Empezar de nuevo

 

Su página en la red -actualizada religiosamente a diario- reflejaba una vida  más que feliz: un trabajo que amaba, rutinas de ocio y baile, links a temas interpretados con su dulcísima voz…Parecía ser, para cualquier “amigo facebook” que tuviera acceso a sus comentarios, que Ana era un dechado de felicidad y de hecho a muchas como a mi, hasta nos despertaba una sana envidia.

Un día no escribió nada, y al otro como quien se aferra a un salvavidas hubo un comentario dejando traslucir que algo no estaba bien.

Eso nos obligó a todos, por curiosidad, por profundo afecto por compromiso o por lo que fuere a un contacto más profundo, a evitar el  simple “me gusta” a un comentario suyo o a una foto y a involucrarnos como debería ser con alguien querido: un mensaje privado, una llamada por teléfono o una visita en persona.

Ana había intentado suicidarse. Las marcas en sus muñecas y antebrazos y la quemazón en su garganta provocado por el lavaje de estómago son huellas dolorosas de lo que pasó.

De repente recordé ese pasaje de “Reir llorando” del poeta mexicano Juan de Dios Peza que me leía mamá de chica, y que hablaba del payaso Garrik que hacía delirar de risa a sus espectadores mientras por dentro se desangraba:

“¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora,
el alma gime cuando el rostro ríe!”

Ana y Garrik eran iguales: reían con lágrimas y yo me pregunté hasta qué punto estaba caminando por mi vida mirando sin ver y escuchando sin oír y si hubo un solo momento de mis enloquecidos días repletos de “cosas urgentes” en el cual habría podido intuir siquiera todo ese despliegue de actuación en ella.

Sin embargo y como ocurre luego de uno de esos cachetazos que te da el destino siento que tanto para Ana, como para mi, es una oportunidad de empezar de nuevo: ella para animarse a no encerrarse en la seguridad de su risa y encontrar un anzuelo que la conecte con la maravilla de vivir, y para mí, para empezar a llenar de profundo significado ese instintivo y a veces hueco ¿cómo  andás? cada vez que me encuentro con un ser querido y para revalorar lo único y realmente urgente en esta vida, el contacto de alma a alma con el otro, que es, indudablemente, la única forma de relacionarnos sinceramente.