Mi sabia maestra

 

De ella aprendí el zurcido invisible a los agujeritos de las medias, cómo freír buñuelos de manzana sin que queden aceitosos y todas, absolutamente todas las reglas ortográficas.

Con su infinita paciencia pude memorizar “La Higuera” de Juana de Ibarbourou y  recordarla hasta el día de hoy y  fue su voz cautivante la que me sumergió en el éxtasis de la lectura al escuchar “Juan Salvador Gaviota” durante varias noches, junto a mis hermanos en la cama grande.

Ya transitando la primaria me explicó mejor que nadie la maravilla de los eclipses y las mareas y pasados algunos años fue a su lado cuando comencé a sentirme toda una mujer al ver su mirada de aprobación a la primera sombra celeste que ensayé, algo desprolija sobre mis párpados.

Mamá me reveló la forma más auténtica de escuchar el corazón del otro, de detenerme en la mirada, en las manos, en los gestos, de penetrar las sonrisas fingidas o la inseguridad simulada. Y no fue con palabras ni lecciones, sino  simplemente siendo testigo de su vida, como aprendí cabalmente lo que era la pasión, el respeto, la confianza, la tolerancia y la responsabilidad en cada acto, por más chiquito que fuera.

Pero  su mayor legado  fue enseñarme lo más difícil pero lo más placentero, la construcción milagrosa de un hogar que traspasa los límites de su casa, pasa por la de mis hermanos y llega hasta la mía y se transforma en el lugar a dónde constantemente vuelvo, el lugar en donde siempre, gracias a vos mami, me siento a salvo.