Sanas adicciones

 

Como toda madre con hijos adolescentes  -y con el agravante que estamos en una generación en la cual esa etapa comienza luego de que aprenden a atarse los zapatos y culmina promediando los treinta y pico- me preocupa que mis “repollos” no caigan presos de ningún vicio que los dañe.

Cuando yo era chica lo más grave que podía pasarme es que mi mamá me pescara con olor a LM light en el pelo y yo ensayara una respuesta preparada de antemano echándole la culpa a una compañera de la facultad adicta al tabaco y que encima me fumaba compulsivamente en la cara.

Hoy el espectro de trampas peligrosas que acechan a los chicos es tan grande, que una no puede menos que tratar de estar informada acerca de las drogas  nuevas que van desde el paco, tan barato como letal, hasta otras más excéntricas como esas que leí el otro día del tipo “psicotrópico” y que están hechas con una sustancia alucinógena que usan las tribus de Etiopía ¿pueden creerlo?. O sea que ahora al clásico alcohol, pastillas, pornografía, juego, etc,  le tenemos que sumar las modernascomo el“síndrome de adicción a Internet” que afecta ya nada menos que al 10 % de los usuarios.

La primera reacción ante tamaña información es la natural crispación de mi ánimo que mi abuela describiría mejor con sus frases: “se me pusieron los pelos de punta”, seguida de la reflexión y aceptación casi inevitable de que de estas trampas modernas tus hijos pueden zafar de algunas pero no de otras. Luego de pensar y pensar me convencí de lo certero y es que “a todos nos puede tocar” y luego, como receta casera para contrarrestar estos peligros intento (a riesgo de que me rete y me descalifique el Colegio de Psicología entero) crearles otras adicciones y desórdenes como para cubrir esa cuota de vicios que todo adolescente siente como bandera que debe tener. Así desde chicos los obligué a que tengan propensión a festejar, cumpleaños, logros, metas, buenas calificaciones; a que cuando haya sol se vean impulsados a agarrar una bicicleta o a llamar amigas y enfilar a una plaza con termo, mate y torta casera; a que tengan dependencia a los consejos de un “grande”, a los mimos de la abuela, a los almuerzos de los domingos, a la película en familia los día de lluvia, a armar fiestas sorpresas, a jugar a la lotería por monedas y que el que gane compre facturas para todos. A que caigan en crisis de abstinencia si no se juntan y se cuentan íntimos secretos con sus amigos y  sobre todo intento crear en ellos la necesidad suprema de hablar de sus angustias y miedos conmigo, con la seguridad de que a pesar de que yo no sea ni psicóloga, ni toxicómana, ni sexóloga, ni especialista en nada, cuando estén perdidos y no estén seguros de qué hacer, solo juntos, muy juntos, vamos a encontrar la salida.