Yrigoyen vuelve a morir de vez en cuando

Por RODY RODRIGUEZ.

 

 

El 3 de julio se cumplieron 80 años de la muerte de Hipólito Yrigoyen. Presidente de la Nación en dos oportunidades y líder de la UCR. Fue el primero elegido por el voto libre, universal y obligatorio y el primero en ser derrocado por un golpe milita. Tal vez Hipólito Yrigoyen inauguró la tradición de ser la clase de políticos que acumulaban insultos y agresiones, al tiempo que cosechaba el amor y la fiel adhesión de los sectores más populares. Le pasó a Perón, le pasó a Evita y existen paralelismos mucho más actuales.

Yrigoyen fue fiel al pensamiento de su tío, Leandro Alem, en la defensa de la causa de los desposeídos, un hombre que desde su innegable condición de caudillo alcanzó estatura de prócer. El 3 de julio se cumplen 80 años de su fallecimiento. Había llegado, por vez primera, a la presidencia de la nación a través del voto obligatorio, secreto y universal. Su triunfo llegó luego de años de lucha, revoluciones y una defensa inclaudicable de sus principios nacionales y populares. Durante su gestión, el «Peludo» -como lo llamaron-  modificó el rumbo político del país y marcó a fuego el protagonismo popular en la cosa pública.

Indudablemente, es rica la historia de su vida y extensa la reseña de sus actos de gobierno, en la que los aciertos superaron con creces a los errores (que los tuvo y que dejaron capítulos de gravedad en la historia argentina). Se lo acusó de personalista y fue echado del gobierno en medio de humillaciones. Entre el derrocamiento y la muerte, Yrigoyen transitó gran parte del tiempo en soledad. Algunos, muy pocos amigos, solían visitarlo. Le hablaban de las complicaciones crecientes de una década que comenzaban a calificar como infame. Le pedían consejos para mantener el protagonismo histórico del radicalismo. El viejo Yrigoyen confiaba en Marcelo Torcuato de Alvear, quien había sido su adversario interno, pero que el tiempo transformó en fiel amigo. «Acérquense a Marcelo» pedía a sus correligionarios desde su lecho de enfermo. Alvear había sido presidente luego del primer mandato de Yrigoyen, y fue un puente para su regreso al poder en 1928. Pero resultaba difícil creer que Alvear podía sostener y hacer resurgir al radicalismo derrocado en el 30, más allá del pedido de Yrigoyen.

Los actos de gobierno protagonizados por Juan Carlos Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Yrigoyen Alem -tal su nombre completo- tuvieron en muchos casos una valentía atípica. No existió impunidad en su gestión, no dudó en enfrentarse a los distintos factores de poder que trataron de poner uno y otro obstáculo para impedir que su gobierno dañara a los intereses extranjeros o de los monopolios, ajenos y contrarios a los intereses del país.

Fue parte de una raza política que escasea en la historia argentina. Un conocedor de la historia reflexionaba que antes el mayor defecto de un político era la vanidad, su deseo de llegar al bronce, la necesidad de trascender, de quedar en la historia. Hoy en general, es común ver que el peor vicio de los políticos es la avaricia, asegurarse su futuro, y a veces, el de varias generaciones. Ya no importa el bronce, el deseo es el oro.

No es un dato menor. Marca a las claras las distancias que pueden existir en la clase política. Cuando Yrigoyen fue derrocado se lo acusaba de ser populista y se le reprochó su tan mentado personalismo. A nadie se le ocurrió denunciarlo por corrupto. Se le cuestionaron si, episodios trágicos, como en los reclamos obreros de los talleres Vasena en 1919 y de la Patagonia en 1921.

Pero bueno es detenerse en recordar que Yrigoyen fue uno de los hombres en la historia que con una oración marcaba una enseñanza, con un gesto daba un ejemplo. Que sostenía sus convicciones con hechos. Como hizo con la política petrolera a favor de la estatal YPF, prolegómeno de lo ocurrido un mes después, cuando se produjo el primer golpe de estado de la época constitucional, con el apoyo entusiasta de la prensa manejada por la oligarquía, el ejército y la oposición de la élites conservadoras.

80 años después, Yrigoyen mira desde cuadros colgados en viejos comités como en nombre del ahora centenario partido, se ataca lo que él tanto defendió. Cuando escucha a dirigentes que supuestamente lo representan desear el fracaso de un país para beneficio partidario. Esa miserabilidad hace que Yrigoyen vuelva a morir de vez en cuando. Muere cada vez que ve a su Unión Cívica Radical perdida entre incongruencias y cavilaciones. Muere cuando ve a los dirigentes del partido por el que muchas veces arriesgó su vida, sumidos en tristes claudicaciones ideológicas.

Para Yrigoyen, para su origen revolucionario, el único objetivo a la hora de gobernar fue el pueblo, Seguramente su deseo sería que los que hoy hablan en su nombre actúen en consecuencia, y luchen contra las mezquindades, injusticias y las mentiras, a favor de la felicidad del pueblo y así Yrigoyen podrá descansar en paz.