Sara, esposa de José Castiñeiras, desaparecido en 1976: “Si la Justicia es lenta, la verdad se diluye”

HURLINGHAM- (Infojus Noticias. Franco Mizrahi) Sara Cúneo de Castiñeirases vecina de Hurlingham, era la esposa de José María de Castiñeiras, uno de los tres desaparecidos del 13° juicio de la megacausa Campo de Mayo. Cuando lo secuestraron en el ’76, José María era jefe de la bancada PJ del Concejo Deliberante de San Martín. Hoy, a 39 años de su desaparición, espera un “castigo ejemplar” para los responsables.

“Es un juicio que esperé mucho tiempo. Pensé que no se iba a hacer nunca. Pasaron 39 años desde la desaparición de mi esposo, el 30 de abril del ’76”. La angustia se siente en la voz a Sara Cúneo de Castiñeiras, esposa de José María Castiñeiras, uno de los tres desaparecidos que tiene el 13° juicio de la megacausa Campo de Mayo, en el que se juzgan los crímenes ocurridos en la comisaría de Villa Ballester. “Si la justicia es lenta, la verdad se diluye. Cuando fui a declarar al juicio, me sentí muy aliviada. Sentí que puedo creer. Que se puede hacer justicia, que toda esa gente que hizo tanta maldad tendrá un castigo ejemplar. El daño que hicieron ha sido infinito”, dice Sara, desde su casa de Hurlingham, la misma que fue allanada en tres ocasiones durante el terrorismo de Estado, previo al secuestro de José María, entonces jefe de la bancada justicialista en el Concejo Deliberante de General San Martín.

José María Castiñeiras tenía 34 años cuando fue secuestrado. Lo “chuparon” de la casa de sus padres, ubicada en Rivadavia al 470, en la localidad bonaerense de San Martín, un mes y seis días después de iniciado el golpe de Estado. Eran las 8 de la mañana. Militaba en el peronismo ortodoxo, lideraba la bancada justicialista en el legislativo municipal, desde 1973, y era uno de los referentes de la organización Comando Evita, de las más importantes en el PJ de San Martín. También estudiaba Derecho en la Universidad de Buenos Aires (UBA).

El concejal sabía que las botas militares pisaban cerca de él. La casa de Hurlingham, en la que vivía con su esposa y sus dos hijos –José María (4) y Juan Manuel (3)–, había sido allanada en tres oportunidades. La primera vez no había nadie en la vivienda. Pero todo el barrio se enteró que lo buscaban. “Un camión del Ejército se estacionó en la zona y los militares preguntaban a los vecinos si conocían a José María”, rememora Sara.

Los represores lo buscaron con intensidad. Incluso, secuestraron a su padre, que se llamaba igual y que fue torturado y alojado en la comisaría 1ra. de San Martín. A José María padre lo liberaron a los pocos días. Su historia cambió para siempre: producto de los tormentos, “sufrió un ataque de presión y quedó hemipléjico, hasta que falleció. Mi marido iba a verlo hasta que lo secuestraron”, rememora Sara. Justamente, al concejal lo interceptaron un día que visitó a su padre, que falleció un año después.

El segundo operativo en Hurlingham se produjo a las pocas noches del primero. Tuvo un despliegue inmenso, con helicóptero incluido. “Estaba con mi hijo Juan Manuel cuando escuché unos golpes fortísimos. De golpe entraron los soldados. Habían rodeado la manzana de mi casa y el helicóptero la alumbraba. Yo estaba al borde de la locura”, revive Sara.

El último allanamiento ilegal fue en la víspera de su desaparición. “Esa noche –recuerda De Castiñeiras– mi marido me dijo que se iba más temprano. Se bañó y se vistió con un pulóver que le había regalado. Y con él, se lo llevaron”. A la madrugada, Sara volvió a escuchar en la puerta de su casa los golpes del terror: “Esa vez, entraron hombres de civil. Dieron vuelta la casa y el que comandaba el operativo nos apuntó a Juan Manuel y a mí e hizo que disparaba. Después se fueron. Me quedé dura. Cuando se hizo de día, agarré a mi hijo, me fui a una estación de servicio cercana y desde un teléfono público llamé a mi suegra. Cuando me atendió, estaba en shock. A los gritos, me dijo que se habían llevado a José María. Entonces, empezó nuestro peregrinaje”, comparte Sara.

José María fue trasladado a la comisaría 2da. de San Martín, conocida como la seccional de Villa Ballester. Su paso por allí fue confirmado en el juicio que comenzó el 18 de agosto pasado por los testimonios de Luis Sacomani, Beatriz Ramona Castro de Villareal y Amelia González, tres de las 14 víctimas que fueron recluidas de forma clandestina en esa dependencia policial en 1976. Sus casos también están siendo abordados en el debate oral y público que concluirá en los próximos días.

“Se pudo comprobar que José María fue trasladado dos veces a Campo de Mayo. La segunda, no regresó a la comisaría”, afirmó Leonel Curutchague, representante legal de Sara Castiñeiras en este juicio. Curutchague integra la Fundación Liga Argentina por los Derechos Humanos, liderada por el letrado Rodolfo Yanzón.

El pasaje a la guarnición militar no fue azaroso. La comisaría de Villa Ballester integró el circuito represivo vinculado a Campo de Mayo. Doce de los detenidos ilegales en la seccional fueron llevados a ese predio castrense. Castiñeiras fue una de las tres víctimas que nunca regresaron; las otras dos fueron Alicia Ana Moscatelli y Ernesto Sirri. Por estos hechos, están siendo juzgados Santiago Omar Riveros –jefe del Comando de Institutos Militares, con asiento en Campo de Mayo–; Rodolfo Feroglio –director de la Escuela de Caballería y jefe del Área 430 (el partido bonaerense de San Martín)–; y el comisario Carlos Daniel Caimi, a cargo de la comisaría, entre el 30 de mayo de 1975 y el 25 de noviembre de 1977.

“Quien era abogado de la familia (Castiñeiras) en aquel entonces, Luis Bianciotto, fue quien nos dijo que José María estaba detenido en la comisaría de Villa Ballester», asegura Sara. El mismo letrado fue quien les comentó que el concejal había sido trasladado a Campo de Mayo. “Mi suegra y mi cuñada fueron al lugar. Están los testimonios en la Conadep. Les dijeron que José María estaba ahí pero que no le podían dar más datos. Volvieron a ir y les dijeron que saldría pronto”, reconstruye Sara. Eran mediados de 1976. A José María nunca más lo volvieron a ver.

La vida sin José María

Sara estaba en pareja de José María desde que tenía 15 años y él tenía 21. Se había recibido de maestra pero oficiaba de ama de casa: cuidaba a sus hijos de 3 y 4 años. Tras el secuestro de su marido, empezó a ejercer para sostener a la familia.“Mis hijos eran pequeños y vivieron momentos de horror imborrables”, explica. El que más lo sufrió fue José María (h) que “estaba en lo de mis suegros y presenció el secuestro de su padre”.

Con el juicio en marcha, Sara hoy espera un “castigo ejemplar” y “encontrar los restos de mi marido”. “Merecería tener un lugar donde llevarle una flor. Es lo menos que un ser humano necesita: un lugar donde llorar a su ser querido”, concluye.

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