Muestra de Larrañaga en el Museo Nacional de Bellas Artes

 

BUENOS AIRES-  Una retrospectiva de Enrique de Larrañaga (1900-1956), indudable referente del arte argentino de la primera mitad del siglo XX, se exhibe en el Museo Nacional Bellas Artes, en un intento por revisar la narrativa de nuestro país y recuperar a este multipremiado artista, saboteado por la oleada antiperonista de la década del cincuenta.

En el Pabellón de exposiciones temporarias (avenida Del Libertador 1473), hasta el 7 de febrero se despliega una selección de la vasta obra de Larrañaga, un artista marcado por una impronta que conjuga la movida bohemia, con el criollismo, lo folclórico de las raíces argentinas, el carnaval y el escenario popular.

La exposición es así un reencuentro urgente del público argentino con este pintor clave del arte local, cuya suerte quedó echada luego de que la Revolución Libertadora lo vinculará con el peronismo.

Antes de la llegada de Perón -incluso en los 30 su afinidad política iba de la mano del radicalismo-, su prestigio ya había dado la nota desde la década del 20 en el arte local y el público era testigo: fue distinguido con todos los premios posibles, desde nacionales y provinciales hasta internacionales, como la Medalla Oro de la Exposición de París en 1937, por un retrato de su mujer.

«Recuperar la obra de Larrañaga en el Bellas Artes es hacer una revisión del arte argentino, pensar cómo se elaboran los cánones estéticos porque hablamos del artista más premiado en la primera mitad del siglo XX y bastante olvidado. A través de Larrañaga se puede ver la evolución del gusto artístico del salón oficial», afirmó el curador Roberto Amigo, que ofrece un zoom sobre su trabajo.

Inmigrante, hijo de vascos, Larrañaga nació en 1900 en un pueblo de la provincia de Buenos Aires; estudió en el Bellas Artes dirigido por Pío Collivadino – también tuvo su muestra en esta línea de recuperación de la narrativa artística que se propuso el Museo Nacional- y en sus principios estuvo influenciado por la estética de Cesáreo Bernaldo de Quirós y Fernando Fader.

En una suerte de orden cronológico, la muestra arranca tras su primeros pasos: desde la etapa iniciática de paisajes nacionales cargados de algarrobos, vacas, caballos y atardeceres serranos hasta el viraje más costumbrista que tiene raíces en su viaje a Europa a fines de 1924, específicamente en España, donde conoció al artista español José Gutiérrez Solana.

Así, las vistas de Madrid, la calle Atocha, el Rastro o los Pescadores de Vigo en lápiz y en colores sobresalen en la primera parte de esta impresionante retrospectiva, porque ahí se empiezan a perfilar esos característicos escenarios populares, sin abandonar su impronta regional, algo que lo diferenció del resto de sus colegas más cercanos al círculo artístico europeo.

Cuando vuelve a Buenos Aires en 1931, el artista comenzó su camino a la consagración: se coronó con una multiplicidad de premios, avalados por el público y la crítica.

Ya en Argentina, la Patria sigue presente en su obra, con pinturas rurales que tienen como epicentro una riña de gallos, un grupo de arrieros o el retrato de un chango norteño. «Aquí hay una mirada melancólica sobre la tierra, vinculada a la idea de libertad», sintetizó el curador.

También aparece la temática del circo y las máscaras. Su pintura más llamativa desde su regreso al país es «El mudo»: un payador con una máscara, sentado con su guitarra sin cuerdas, que no toca ni canta. En esta sección de la muestra brota lo marginal y la parodia, lo popular y lo macabro, la faceta más conocida de Larrañaga: clowns, payasos, atletas, bailarines.

Más vinculado a lo bohemio que al arte de consumo y con una fuerte crítica -sus payasos tristes dan cuenta de eso-, Larrañaga fue reconocido por sus impactantes retratos, como el de Benito Quinquela Martín, escoltado por el paisaje portuario del Riachuelo, «Los siete titiriteros» o los que tienen a su mujer como protagonista.

La década del 40, con sus carnavales, lo hizo conocido entre el público local. Capítulo aparte merecen las obras de las fiestas populares, callejeras, donde las jerarquías desaparecen, el pueblo es uno y está de fiesta. Se asoman en esas pinturas la risa, el alcohol la celebración en comparsas, murgas, disfraces.

En esta línea, la muestra finaliza con la época en la que Larrañaga se acerca al primer peronismo viniendo del radicalismo. Su puesto de director en la Escuela Nacional de Bellas Artes «Prilidiano Pueyrredón» y su vinculación con los campamentos estudiantiles para jóvenes artistas en una Mar del Plata obrera, como lugar de vacaciones populares, fueron su condena al olvido.

Peor aún, la llamada Revolución Libertadora quemó y escondió su obra. Un famoso retrato del General Perón desapareció, sólo queda de él un registro fotográfico, también se cree que Evita fue pintada por Larrañaga pero ese cuadro nunca se encontró. Igual otras tantas obras se perdieron entre cenizas.

Recién en 1993 Larrañaga volvió a ser parte del Museo Nacional Bellas Artes luego de ser censurado en el 58, cuando sus cuadros fueron descolgados. Ahora en 2013 el encuentro con este artista resulta indispensable para recuperar su obra saboteada, en una revisión crítica del arte argentino.