Una pizca de actuación

 

En el Picadilly dos siluetas entraron a escena en penumbras y totalmente desnudos. La pareja se ubicó en un sofá-cama situado en el rincón izquierdo del escenario y ya, con solo un poco más de luz, simularon el fin apasionado de una relación sexual. Luego, en sucesión de segundos, rompieron en carcajadas para después mostrarse, por poco más de una hora, más provistos de ropa pero, definitivamente, más desnudos que al principio. La obra es una adaptación de “Frankie & Jhonny” con la que, por culpa del maldito inagotable talento de Al Pacino y Michelle Pfeiffer lloré a mares toda una tarde hace muchos años atrás. Y por más que la comparación no resulte muy feliz para Florencia Peña y Luis Luque (pobres no tienen la culpa ellos, los anteriores son inalcanzables)  ver una vez más como dos personas están ahí, simulando ser otros, mintiéndome, sin pudor de ningún tipo, sufriendo sin control por momentos  y riendo de felicidad en otros, en fin, vendiéndome todo tipo de emociones con tanta facilidad me llevó  una vez más a la conclusión fácil de que jamás  podría haber abrazado  esa profesión, por el sencillo motivo de que se me nota demasiado cuando miento. No es la primera vez que lo pienso y lo digo sinceramente y estoy que exploto de sana envidia por trabajadores de ese mundillo a los que, al verlos en algunas contadas interpretaciones  no dudé en catalogar como semidioses. Sin embargo, esta vez la reflexión me duró ese medio minuto más que hace que uno termine a veces, concluyendo justamente todo lo contrario a lo que afirmó un rato antes.

Entonces recordé, como si fuera ayer, esa noche en la que por fin me había invitado a salir “él” y, con la ayuda de mi inseparable amiga Alejandra,  me decidí por el vestido blanco escotado en la espalda que resaltaba mi bronceado. Era esa edad, y esa época en la que me veía como poco menos que un  bagre pero estaba ¡tan deslumbrada por ese chico! Créanme, no sé qué memoria emotiva utilicé pero cuando llegó la noche me sentí Marilyn- y aclaro que soy bastante diferente-. Frente al espejo ensayé la sonrisa más cautivante y, como al descuido dejé que un bucle me cayera sobre la frente para que pareciera más natural  y no se notara que había estado toda la tarde con los “bigudíes”. Inspirada en tantas películas miradas con mami imité la caída de ojos, el gesto inocente y el mohín seductor de Sophía Loren y por fin, cuando llegó la hora realmente me sentí otra, muy pero muy distinta a la  adolescente temblorosa e insegura que era.  Me sentí una diva, si me hubieran visto, realmente merecía un Oscar! Lo que siguió también fue de película, pero mejor me lo guardo. No quiero que piensen que soy una engreída…