Un día como hoy nació Juan Martín Látigo Coggi

El 19 de diciembre de 1961 nació en una pequeña ciudad de la provincia de Santa Fe el boxeador Juan Martín Coggi. A lo largo de su carrera profesional realizó 82 peleas, de las que ganó 75 (44 por nocaut), perdió 5 y empató 2. Fue campeón del mundo de la categoría welter jr. de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) entre 1987-90, 1993-94 y 1996. Sus comienzos, en fragmentos de “Látigo” Coggi, de ciruja a boxeador, nota de Carlos Irusta en la revista El Gráfico, nº3406 del 15 de enero de 1985.

“Yo nací en Fighiera, en la provincia de Santa Fe, el 19 de diciembre de 1961, así que tengo 23 años recién cumplidos. En total, somos siete hermanos, pero algunos de diferentes padres. Es que mi mamá -Dorea Correa, hoy tiene 48 años- estaba separada cuando se casó con mi viejo y tenía tres hijos. Y mi papá -Domingo, 61 años- era viudo cuando conoció a mi mamá y tenía un hijo. Del nuevo matrimonio nacimos Paulina, Luis y yo. Un día llegó una carta de Brandsen diciendo que mi abuelita materna estaba muy, muy enferma. ‘No pasa de este año’, dijo alguien, creo que mi viejo. Entonces, una noche, en un camión de hacienda, que manejaba don Lobraño, salimos para Brandsen. Salimos todos. Llegamos al día siguiente. Me acuerdo que solito -yo andaba por los 15 años- empecé a caminar buscando a mis parientes. Al primero que encontré fue a un primo, Luis Antonio López. Desde ese momento se convirtió en el gran amigo de mi vida, mi mejor amigo, el padrino de mi único hijo. Él me enseñó a andar a caballo, a cazar, a tirar el cuchillo, a tirar el hacha, me enseñó todo…
(…)
-¿Y el ciruja?
-Y… apareció pronto. Cuando mi papá tenía 14 años un caballo le pateó la cabeza. Tiene todo un parietal de platino. El golpe le afectó la vista y entonces prácticamente no pudo trabajar más. Lo único que hacía era arreglar catangas (autos viejos), todo eso. De pibe él corría con cafeteras y todavía tiene un Chevrolet del ’28 que anda una barbaridad. ¿Te cuento lo que hacía? En Brandsen los arreglaba casi al tacto de tanto que los conoce. Claro, había que ayudar porque con eso solo no se podía vivir… (…) Cirujeando aprendí que hay que rellenar los tachos y las pavas con piedritas para que pesen más, y que si andás cerca de las vías podés encontrar fierros que largan los trenes, que son los que mejor se cotizan. Un día me independicé. Entonces iba y los vendía en los corralones. No fue mi único trabajo. También vendía zapallitos que cultivaba mi viejo en el fondo. Y también trabajé en la Panificadora Brandsen, donde además de un sueldito me llevaba todo el pan para mi casa… ¡Ah! Y fui boyero, en un tambo, con mi hermano Roque. Él ordeñaba y yo ‘apoyaba’, o sea: primero le traía el ternero a la vaca y cuando ella aflojaba la leche, yo retiraba el ternero y mi hermano le sacaba la leche. Guarda, que por aquel entonces también era boxeador, ¿eh?
-¿Boxeador?
-Bueno, bah… Es un decir, era algo parecido. ¿Sabés qué pasa? Yo era muy, muy revoltoso y muy bravo. Creo que si aprobé 7º grado fue porque la maestra me quería sacar de encima. Un día me pusieron un par de guantes y me enfrentaron con un pibe. Lo puse nocaut de un solo piñazo y me convertí en el gallito de la barra. Todos los sábados íbamos por ahí buscando quien se animara. Generalmente jugábamos plata, o un asado o lo que fuera. Hice como ochenta peleas. Gané siempre (bah, o casi siempre). Se ponían cuatro piolines sobre un piso de tierra, nos daban los guantes… ¡Y a ver quién podía más! Un día un amigo me dijo: ‘Cuando subas al ring mirale las rodillas a tu rival. Si le tiemblan, es de miedo’. Subí, lo miré y ni se movía- ¿Querés creer? ¡Cuando me miré, era yo el que estaba temblando!
-Y entonces, un día…
-Sí, claro, un día un tío mío, ‘Coco’ Rodríguez, me propuso aprender de verdad, de boxear seriamente y yo dije que sí. Me presentó a Juan Carlos Sosa -ex campeón argentino y sudamericano pesado liviano- y me preguntó a qué maestro quería: ‘Al mejor’, le dije yo. Y entonces Sosa fue a la Federación, me hizo sacar la licencia y me anotó para Santos Zacarías, que nunca me había visto la cara todavía…

Zacarías tiene 60 años y alguna vez se encontró con un chiquilín al que llevaría cuidadosamente de la mano hasta hacerlo campeón mundial: Sergio Víctor Palma. Hoy, una de sus grandes ilusiones se llama Juan Martín Coggi. ‘Apenas lo vi, me di cuenta de que era fuerte, pícaro, veloz. Me gustó mucho. Este pibe tiene un futuro enorme, macho’, dice Zacarías.
La vida no fue fácil para aquel pibe. Brandsen está a 70 kilómetros de la Capital. Dos horas de viaje de ida y dos de vuelta. Iba de cualquier manera con tal de ahorrar plata: a dedo, en el techo de los trenes, como fuera… Un día lo levantó un comisionista, Victorio Jaime, y le preguntó para qué iba a la ciudad: ‘Yo soy boxeador y estudio para campeón del mundo’, fue la respuesta. Desde ese día, Coggi tuvo el viaje asegurado: Jaime comenzó a llevarlo todas las mañanas…
-De aficionado hice 37 peleas. Perdí 2, una con Freddie Sánchez y otra en Lake City, Louisiana (Estados Unidos de América), con un tipo que ni recuerdo. Empaté 3, gané 32 y fui campeón argentino en 1980. Paulatinamente dejó de cirujear, me di cuenta de que en el boxeo estaba la veta…
(…)
-Ya tengo 21 peleas como profesional. No perdí ninguna. Gané 11 antes del límite. Ahora que quedó vacante el título welter júnior, tengo que pelear primero con Arce Rossi y, si le gano, con ‘Pajarito’ Hernández a ver quién se queda con el título que tenía Uby Sacco. Arce es buen boxeador, pero se le puede pegar. Con ‘Pajarito’ es fácil: los dos somos zurdos, los dos somos pegadores, los dos somos invictos. Uno de los dos se quedará en el piso en cuanto se descuide. Y no pienso descuidarme…
Mide 1,75 m, no sabe quién lo bautizó ‘Látigo’ pero sabe por qué: por su rapidez, sequedad y puntería para meter las manos.
Allá va, está corriendo, los puños apretados, los dientes encajados entre sí, el ceño fiero, decidido, determinado, hambriento de gloria, de fama, de plata.
Allá va. ¿No lo reconoce? Era un ciruja, es un boxeador.”

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