Lo mejor está por venir

     

    por JUAN ZABALETA

    El 10 de diciembre recordamos la recuperación de las instituciones democráticas ocurrido en el año 1983.

    Treinta años que pueden ser mucho en la vida de hombres y mujeres suelen ser bastante poco en la vida de los pueblos. Sin embargo, para nosotros, los argentinos, fueron años muy intensos, con profundos avances y la consolidación definitiva de consensos sociales que parecen imposibles de quebrar.

    Aquel 10 de diciembre cuando Raúl Alfonsín asumía la Presidencia de la Nación veníamos de una vida institucional signada por los golpes de Estado, con una democracia con proscripciones y las dictaduras militares con complicidades de aquellos sectores civiles que, incapaces de construir mayorías electorales se escondían detrás de los poderes fácticos para intentar imponer su proyecto de país.

    Estos treinta años, los argentinos acordamos, aún con avances y retrocesos, que la política es la herramienta para construir nuestro futuro. Y estos últimos diez años son determinantes en la lucha entre la democracia y las corporaciones.

    La elección de cinco Presidentes por la vía del voto democrático, Alfonsín, Menem, De la Rúa, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner y la solución de las crisis políticas en el marco de las instituciones de la República, con la elección de los Presidentes Rodriguez Saa y Duhalde, enterraron para siempre la idea de la violencia como mecanismo para resolver los conflictos políticos y el fin del partido militar.

    En ese sentido, el juicio a las juntas militares, durante el gobierno de Alfonsín y la reapertura de los juicios, durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, consolidan para siempre la idea de que la impunidad no es un valor social y que la democracia la construimos con Memoria, con Verdad y con Justicia.

    Conocimos del heroísmo y el amor de las Madres, las Abuelas, los HIJOS y los nietos, que lucharon sin odio ni rencor por Justicia y contra la impunidad.

    La Constitución de 1994, producto del acuerdo entre los partidos políticos nacionales y mayoritarios y no como resultado de la imposición de triunfadores circunstanciales, incorporó innovaciones institucionales y nuevos derechos que forman parte definitiva del acuerdo de convivencia entre los argentinos.

    En treinta años pasamos de los conflictos limítrofes con los países vecinos a una política de integración sostenida por todos los gobiernos que tiene en el Mercosur y la Unasur mojones en la construcción de la Patria Grande.

    Tuvimos enormes avances en materia de derechos civiles, desde la sanción de la ley de divorcio y la ley de Patria Potestad compartida, hasta la discusión que da actualmente el Congreso de un nuevo Código Civil que reemplace al de Vélez Sarfield, que data de 1869, pasando por leyes como la de Matrimonio Igualitario o la de Identidad de género.

    La creciente participación de la mujer en la vida pública, a partir de la ley de cupo femenino, hoy se materializa en ministras de la Corte Suprema de Justicia, Gobernadoras de Provincia y una Presidenta electa y reelecta, que nos permite mirar con alegría el enorme avance en materia de igualdad de género que construimos desde aquellos discursos de 1983 donde Raúl Alfonsín nos hablaba de la Argentina machista donde ni siquiera se podía compartir la patria potestad.

    Tuvimos también etapas de egoísmo, de sálvese quien pueda que nos llevaron a crisis que pudimos procesar y que nos convencieron de que nadie puede realizarse si nuestros hermanos la pasan mal. Muy pocas voces cuestionan hoy la inversión en educación, la asignación universal por hijo, las netbooks que reciben nuestros pibes de escuela pública, la importancia del acceso a la vivienda propia, que se materializa en el Pro. Cre. Ar., o que la dignidad de las millones de familias que consiguieron trabajo es mucho más importante que la opinión de los más afamados economistas.

    Falta. Claro que falta. Descubrimos que sólo con democracia no se come, no se cura ni se educa. Pero descubrimos también que en democracia podemos encontrar juntos el camino para construir el futuro.

    Entre todos y cuantos más seamos los que participemos mejores soluciones vamos a encontrar para los problemas de la convivencia nacional y mayores oportunidades para  el crecimiento de la Patria. Por eso, desde aquel renacer político de los 80 y luego de las frustraciones que sufrimos en el medio, es una inmensa posibilidad para nuestro devenir nacional que en esta etapa de Néstor y de Cristina, la primera generación de hijos de la democracia se vuelque masivamente a la participación política.

    En unión y en libertad, como soñaron los fundadores de la Patria, defendiendo la soberanía como nos enseñaron quienes enfrentaron la prepotencia de extranjera, con un pacto de convicencia aceptado por todos, trabajando para que reine en el pueblo el amor y la igualdad, celebramos los logros de estos años de democracia seguros de que lo mejor está por venir.