Cosa de chicas

 

Nunca somos menos de treinta. Todas mujeres.

Ya, a las siete de la tarde,  hay huellas de cansancio en los cuerpos,  problemas aún no resueltos en los gestos, algo de frustraciones, un poco de irritabilidad y una buena  dosis de stress arrastrado quizá desde principio de semana, de año, o cómo saberlo,  de toda una vida…

Las edades son variadas. Quinceañeras, algunas que promedian los veinte, cuatro o cinco de treinta y pico, un mayor número de cuarentonas y cincuentonas y por supuesto abuelas hipermodernas y llenas de energía.

Hay madres con sus hijas y también pares de amigas. Hay algunos  conjuntitos producidos aunque la mayoría llegan corriendo,  y ataviadas  super relajadas, con camisetas de novios, maridos, ex maridos o alguna  descartartada-  por pasada de moda-  por algún hijo adolescente.

Pero la diversidad y los gestos disímiles desaparecen en un instante,  apenas ella enciende el grabador con la música pegadiza  y a todo volumen. El sector masculino que hace “fierros” al lado se ríe cómplice dándose cuenta  de que empezó la función.

Laura llega siempre de negro. No es la típica profesora de gimnasia alta, pura fibra y estilizada que aparecen en las propagandas de los gimnasios  y  se nota que, aunque lo hace con pasión,  tiene una vida más allá  de las flexiones y las sentadillas.

Su vestimenta oscura siempre hace contraste con su cara iluminada,   su sonrisa contagiosa,  sus bucles rubios y sus ojos celestes y pícaros.

Y ahí nomás empieza el entrenamiento. La coach enseña un paso, lo repite, una vez, dos veces, quince veces, se asegura que todas lo hagan con el pie indicado y al ritmo de la música y si alguna más duranga… ( ni sueñen que voy a admitir que me refiero a mí misma) tarda más o no lo entiende hace un gesto exagerado llevándose las dos manos a la cara o simulando golpear su cabeza contra el espejo para inmediatamente desatarse un efecto dominó de carcajadas.

A un paso se suma otro, luego otro y otro más y cuando queremos acordar tenemos la coreo lista. No son una suma de pasitos previamente planificados. Laura es pura improvisación. Suena la música y ahí nomás su cuerpo va como enajenado de su mente haciendo las piruetas. Ella disfruta y nos transmite como por una sonda rítmica  el placer de movernos despreocupadamente.

No faltan, es más, casi podría asegurar que sobran las posturas sexys, sugestivas y casi guarras en escena. Todas nos sentimos diosas, no hay lugar para los complejos o sentirse ridícula.

Y así, luego de una horita larga pero que pasa rápido además de ejercitar músculos que no sabíamos que existían en nuestros cuerpos de fortalecer nuestros  tríceps, tonificar los glúteos y recuperar nuestros perdidos aductores reestablecemos también las ganas de reírnos de nosotras mismas, sentirnos jóvenes y dispuestas a divertirnos aunque Laura, siempre nos da un plus en la clase y un estímulo sin igual. El otro día cuando ya no dábamos más con nuestros abdominales encontró el incentivo justo y nos gritó: “Vamos chicas, falta poco, terminen  esta serie que Pampita, cuando las vea en la playa no se va a animar a  salir de la carpa”