Un día como hoy se dio la Masacre de Fortín Yunká

19 de marzo de 1919

La destrucción del fortín ubicado en Formosa y el asesinato de sus quince pobladores fue atribuido, sin que jamás se haya encontrado prueba alguna de ello, a un supuesto malón de la etnia pilará. En represalia, una tropa enfurecida masacró a más de un millar de personas de las etnias pilará, quom y maká y fueron muchísimos más los desplazados de sus territorios originales.

En la ciudad de Formosa una calle lleva el nombre de Fortín Yunká, donde una placa de bronce y un pequeño monolito trunco recuerdan a las víctimas militares y sus familiares. Jamás ha habido homenajes oficiales ni reparaciones de ningún tipo a las víctimas de la feroz represión.

La conquista de la selvática zona del Chaco Argentino, fue realizada por aventureros y científicos acompañados de criollos baqueanos, al contrario de la Conquista del Desierto que fue un hecho miliar y que duro cinco años, en el chaco las campañas militares fueron escasas y terminaron desangrándose en el impenetrable bosque ,determinándose la instalación de fortines a los largo del Chaco Formoseño y Salteño, aislados con una reducida dotación militar y con escasos pertrechos, siendo dominio del indio todo el territorio, entre estos estaba el Fortin yunka, sobre el rio Pilcomayo casi en el límite natural con Paraguay. La llamada masacre de Fortín Yunká, también conocida como “el último malon” tuvo lugar el 19 de marzo de 1919, en lo que hoy es Fortín Sargento primero Leyes, en el centronorte de la provincia de Formosa . En ella fueron muertas quince personas: el jefe y la guarnición militar del fortín, y miembros de su familia. A continuación el texto extraído del libro “TIERRA DE ESTEROS “del Mayor Alberto Da Rocha y rescatado por la pagina web Hermenegildo Corbalán, Gendarme Argentino”, donde se puede consultar y donde hay fotos del fortín y mapas de su ubicación.

En su libro Tierra de Esteros, Alberto Da Rocha escribió

Corría el año 1919 y hacía tiempo que el salvaje parecía haberse retirado para siempre a la espesura de sus agrestes florestas, de las que no saldría sino en tren de paz. La conquista del desierto estaba, pués, definitvamente terminada en toda la República, según los Decretos del P.E.

Desgraciadamente los hechos demostraron lo contrario y dejaron un interrogante que tardará ahora muchos años en resolverse. En efecto, más de sesenta años habían transcurrido desde que por última vez los salvajes habían intentado atacar un fortín, el Primera División, allá por la confluencia del Limay y el Neuquén. Los malones fueron disminuyendo paulatinamente en intensidad y solamente hechos aislados turbaban de vez en cuando la tranquilidad de los pobladores de nuestros campos alejados. Pero ahora cabe preguntarse ¿Si después de tan largo lapso se ha producido un asalto como el que relataré? ¿Cuántos años tendremos que esperar para asegurar que ya no se repetirán?

Corría, como dije, el año 1919 y nada parecía ya poder turbar la tranquilidad y la paz en esa lucha secular entre el indio y el cristiano.

El día 16 de marzo el Sargento 1º LEYES llegaba con su familia a hacerse cargo del fortín YUNKÁ. Hacía poco había ascendido y su designación de jefe del fortín le llenaba de satisfacción y alegría. Venían con él su esposa y dos hijos.

El 19 de marzo, o sea 3 días después, el fortín es atacado y por la noche yacía lanceado, degollado y ultrajado su cuerpo en el fondo de uno de los pozos de agua del fortín YUNKÁ. Un día que hubiera postergado su viaje, habría salvado su vida y la de los suyos.

YUNKÁ queda a quince leguas de la Gran Guardia LUGONES y a tres del fortín paraguayo GENERAL DELGADO.

Ocupa un claro en el monte, claro de unos mil metros cuadrados. Sus construcciones eran idénticas a las del actual fortín LEYES.

Al anochecer del 19 regresaban los soldados Félix BUSTOS y Waldino ALMEIDA, que habían sido enviados como estafetas a la Gran Guardia, dos días antes.

Ambos tenían sus ranchos en el claro citado y próximos a la entrada del mismo. Extrañóles no sentir los ladridos familiares de los perros fortineros así que como los que ellos llevaban torearan a las casas Tampoco aparecieron sus mujeres y en las dependencias del fortín se veían focos de incendios.

Latiéndoles el corazón, y sin atreverse a confiarse el horrible presentimiento, prepararon sus armas y sin desmontar se dirigieron al rancho más cercano, que lo era el de ALMEIDA. Llantos dentro del mismo, llantos infantiles de su hijito de cinco años lo hicieron desmontar y entrar rápidamente; sus ayes e imprecaciones no son de describir, En la cama, el cráneo destrozado a golpes de macana, lanceado el pecho, yacía el cadáver de su compañera. El niño, aterrorizado, se abrazaba a esos restos desfigurados por la angustia. balbuceante, la criatura les explicó algo de lo ocurrido. Pocas horas hacía que los indios se habían retirado y la salvación de la criatura se debió no solo a circunstancias milagrosas sino también al heroísmo sin parangón de esa mujer que era su madre.

Si alguna madre se merece en nuestro país la inmortalidad del mármol, es esa.

Cuando tras el fragor de la lucha comprendió que no había nada que hacer sino morir en manos del salvaje, se acostó y ocultó debajo del lecho al niño, no sin prevenirle que no se moviera pasara lo que pasara. Momentos después, desnudos, feroces, ebrios de muerte, desfigurados por las pinturas, irrumpían los indios en el rancho y cosían a golpes de lanza a la infeliz que no profirió una palabra. Sobre el cuerpecito del niño oculto, caía aún caliente la sangre de la que le diera la vida. Su heroicidad salvó al niño al despistar al salvaje. Éste, viendo a la mujer acostada y al parecer durmiendo, la creyó la única habitante de la casa.

Pasada la primera impresión y tras breve consulta convinieron los soldados que no era prudente, ya que la noche había cerrado, seguir más adelante. Podía haber indios ocultos o regresar. Por ello resolvieron volver a la Gran Guardia. Alzaron el niño, y tomaron nuevamente la picada. pocos metros después encontraron una niña de ocho años que se había salvado porque, en ocasión del asalto, estaba buscando leña en el monte. Sentir la gritería y ocultarse fue todo uno. Su susto fue tan grande que había visto pasar para el fortín a los estafetas y a pesar de querer prevenirlos, no pudo gritar para llamar su atención. Recién al regreso de éstos había reaccionado. Alzaron a la niña y continuaron para llevar la triste nueva cruzando esas mortales leguas que los separaban del único auxilio posible: la Gran Guardia.

En ésta, la noticia cayó como una bomba. Inmediatamente, una comisión de treinta hombres a las órdenes del entonces Teniente 1º Narciso DEL VALLE se puso en marcha. Era época de crecientes, los caminos estaban anegados; los ríos y arroyos, a nado; recién el día 23 llega la tropa a YUNKÁ.

Entonces pudo apreciarse la magnitud de la tragedia. El desorden era completo. Al asalto debió seguir el saqueo. Degollados y dentro de un pozo, estaban los cuerpos del sargento 1º LEYES y del Cabo Rafael SALAZAR.

En la guardia, también desnudos y degollados, los cadáveres del Cabo Angel LUGONES y soldados voluntarios Alejandro FLEITAS y Remigio MORÍNIGO.

En otros lugares del fortín y en la misma forma los cuerpos de los voluntarios Ramón MACIEL, Eugenio FRANCO y Marcos VALLEJO.

El cadáver del soldado FLEITAS no apareció, aunque había señales evidentes de haber sido arrastrado al monte.

La niñita María LEYES, de siete años, no fue ultimada en el primer momento y sí llevada al monte donde se la tuvo todo un día posiblemente. Luego fue traída nuevamente al fortín y degollada, sacándole el cuero cabelludo.

A los niños se les dio muerte tomándolos de las piernas y golpeándolos contra los horcones.

En el rancho-habitación del jefe del fortín estaban los cadáveres de su esposa y de un hijo de tres años. Y en los pozos, ranchos y corrales los restos de Polonia ENCISO, María C. OJEDA, Demecia PINTOS, Eduardo LEYES y Máximo LEYES.

Ni los perros se salvaron del furor de los indios. Estaban lanceados y murieron seguramente defendiendo a sus amos.

Como se ve, la tragedia fue completa y el éxito de los indios absoluto. Únicamente se salvaron por no ser vistos, la niña y el niño que llevaron los estafetas que descubrieron el hecho. Ella está ahora en Resistencia, en casa de un médico. Él, Ramón ENCISO,ES ACTUALMENTE SOLDADO VOLUNTARIO DEL REGIMIENTO. ¡HIJO DE TIGRES! Dominará el monte o morirá en él. En ocasión de la inauguración del monumento a los caídos en YUNKÁ, que sustituyó a la cruz primitiva, el soldado ENCISO montaba guardia sobre la cubierta de cemento que cubre la tumba colectiva de las víctimas. Bajo sus pies yacía, bárbaramente asesinada, su madre.

Mientras lo observaba, meditando sobre qué penosos pensamientos tendría ese hombre en esos momentos, que si eran solemnes para los espectadores tanto más lo serían para él, actuante en la tragedia y testigo de la muerte de su madre. permaneció impasible, como si todo lo que ocurría le fuera ajeno, pero con una expresión de resolución en la que me parecía leer la de vengar a sus muertos queridos.

Cuando se citó a su padre brillaron sus pupilas como orgulloso de su vida heróica, pero cuando se habló en general, de las mujeres inmoladas, la emoción lo traicionó. Tembló la carabina en sus manos y dos lágrimas cayeron sobre la tumba. Momentos después había recobrado su impasibilidad.

MUERTE DE HÉROES

El sargento 1º LEYES, sorprendido donde estaría trabajando, dejó pruebas inequívocas del valor y la desesperación con que habrá defendido su vida, imposibilitado de correr en auxilio de los suyos, cuyos alaridos de terror seguramente sentía. Por otra parte era el Jefe y su vida era la de todos.

Sangre en las paredes, sangre en el suelo y hasta sangre en el techo y mechones de cabellos de los atacantes, indicaban en el lugar la ferocidad de esa lucha desigual, de uno contra veinte. Y en todas partes veíanse indicios de que hasta las mujeres habían caído después de intentar una resistencia imposible.

Los indios debieron tener muchas bajas; rastrilladas de sangre y de cuerpos arrastrados al monte así lo indicaban, pero como se llevaron los muertos y heridos, no se pudo saber a cuántos ascendían. Se llevaron también todo el armamento, munición y ganado.

La comisión del Teniente 1º DEL VALLE sepultó a los caídos en una fosa común. tres salvas de fusilería y una cruz de quebracho con la inscripción «19 de marzo de 1919. Muertos traidoramente por los indios», fueron el homenaje de la Patria.

Ahora recuerdo, en ese fortín LEYES, que como un desafío a la barbarie se levanta en el mismo lugar del YUNKÁ y lo evoco tan borroso, tan distante, allá, a cuarenta leguas de Las Lomitas, y pienso en aquellos soldados que hoy lo cubren, en sus mujeres y en aquella chiquita rubia que jugueteaba frente a su rancho»

Por razones que se desconocen, la autoría de los asesinatos fue atribuida a los pilagá de Qanesokie’n. Como consecuencia de las represalias posteriores llevadas a cabo por tropas argentinas, un número indeterminado de indígenas resultaron muertos o desplazados de sus territorios originales.

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