Tarde distinta

 

Siempre me resultó un poco caótica la Feria del Libro.  Si de elegir se trata prefiero  pasar las horas en una librería perdida por ahí,  disfrutando de la buena disposición de  algún empleado con  suficiente tiempo para consultar o simplemente intercambiar ideas sobre autores o joyitas perdidas en estanterías y de paso evitar   las peleas de la gente  por hojear ejemplares o amarrocar saldos que quizá después nunca lean.

Pero esta tarde fue distinta.  Puede ser que fuera yo en realidad la que  estuviera mejor dispuesta o el hecho de que la jornada haya arrancado disfrutando desde la butaca la obra “La Tentación” donde un Dorrego encarnado por Palomino no cede al  primero sutil y luego abierto e insistente soborno del embajador inglés Lord Ponsomby, en la piel de Raúl Rizzo.  Más allá de la fuerza en el diálogo de ideas y pasiones encontradas, donde cada uno defiende su forma de vida y sus convicciones más profundas,  lo que me emocionó  fue el silencio expectante con que cada línea era escuchada  por los adolescentes de varias escuelas presentes en la sala.

Luego me interné por los pasillos y me contagié de la actitud relajada de la gente, incluso de los más chiquitos que asomaban sus caritas detrás de atractivos y coloridos libros o daban masters en el uso de netbook en algunos stands de juegos interactivos.

Y finalmente, cuando caminaba con mi amor de la mano,  me reencontré con Elsa Oestergeld, la viuda del talentoso creador del Eternauta. Ya había tenido el placer de conocerla personalmente en un viaje a Mendoza en el que coincidimos cuando ella recibía un premio en la memoria de su marido desaparecido y me habló de cómo soportó  también el secuestro de sus cuatro hijas, los maridos de ellas y su cruzada con “Abuelas” para recuperar a dos de sus nietos nacidos en cautiverio. Y ahora, frente a mi con su cuerpo encorvado, no tanto por los años sino por el impacto del dolor inmenso a la quela expuso eldestino, me miró  rodeada de un aura de serenidad casi mística y me dijo con una convicción contagiosa: “Yo tengo fe” .

Cuando salí  de la Feria ya había anochecido, sin embargo para mí, con su deseo todavía resonando en mis oídos, el día seguía iluminado.