Lechuzas & Búhos

 

Nunca coleccioné nada en mi vida. Siempre me pareció una estupidez amarrocar cosas y cositas sin ninguna utilidad. De hecho hasta los souvenirs de cumpleaños de mis hijos siempre los armé -con una paciencia que ya no tengo-  con el firme propósito que debían servir para algo: o ser un portalápices o un imán que pueda sostener algo o un anotador o un juguete didáctico. Por elección y una energía un tanto desbordada- como si abrazara casi una ideología política o una religión extremista- me convertí  en la crítica letal de todos aquellos que juntaban muñequitos inservibles que solo parecen existir para  que se les pegue el polvo o para hacerse añicos en cualquier acción torpe o traviesa de los chicos.

Pero como siempre hay un lugar en la vida para tirar tus más profundas convicciones por el precipicio, luego de un viaje romántico a Mar Chiquita, tras un paseo por la albufera y tras toparme frente a frente con una lechuza que me miraba fijamente desde un poste comencé un camino sin retorno.

Ya son más de treinta, y la mesita del living en la que empecé a colocarlas ordenadamente me está quedando chica. Es más, estoy viendo de comprar un mueblecito específicamente elegido para recibirlas y en él, tender un mantel en el que contrasten sus colores, sus formas y donde puedan lucirse más. Me sumergí en internet con el fin de  averiguar sobre su forma de vida, en qué se diferencian de los búhos y  así descubrí que tengo de ambas, menos búhos y más lechuzas. Sé que es lo que comen, cómo son sus nidos, el por qué de lo silencioso de su vuelo y varias historias que las emparentan con la magia negra y hasta con la muerte. Mis sobrinos cuando vienen se quedan como estacas mirando algún nuevo ejemplar o eligiendo la más linda en tanto amigos y familiares se sumaron a la fiebre y  me empezaron a traer también algunas de sus viajes haciendo que el rincón se vaya poblando de miradas penetrantes que persiguen  mi paso por el living y me hacen sentir acompañada.

Y en medio de esta acción que, sin duda no me lleva a ningún lado descubrí también la extraña satisfacción que provoca hacer algo simplemente por hacerlo, porque sí,  aunque no tenga ni utilidad ni propósito y la indescriptible alegría de encontrar en algún rinconcito inesperado algún par de ojitos curiosos que me miren fijo otra vez y me elijan para llevarlas conmigo a un rincón especial de mi hogar.