Lluvias de ayer y de hoy

 

No sé como hacía mamá, pero lograba que todos los días lleguemos puntuales y con el guardapolvo impecable a la escuela aún los días de lluvia.

Los aguaceros, tan festejados por nosotros porque incluían tortas fritas y juegos y cuentos inventados alrededor de la mesa, también tenían sus complicaciones, sobre todo cuando llegaba la hora de ir a la escuela. En tiempo récord ella lograba que los cinco estuviéramos listos y a la mochila y al paraguas le agregaba una bolsa fuerte de nylon donde iban prolijamente guardadas las medias y los zapatos o zapatillas de la escuela según las actividades de día. Es que de casa hasta el asfalto nos separaban dos cuadras de barro resbaladizo en sectores y espeso en otros que ocultaba, según la cantidad de agua caída, las cunetas y zanjas que bordeaban todas la cuadra y al que había que agregarle charcos inmensos, algunos imposibles de bordear donde debíamos sumergirnos y hundir las botas hasta bastante arriba del tobillo. Para nosotros era toda una aventura a la que  nos enfrentábamos con una líder innata, mi hermana mayor,  Adriana que encabezaba la fila india  para evitar que un paso en falso nos arrastrara a los demás en el lodazal. Igual casi nunca lo daba y ni los GPS actuales tienen la precisión que ella tenía para pisar en lugar firme. Al subir al micro ella también era toda una malabarista para sacar  las monedas y hacerse del boleto de cada uno de nosotros. En el mejor de los casos si lográbamos conseguir un asiento, uno a uno nos sacábamos las botas cómodamente sentados y las intercambiábamos por el calzado y las medias limpias, sino el trueque se efectuaba mientras hacíamos equilibrio parados en el colectivo o aprovechando alguna parada donde subía mucha gente y todo se aquietaba. Lo más raro, visto a la distancia, es que a pesar de la incomodidad de la situación que por cierto se repetía bastante seguido sobre todo en invierno, nosotros siempre vivíamos el episodio con humor y alegría.

Que distinto son  los días de hoy.  Llueva o no mis chicos suben al auto al que previamente puse en marcha y encendí la calefacción para que no sientan el brusco cambio de temperatura y no lleguen las gripes ni resfríos. Prácticamente no saben lo que es un paraguas ya queel padreo yo los llevamos de un lugar a otro cual remís y si eso no es posible  ellos apelan a sus más finas habilidades con padres y madres de amigos  para conseguir que alguien los traiga  y en el peor de los casos la opción para ellos sigue siendo esperar en un kiosquito o bar cómodamente sentados para no pasar por el horror de mojarse un poco. Y si bien hago un mea culpa y me doy cuenta que mucho tiene que ver con este error generacional  de solucionarle las cosas o sobreprotegerlos, en el fondo, recordando hoy los maravillosos días de lluvia vividos estoy  convencida  de que se están perdiendo gran parte de la diversión!!!!!