Mariposas en el aire

 

Ahí están las tres. Con sonrisas desparramadas en sus rostros, las manos en alto saludando y  sus overoles naranjas tan inflados que quedan escondidas sus formas de mujer. Poco les importa si las hacen gordas, si el clima, allá lejos,  les resacará la piel o si esos borcegos sugieren que sus pies calcen por lo menos dos números más. Están radiantes, se sienten más mujeres que nunca  y contagian su orgullo a todas sus pares del planeta.

Las norteamericanas Spehanie, Dorothy y la japonesa Naoko a pesar de sus rasgos tan distintos parecen hermanas, será quizá por el entusiasmo que las iguala. Desde esa rústica tarima preparada para la prensa se dejan acariciar por centenares de flashes. Esto sucede solo unos minutos antes del despegue- en la plataforma de lanzamiento del Centro Espacial Kennedy en el Cabo Cañaveral- de la nave  donde viajarán por el aire a la friolera velocidad de 26.000 kilómetros por hora.

Y me quedo como estática hurgando en mi memoria cómo llegamos a este hecho histórico intentando clasificar cada avance de la mujer en tan corto tiempo. Y como siempre aparecen las historias más cercanas, las de mi familia y me parece que fue ayer cuando escuchaba a mamá contarme cómo se oponía el abuelo a que mi abuela Lía trabaje y en cómo ella utilizaba su energía desbordante en todo tipo de actividades y se revelaba a los mandatos masculinos. Con una buena dosis de encanto y la debilidad del enamoramiento de mi abuelo de su parte logró entrar al club del pueblo donde ayudó a su marido en la organización de las sillas, el decorado del salón y el regateo de los comestibles con los proveedores. Todo mejoró para bien. Su aleteo por el lugar transformó el local y los ojos chiquitos y celestes de mi abuelo Picho se llenaron de admiración. Esos actos que ahora nos parecerían tan naturales hace pocos años, eran realmente revolucionarios. Solo dos generaciones pasaron pero  estoy segura que si Lía viviera en este tiempo bien podría estar ahí vestidita de naranja.

Mujeres de ayer y de hoy, mujeres que desplegan sus alas en este y otros países, en éste y otros mundos.  Cuando las ví ahí paradas con esa actitud de desafío se me vino de golpe las ganas de  reivindicarlas. Estoy convencida que muy distinta sería nuestra existencia sin esa cuota de seres etéreos que se entregan a la vida sin traicionar sus ideales, aportando su femineidad, sabiduría y sensibilidad  exquisita. Que sus aleteos aquí y en el espacio cósmico nos sigan  por siempre abanicando el alma.