Juventud divino tesoro

 

Educar adolescentes en los tiempos que corren resulta más difícil que un master de Genética Molecular en la Universidad de Friburgo

Libertades  extremas y distintas, situaciones riesgosas que ellos ven como normales, lenguaje codificado para que nadie que no sea de su generación lo descifre  y gestos tan groseros como despreocupados nos irritan, descolocan y dejan a veces sin capacidad de reacción.

Cuando era chica, una sola vez le puse a mamá expresión de sobradora, el resultado fue rápido y eficaz me siguió hasta mi habitación y me dio vuelta la cara de un sopapo haciéndome girar la cabeza entera como una calesita. Más que suficiente. Nunca más se me pasó por la mente hacer comentarios en voz baja, cantarle despreocupada arriba de sus retos y advertencias o retirarme de un lugar antes de que ella haya terminado de dirigirme la palabra.

Hoy las recetas de mis viejos no funcionan.  Si les gritas, te contestan más fuerte o hacen alusiones a tu estado hormonal,  si amenazas con castigos los toleran al mejor estilo de  Silas –el monje albino psicótico del Código Da Vinci–, si ya, fuera de sí amenazás con alguna cachetada te dicen, en voz muy bajita y sin movérseles un gesto de la cara que te van a denunciar ante autoridades policiales, judiciales o alguna ONG del país o extranjera.

No desesperar, en un abrir y cerrar de ojos estos adolescentes volverán a encontrar su rumbo y el desafío para los padres,  hoy día,  consiste en pasar por esta etapa sin quedar desarmado por úlceras, pre infartos, crisis depresivas y en el mejor de los casos fobias o ataques de nervios.

Los psicólogos dirán que el remedio son los límites, nuestros padres, la paliza y, para nosotros, que tratamos de encauzar lo mejor posible la educación de  esta generación complicada que nos toca, una de las pocas garantías es estar.

Tan simple y difícil. Estar, no mirar para otro lado. Tener los cinco sentidos en ellos, porque nuestra función de padres no termina cuando ellos empiezan con el acné. En ese momento es precisamente cuando más nos necesitan.