglas tales como la extrapolación, el error de cálculo y el delirio. La tarea de los cráneos se llama, por lo general: Errar el Vizcachazo. Como cuando los espías apersonados en el Vaticano despacharon cables «inteligentes» con la lista de los veinte cardenales «papables» de 2005, entre los que no figuró ni a los premios el ex meritorio de las juventudes hitlerianas, Joseph «Chucrut» Ratzinger.

A nosotros hay una parte de esa Inteligencia que comienza a tocarnos. Se ve que al Departamento de Estado le daba jaqueca lo que sus espías llamaban la First Cuplé argentina. Entonces solicitaron un perfil de CFK referido como Mental state and health. Querían saber, para chiflarle a la Secretaria Hillary Clinton, cómo la presidenta argentina controlaba sus nervios, su ansiedad, su stress, su angustia y, por extensión, cómo andaba su marido de su bien conocido temperamento, es decir de su «furia». El cuestionario, un test a todas luces prefreudiano, es un recurso ordinario de la diplomacia norteamericana –la diplomacia: una chismografía paracien-tífica- para conocer a sus, digamos, pacientes extranjeros.

Las anécdotas elevadas por interpósitos zapatófonos al comando central por los agentes anónimos a los que habría que infiltrarles al menos unas páginas de Graham Greene para que dejen de robarles la plata a los farmers de Mississippi, son de una frivolidad tan sorprendente que serían despreciadas por las academias que diploman detectives por correspondencia. Al margen, se me ha despertado el deseo de ser diplomático norteamericano porque veo que para serlo no necesito nada.

No hay ningún «elemento», en la parte argentina del affaire, que nos haga pensar que el «trabajo» de los espías (olvidemos que son diplomáticos: son agentes especiales) justifique la tradición dorada de entrenamientos rigurosos bajo el agua, la sagacidad de la que suelen mofarse en los cócteles y el halo que les ha puesto Hollywood como una corona invisible para que los veamos fugarse en sus helicópteros acróbatas y sus Jaguars rastreros y, en momentos críticos, admiremos sus dedos milagrosos que en el último instante de un countdown cortan o pegan dos cables entre miles como quien encuentra una aguja en un pajar sólo porque tiene confianza. La escuela que los forma –en realidad no sólo a los espías norteamericanos: a casi todos- no es la de Jason Bourne o James Bond sino la del Inspector Clouseau, Ciro James o El Chapulín Colorado.

En uno de los últimos documentos argentinos desclasificados y elevados por Julian Assange a la órbita de la que acaban de caer sin dejar de girar para siempre, un diplomático de estos a los que llamamos espías no esconde su indignación con el gobierno argentino. ¿Indignación? ¿Desde cuándo la diplomacia se indigna? Describe a Cristina y Néstor Kirchner como «altamente especulativos» y denuncia que ninguno ha cambiado mucho en los últimos dos años: «Siempre han sido ácidos, tan impermeables al consejo ajeno e incluso tan paranoicos con respecto al poder». Paranoicos. Lo dice Estados Unidos. No sé qué quieren que les diga.