Dulces 16

 

Dicen que nos parecemos. La forma de hablar, de caminar, de exagerar los gestos, la pasión que ponemos hasta en las cosas más sencillas y nuestra testarudez.

Es más, dicen que mi mamá, ella y yo somos como clonadas y  que hasta abrazamos en forma parecida.

Y ella Julieta, dice que tanto parecido se debe a que ella, como yo, también es la “del medio” y  que por eso arrastra mis mismas virtudes pero también mis mismas frustraciones.

Y no sé si es tanto por los dimes y diretes pero cuando veo ese magnetismo que despliega a su alrededor pero más que nada con  los chicos,  me parece volar en el tiempo allá hace más de 30 años y verme en el cordón de la vereda de Ringuelet, rodeada de los hijos de mi vecina Enriqueta contándole cuentos inventados y hasta me parece  escuchar el  eco de sus gritos “Otro más, otro más, uno sólo más Gaby”

En el  living de casa, el insuperable Serrat me canta al oído,  desde la tele en un video casero, regalo del día de la madre de hace años con imágenes de mis hijas y yo jugando al borde de una pileta en Las Flores: “A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción: esos que se menean con nuestros gestos, echando mano a cuanto hay a su alrededor…” Y es raro, porque a pesar de verlo por milésima vez se me llenan los ojos de lágrimas en un estado de emoción pura,  de orgullo, de  ternura… Y me cuesta imaginar como esa “gorda bachicha” como le decíamos,  se convirtió en esta mujer de 16 años que me cuenta sus miedos, se me cuelga del brazo cuando caminamos por la calle, me roba el delineador de la cartera, juega a la femme fatal tirándose piropos y besos a sí misma frente al espejo y atesora tantos gestos, frases, ademanes, muecas, guiños y posturas propias como heredadas.

Julieta es como la heroína de la obra de Sheakespeare pero en versión siglo XXI.  Estoy segura que será protagonista de muchas historias de amor en su vida, porque el amor es su motor, su impulso,  su guía. Y aunque Serrat me siga cantando… “nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj, que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós”…yo sé que en los límites del hogar en el que ahora habita o en su propio espacio nunca se va alejar de sus afectos y hasta el último momento de mis días me va a regalar su presencia genuina, divertida,  llena de carisma y se me va a acercar sonriente y confidente con la invitación preferida “Ma, ¿hago cafecito para las dos?”