«Libros que muerden»: una muestra sobre textos infantiles censurados

LA PLATA- “Libros que muerden” rescata aquellas obras para niños que fueron prohibidas entre 1976 y 1983. Con talleres, rondas de lectura e intervenciones la muestra permanecerá abierta hasta el 2 de agosto en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

Por: Ulises Rodríguez

En los años de la dictadura fueron cientos los libros infantiles censurados calificados de “subversivos” o “ideológicamente peligrosos” para los niños. Obras de autores como Elsa Bornemann, María Elena Walsh, Javier Villafañe, Saint Exupéry, entre otros, que estuvieron prohibidas entre 1976 y 1983 hoy se exhiben al público en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata bajo el título “Libros que muerden”.

Conformada por enciclopedias, diccionarios, manuales y libros de cuentos la muestra busca que chicos y grandes reflexionen sobre la censura y la construcción de la memoria colectiva a través de la lectura. “Libros que muerden” nació a 30 años del golpe cívico- militar por iniciativa del grupo La Grieta de La Plata. Los objetivos de la muestra son “interpelar miradas de juventud, tratar a estos materiales como documentos de un momento de la historia, mediar hacia la lectura, habilitar conversaciones postergadas, encontrar piezas perdidas, volverlas públicas y a través de ello desempolvar formas de pensar el pasado”, explicó a Infojus Noticias Gabriela Pesclevi, una de las responsables de la muestra.

En estos 9 años de vida la muestra recorrió las provincias de Chaco, Córdoba, Salta, Tucumán, Mendoza, Entre Ríos, entre otras y ha publicado “Libros que muerden”: obra que aglutina aquel material perdido, disperso y prohibido. Pesclevi contó que “algunos libros se perdieron casi por completo, otros pudieron reeditarse, los autores siguieron sus trayectorias, nuevos ilustradores pudieron dialogar con ‘Un elefante ocupa mucho espacio’, de Elsa Bornemann o ‘La torre de cubos’ de Laura Devetach, por poner por caso”. Desde que la muestra comenzó a rodar Pesclevi dijo que se han acercado “personas con un libro casi hecho pedazos en las manos contando cómo hicieron para sobrevivirlos; otros que llegaron a la casa que tuvieron que dejar y se encontraron con el lugar dónde habían guardado los libros, por ejemplo en el fondo de una casa o el hallazgo de libros en una casa de Quilmes en un taparrollos, en el 2008”.

En cuanto a los autores, muchos de los cuales han hecho su aporte para la muestra, detalló que “la mayoría vivieron la censura con gran dramatismo. Podía ser la antesala de algo aún más complicado. Muchos de ellos cuando recibieron la censura se exiliaron o autoexiliaron de alguna manera. Es una marca que atravesó a cada uno. Incluso a quiénes no recibieron un telegrama o una nota o no se vieron en el diario como muchos de los que repasamos en la muestra. Cualquier acto de prohibición era inminente. El control caló en todos los autores”.

Cómo desaparecer un libro

Durante la dictadura se crearon ámbitos que desarrollaron una sistemática política de control sobre los libros. Desde marzo de 1976 hasta diciembre de 1982 la Secretaría de Cultura objetó 560 libros, a un promedio de 80 títulos anuales y de 6,9 por mes, de los cuales 433 fueron condenados al ocultamiento dentro de las librerías y 127 declarados inmorales. “Hubo una fuerte y punitiva normativa escolar, además del control jerárquico sobre la población en su totalidad. Este accionar fue institucionalizado en la publicación de documentos específicos alertando sobre el procedimiento de los subversivos, como el documento ‘Subversión en el ámbito educativo’, dijo Gabriela Pesclevi.

En muchos casos también el miedo llevó a la autocensura suponiendo que tal o cual libro podía ser “peligroso” en la biblioteca de una casa. “También estuvieron aquellos que resistieron y que crearon estrategias de sobrevivencia, en función no solo de preservar libros y memorias sino también en muchos casos se jugaron el pellejo”.

Con talleres, intervenciones y una visita guiada por los paneles en los que se encuentra montada la muestra, la idea es que “el público se ponga en contacto con los libros directamente y construir algún disparador para que cada uno aporte una palabra, un comentario. Que circule el libro y la lectura, generar acciones y preguntas”. Hasta el 2 agosto hay tiempo para ponerse en contacto con aquellos libros que toda una generación fue privada de leer, para reflexionar sobre un tiempo en que la imaginación y la fantasía eran controladas por hombres con botas.