Emociones en el éter

 

Micaela abrió su Samsung con bluetooth apretó, clic,  la tecla de Menú otro clic,  Mensaje, un nuevo clic Crear y tecleó  con otros sucesivos clics la noticia. Suspiró largo, apretó los ojos bien fuerte para guardar en su mente lo que acababa de leer  y se quedó con el celular en la mano esperando que el ringtone de Los Piojos (con el que tiene identificado los mensajes que recibe de Tomás, su marido) suene de un momento a otro.

Las manos le transpiraban y  también le temblaban un poco. A  pesar del ruido  propio de la Clínica,  del ir y venir de gente, de los teléfonos del conmutador sonando, de esa mujer peleándose con la chica de la ventanilla por el diferenciado de ese análisis que no le reconocía la obra social, Micaela sentía que sus latidos eran más fuertes y más acelerados de lo normal y retumbaban en toda la sala  y colorada de vergüenza miró a su alrededor ¿Lo sentirían también los demás? Se levantó, tomó un vaso de agua del dispenser y sintió como cada mililitro pasaba de los labios a la boca, de la lengua a su traquea, como el líquido bajaba por su cuerpo y se estacionaba en su vientre. Algo la sobresaltó de golpe, todo era tan raro, era mezcla de  alegría, miedo, sorpresa,  desesperación, sosiego, todo junto, todo mezclado. Caminó hasta la puerta de entrada, volvió se sentó otra vez, esperó, esperó el ringtone que no sonaba. Verificó su celular. ¿Lo tendría en silencio y no se había dado cuenta? Tomás se habría acordado de pagar el abono o no tendría crédito?

Tomás, a solo dos cuadras de la Clínica, en la oficina escuchó el timbre y abrió su Motorola W5  «Un nuevo mensaje de Mimi» leyó. Apretó Ok y leyó: «Vas a ser papá». De los nervios lo borró al instante. Tocó las teclas para volver a leerlo pero no, se había borrado indefectiblemente, de tanto clickear y clickear el teléfono colapsó y quedó «palmado»

Fue ahí cuando empezó a sentir los síntomas. Estaba mareado de la emoción, tuvo que sentarse y manotear unos caramelos del escritorio mientras esperaba que le subiera la presión. Sin darse cuenta empezó a reírse, a reírse a carcajadas y luego, en sucesión de segundos algo se le atravesó en la garganta y sintió deseos de llorar… de alegría también pero bueno, de llorar como una criatura. Se tomó las manos e hizo sonar todos sus dedos. Estaba nervioso pero a la vez lo invadió  una paz indescriptible como la que le daba sentir que ya tenía un sitio asegurado en el futuro.  Se miró en el reflejo del vidrio que separaba su pequeño  book  del de su compañero Leandro y  se preguntó si su hijo o su hija heredaría sus ojos negros, esos, con los que había enamorado a Micaela.

Cuando pudo reaccionar corrió las dos cuadras que lo separaban de su mujer llegó y se abrazaron por minutos sin decir una palabra. La gente los miraba sorprendidos tratando de identificar si se trataba de un abrazo de consuelo entre ambos o de alegría por una linda noticia. Todas las demás emociones, las primeras, las que ya no se repiten,  las habían vivido separados, a solo dos cuadras y ya estaban para siempre perdidas en el éter.