Hada madrina

 

Como siempre creí en cuentos, no puedo dejar de sentirme tocada por la varita mágica, aunque la verdad, la verdad, gracias a ellos me siento el «hada madrina»

El  se llama Maximiliano y tiene 11 años. Yo le digo «mi Chayanne»,  aunque es más lindo que el cantante, sobre todo cuando sus ojos se iluminan y su sonrisa forma esos dos sabrosos hoyuelos en las mejillas que  me dan unas irresistibles ganas de pellizcar.

Ella es Isabel, y más que con su celeste y amplio  vestido de 15, hace apenas unos meses, la recuerdo con su shortcito beige, su mirada tímida y su pelo prolijamente atado allá, hace ya 5 años cuando llegaron a mi vida y a la de mi hermano mellizo, su papá adoptivo.

Cuando escucho hablar sobre los delitos que cometen los menores, sobre la baja de edad en la imputabilidad, sobre qué hacer con ellos, en mi cabeza se suceden películas sobre el incierto destino  que Maxi e Isabel, mis queridos ahijados,  hubieran tenido si no aparecían en su vida una mamá como Luján y un papá como Jorge.

Pienso en los dos cumpleaños que festejan ahora, el día de nacimiento y el día en que llegaron a nosotros, en sus caras de alegría abriendo los paquetes en Navidad, en cómo ayudan a cortar los 50 metros de fondo de su casa en Los Hornos, en los retos y castigos que se ligan en la decisión de sus padres de educarlos lo mejor posible, en cómo me rompe las plantas de los maceteros Maxi con su patada poderosa y cómo le queda mi vestido azul a Isa y la alegría que me da que comparta conmigo su ilusión porque le hable el chico que le gusta.

Isa y Maxi son felices, son merecidamente felices.  Sus padres y sus hermanos Lucía y Gonzalo los aman con locura. Todos sus tíos, abuelos y primos nos preocupamos por que ellos no sientan frustración ni tristeza ni rencor por el pasado tan triste  difícil y trágico que les tocó vivir. Y lo logramos y la verdad… no fue muy difícil, sólo se trata de amar, de amar incondicionalmente, de darles confianza, de que estén seguros que hay un lugar en el mundo para ellos y que tienen posibilidades de ser… lo que ellos quieran.

Así debería ser para todos, para todos los Maximilianos y para todas las Isabeles que andan huérfanos por la vida. Yo lo vivo de cerca y creo que se puede.  ¿Por qué no probar? Con decisión, tiempo, cariño  y  un golpe de varita mágica se logran  transformar ojitos tímidos en miradas alegres y seguras y labios tiesos en las más hermosas sonrisas con hoyuelos incluidos.