La muerte de Claudio Díaz

Esta nota salió publicada el 9 de Agosto de 2011 en Tiempo Argentino Por Esteban Talpone.

Adiós a un “pensador” del peronismo

Predicaba a Arturo Jauretche, a Enrique Santos Discépolo, a José María Rosa y a Fermín Chávez, entre otros. De alguna manera, era el continuador de todos ellos y los resumía de la mejor manera.

El último viernes un cáncer de tiroides terminó con la vida de Claudio Díaz. La noticia pone de luto al periodismo argentino, a pesar de haber sido previsiblemente ignorada por los grandes medios.
Cuando me enteré sobre su fallecimiento, a los 52 años, escribí en Facebook lo primero que sentí: “Quienes lo conocimos sabemos que su brillante capacidad sólo era comparable con su brillante honestidad. Un intelectual a la altura de los más grandes pensadores peronistas. Nunca se puso esa etiqueta. Jamás obtuvo el reconocimiento que merecía y nunca lo reclamó. Hasta siempre, Claudio.”
Horas después de su despedida volví a leer esas palabras y creo que fueron injustas por escasas y efímeras. Claudio consagró su dolorosamente corta vida a sus convicciones.
Rápidamente abrazó al peronismo y a todos sus símbolos, principalmente a Eva Perón. Militó en la Juventud Peronista y fue jefe de redacción de su frontal revista, hacia fines de la década de 1980, cuando el país asistía a la decadencia del alfonsinismo y estaba por arreciar el vendaval menemista.
Fue por aquella época que lo conocí. Yo aspiraba a trabajar en los medios y él vino a dar una charla a la escuela TEA. Pero no es justo que las anécdotas personales le hagan hoy sombra a su inmensa trayectoria. Encorvado, simpático, agudo, transparente. Así era ese flaco, de ojos muy celestes que miraban profundo, tanto como calaban sus sentencias sobre la historia política argentina, el periodismo y el fútbol.
Cuando tenía algo más de 20 años, recibió en La Habana el Premio José Martí de manos del propio Fidel Castro, por un tempranero libro sobre la ultraderecha argentina, del cual era coautor. A pesar de que la izquierda lo sedujo, entendió que el destino de nuestro país estaba atado al proyecto nacional y popular que el peronismo encarnaba desde hacía varias décadas. Predicaba a Arturo Jauretche, a Enrique Santos Discépolo, a José María Rosa y a Fermín Chávez, entre muchos otros. De alguna manera, era el continuador de todos ellos y los resumía de la mejor manera.
Pionero en hablar de la “prensa canalla”, trabajó en algunos grandes medios. Pero sólo le fue permitido hacerlo en espacios marginales. Cuando avanzaba más allá de lo usualmente permitido, sonaban las alarmas. Entonces, él agarraba sus cosas y se iba masticando bronca por los pasillos. Así sucedió con su último trabajo en el diario Clarín, donde dirigió el suplemento zonal del oeste. Apenas una opinión suya a favor del gobierno en el marco del enfrentamiento con el campo, en pleno debate sobre la Resolución 125, lo dejó una vez más en la calle. Ni siquiera llegaron a despedirlo, porque renunció antes de que pudieran hacerlo.
Era fanático de Alejandro Dolina, del tango, de Boca y de Deportivo Morón, sobre el cual también escribió un libro. Astor Piazzola, cuya música lo representaba como ninguna, fue la única contradicción entre sus pasiones. Tal vez haya sido su única contradicción.
Me consoló saber que sus restos serían velados en dependencias de la agencia estatal Télam, donde recibió el homenaje de colegas y amigos. Casi todos los medios privados (¿hay que decirlo?) ignoraron la noticia, como siempre lo habían ignorado a él.
Alguien dijo que si hubiera podido elegir una muerte, seguramente hubiera elegido la misma muerte que Evita. Aunque me pareció tan cruda como dolorosa, estuve de acuerdo con esa idea.
Su desaparición deja, como siempre en estos casos, un amargo sabor a soledad. Pero la magnitud del intelectual que supo ser, resignando privilegios a cada paso, llena las retinas de emoción.
Hay que repetirlo, para que las palabras hagan eco para siempre: Claudio Díaz estuvo a la altura de los grandes pensadores del peronismo.
Adiós, Claudio. Hasta siempre.