“Lollipop”

 

En la «tierra de  las nieblas perpetuas» la Radio Caracol está encendida. Allí aparece  tímidamente y con un acento suave la voz de Lorenzo. El le envía mensajes tres veces por semana pero solo a veces Ingrid los escucha. Cuando eso ocurre su latido se acelera,  sus ojos apagados se iluminan y la fortaleza que nunca perdió recupera su dimensión e inunda todo su cuerpo. Es «Lollipop» cómo ella lo llama.  El sonido de sus palabras  la reconforta. El le cuenta de sus vacaciones en Córcega con una amiga, de sus estudios en La Sorbona donde cursa Economía y Derecho, de su hermana Melanie, de su rutina diaria… Luego la voz se vuelve más firme y le pide, casi le exige que coma, que se cuide y en ella, Ingrid escucha la «ronquera» de su padre, el abuelo de Lorenzo.

Este joven de 20 años sabe que su mensaje es un bálsamo, un remedio, el elixir de la vida que curará todas las exóticas enfermedades que pueda tener su madre, que ya lleva más de 6 años presa. Seis años sí, toda su adolescencia.

Y entonces Ingrid en medio de esa oscuridad líquida, se aferra a la foto de un joven que aparece en la publicidad de un perfume de Carolina Herrera, ella imagina que Lorenzo es parecido a ese chico y en su mirada trata de encontrar sentido a continuar. Continuar  caminando día tras día en la selva soñando con el rescate o la liberación; continuar para algún día  no sentir más las cadenas en sus muñecas, la humedad en toda su ropa, las humillaciones y el maltrato.

Continuar para llegar al abrazo infinito con sus hijos, para acariciarlos, para tocar otra vez su piel, para mirarlos y no perder tiempo en pestañar,  sentir el calor de la vida, los latidos,  la emoción, todo lo que para ella está tan lejos ahora, para pasar largo rato donde las palabras no existan solo un alma, comunicándose con otra alma que se reencuentra luego de tanto tiempo

Y como los cuentos de hadas ese día llega y es… perfecto.

Tiempo atrás una periodista le preguntó a Lorenzo sobre cómo iba a reconstruir su relación con su madre cuando fuera liberada. El, con esa convicción y la fortaleza de las circunstancias en las que creció dijo «Sé que si regresa va a estar totalmente cambiada. Pero no va a haber reconstrucción. Eso no existe con una madre. Ya todo está construido. Sabía mucho sobre mi madre cuando se la llevaron; sé cómo es, sé quien es. Tengo miles de recuerdos de ella. Mis vacaciones en la playa, la primera vez que la ví en la nieve, cómo me ayudaba a estudiar, como le gustaba llamarme Lollipop…»

Y entonces  pienso que a Ingrid la rescató el ejército pero mucho antes la salvó el amor hacia sus hijos, la salvó esa relación construida con ellos que no puede derribar ni la distancia, ni el aislamiento, ni el espeso silencio que los separaba por años y desangraba su alma.  Sin esa llama, sin esa esperanza nadie podría haber permanecido tanto tiempo con la integridad moral y espiritual que ella muestra hoy al mundo entero, nadie podría mostrar su lucidez y su entereza.

Es que  las madres y los hijos  tienen poderes casi celestiales. Las madres pueden sanar heridas, espantar monstruos debajo de la cama, remendar corazones rotos y explicar las más difíciles tareas escolares, pero los hijos… los hijos pueden rescatar madres de la selva y burlar a las guerrillas más organizadas.