Angustia bajo cero

 

Ya pasaron las rifas, las chocotortas y las interminables colas en el banco para pagar las doce saladísimas cuotas del viaje. Mi billetera superó las compras de decenas de preventas de fiestas en los boliches y pasaron los preparativos del bingo del sábado por la tarde en pleno invierno. Quedó atrás esa conversación planificada al detalle y que intentó ser casual, las compras de último momento, el saqueo a mi placard, la pollerita de Minnie para la noche de disfraces y la extensa lista de consejos y todo tipo de prevenciones. Ya está, llegó el día: la nena por fin partió a Bariloche.

Cuando ese frío sábado de agosto se disipó el olor de las bengalas azules y blancas que preanunciaron la partida del “Flecha Bus” subí al auto de vuelta a casa con un fuerte ardor en los ojos. Enseguida apelé a la bruta razón e intenté convencerme de que era producto del humo que había tragado, pero esa angustia inexplicable se acomodaba en mi pecho y a mitad de la garganta y parecía estar muy cómoda ahí y dispuesta a quedarse.

Y en diez minutos toda mi estructura de madre moderna, sensata y equilibrada entró en shock y me desquicié imaginando desde el más simple resfrío hasta quebraduras, accidentes, aludes, caídas a precipicios, incendios y resbalones en el lago congelado.

Por suerte el alivio de la tecnología moderna me trajo un mensaje tras otro, con noticias, alegrías, agradecimiento y anécdotas graciosas que fue convirtiendo mi vulnerable persona y dibujándome primero una mueca de sonrisa nerviosa, luego un suspiro de alivio para finalmente caer en un estado parecido a la serenidad.

La distancia es bastante cruel en estos casos pero sin duda muy reveladora. Yo me di cuenta que no era tan inquebrantable y omnipotente como sentía ser y también advertí con orgullo que ella ya no es la nena que creía, sino una mujercita muy próxima a iniciar con responsabilidad los primeros pasitos de su propia vida.