Pies descalzos

 

Esa noche me desperté varias veces sobresaltada. La imagen que venía a mi mente era siempre la misma. La cara empapada de Gastón- después supe su nombre- asomado a la ventanilla de mi auto justo en el semáforo que siempre te obliga a parar en la 9 de Julio, cerquita del Obelisco.

“No te mojes, andá a un lugar más seco”- le dije acongojada, mientras desesperada buscaba en la guantera, en la cartera, en los bolsillos algo de plata para darle.

“Todavía no es la hora, todavía no me puedo ir”, me dijo tiritando y chorreando agua. Recibió con un educadísimo “gracias” el dinero y continuó su jornada que, se extendería, quien sabe hasta que hora.

Las veinte cuadras que siguieron del trayecto hasta mi casa fui maldiciendo, llorando, sintiendo una culpa que me asfixiaba, preguntándome qué poder hacer y odiando no poder subirlo, llevarlo a casa, darle de comer algo caliente, quedármelo para siempre, salvar aunque sea a uno…

No logré conciliar el sueño en toda la noche.

Al día siguiente pasé por el kiosco, compré un alfajor triple y lo busqué. Siempre me pregunto con poca esperanza a dónde van a parar la plata que reciben. Siempre me pregunto si irán a la escuela, si pasarán hambre, si sufrirán abusos y con inocencia entablo diálogos con ellos, suponiendo que no me mienten, que nadie les adoctrina sobre lo que tienen que decir y lo  que  no.

Gastón, tiene varios hermanos pidiendo en la fuente, pero él es mi debilidad, como es más grande, 11 o 12 años, los que paran mayormente no le dan nada. Una de sus hermanitas, más compradora, tiene más éxito. Su estrategia es meter más de medio cuerpo adentro del auto y scanearte cómo estás vestida, los zapatos, los aros. Un par que me había comprado en una feria en San Telmo, fueron a parar a sus bolsillos no hace mucho.

El 12 de junio se conmemoró el Día Mundial Contra del Trabajo Infantil y funcionarios, especialistas, pedagogos, responsables se reunieron dieron conferencias, mostraron  estadísticas y desplegaron  estrategias para erradicarlo. Uno siente que nunca alcanza, que nunca llegan, que los chicos con sus pies descalzos siempre están ahí y se multiplican en todas las esquinas.

Chicos sin futuro, que están condenados a un círculo sin oportunidades en el mejor de los casos y en el peor, expuestos a depravados, traficantes y delincuentes.

Ojalá no nos acostumbremos a este desgarrador paisaje,  ojalá no nos vayamos a dormir tranquilos y sin culpa. Ojalá todos busquemos alguna manera, aunque sea chiquita para lograr que estos chicos en vez de ser explotados puedan jugar algún día en una  plaza.