Llegó algo nuevo para ver: “El Colapso”

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(Por Paula Vázquez Prieto para Página 12)

Son ocho episodios, cada uno de ellos filmado en un plano secuencia: la serie francesa El colapso, creada por el grupo Les Parasites, plantea el fin de la civilización contado con realismo, horror apocalíptico y un inocultable pesimismo. Cada una de las piezas, que duran entre 15 y 20 minutos, contiene un relato diferente: viñetas con distintos personajes, crudas variantes del desastre.

“Cada año desaparecen entre 130 y 150 mil kilómetros cuadrados de vegetación, lo que equivale a la superficie de Bélgica”, expone la voz en off de un documental televisivo. “Calláte, que no sabés ni dónde está Bélgica”, irrumpe el participante de un reality al borde de una pileta luego del cambio de canal. En instantes se suceden en la pantalla imágenes de gallinas camino al matadero, una pelea en un programa de panelistas en vivo, el anuncio del bloqueo del petróleo que sigue causando caídas en la bolsa, aglomeraciones en aeropuertos, desfiles militares, anuncios de armas de juguete. “En el año 2050 habrá más plástico que peces en los océanos”, continúa la locutora del documental sobre el futuro del mundo. “Vamos a vivir el colapso de nuestra civilización. Y ninguna institución, ni en este país ni en ningún otro, está preparada para lo que va a suceder”, es la última frase que reverbera desde el televisor, alojado frente a la hilera de cajas de un supermercado. La cámara se desliza hacia el rostro de Omar, el cajero que observa la realidad de aquella anunciación.

El colapso –L’ Effondrement, en el original- es una serie francesa producida en 2019 y estrenada en noviembre de ese año, un mes antes de la explosión de la pandemia que todavía sigue presente en el mundo. Escrita, producida y dirigida por el colectivo Les Parasites, integrado por los jóvenes realizadores Jérémy Bernard, Guillaume Desjardins y Bastien Ughetto, la serie cruza inspiraciones filosóficas como la teoría de Olduvai, que anuncia el final de la civilización industrial para este milenio, con ciertas claves de la literatura de horror apocalíptico. Son ocho episodios de entre 15 y 20 minutos, pensados como viñetas sobre ese fin del mundo que ocurre fuera de nuestra mirada, que deja sus terribles estelas, sus absurdas derivas, un caos con forma de aquelarre que despliega males conocidos e impensables. La ejecución consigue la forma perfecta: un extenso plano secuencia contiene cada uno de los relatos, pequeñas piezas de una relojería que ensaya las crudas variantes del desastre, cosidas con ese pulso inevitable que tiene todo camino de autodestrucción.

 

El primer episodio se sitúa en un supermercado de París a los dos días del colapso. Esas imágenes fragmentarias en el televisor que mira Omar son las únicas pista que tenemos de lo que ha sucedido. La gente compra compulsivamente, las mercaderías escasean, las tarjetas de crédito se suspenden, la luz va y vuelve. La primera historia se arma alrededor de Omar, la llegada intempestiva de su novia, el horizonte del caos, el intento de sostener los retazos de ese mundo que conoce. Los siguientes episodios recorren días aislados en la progresión de la crisis, estrategia que les permite a los creadores un fresco despojado del compromiso afectivo que implica la férrea continuidad. Cada viñeta presenta nuevos personajes, nuevos intentos de supervivencia, nuevas fronteras entre el mundo que colapsa y las nuevas formas de convivencia y comunidad. Al principio prima el egoísmo y la paranoia, lo cual decanta en cierta misantropía en la mirada; a partir del quinto episodio, conviven sentimientos encontrados, formas aisladas de solidaridad, intentos de organización, resistencias pero también una clara conciencia de que el mundo ha cambiado definitivamente.

La palabra visionaria o anticipatoria ha gravitado sobre la serie desde su estreno, debido mayormente al contexto de la pandemia antes que a su propia condición premonitoria. De la misma manera, la experiencia agotadora de la realidad desde hace más de un año puede tornarla un espejo intolerable. Sin embargo, El colapso es más que la advertencia de que una distopía puede materializarse, es un ensayo sobre la caída de toda una civilización a partir de pequeños detalles, situaciones cotidianas, gestos de todos los días. La impaciencia en la cola de una estación de servicio que deriva en un estallido de violencia, el absurdo de llevar un Van Gogh en el apuro de una fuga, el sostenimiento de los rituales conocidos como forma de aspirar a un futuro, la medida de los actos ante la mirada de los hijos. La elección de eslabones aislados en esa cadena de sucesos es lo que otorga a la serie su concepto de antología, pero al mismo tiempo le evita la tentación de la emoción fácil, la gesta heroica, la respuesta a lo imposible.

“Hace años nos interesaba la idea del colapso de la sociedad. Nos fascinaba y nos daba miedo, así que decidimos producir una serie y estrenar los episodios en nuestro canal de YouTube. Escribimos una de las historias para filmarla en un solo plano, la de la estación de servicio, así que la terminamos con un equipo de voluntarios y decidimos presentarla al Canal +. Les gustó y nos dijeron que producirían toda la serie. Así que reescribimos todos los episodios para filmarlos en un solo plano”, es la declaración del colectivo Les Parasites en una entrevista con el medio español Deia. La idea del “tiempo real” que brinda el plano secuencia es lo que define el vértigo de cada episodio, la sensación de lo inesperado y lo que de alguna manera determina la empatía con personajes que recién conocemos. Hay algunas figuras del cine y la televisión francesa o británica como Audrey Fleurot (El bazar de la caridad, Safe), Thibault de Montalembert (el Matthias de Ten Percent) o Lubna Azabal (La trêve, La chica del tambor), pero la mayoría son actores desconocidos, que componen el retrato de ese deterioro a partir de experiencias transitorias y viscerales, momentos fugaces que concentran dilemas existenciales, arrebatos desesperados, intentos de preservar la integridad ante la pérdida absoluta.

“Cada día observamos que las dificultades se amplían allí donde ya existían, en los lugares donde hay mayores desigualdades. El covid-19 ahondó en este problema al mostrar que conseguir un barbijo, refugiarse en el campo, conseguir provisiones, es un lujo reservado para una élite. La solidaridad ha funcionado a nivel local, pero ¿qué pasa con las batallas y la licitación entre los países ricos para apropiarse de las existencias de insumos disponibles? ¿Dónde estaba y dónde está la necesaria solidaridad mundial para crear un mundo sostenible?”, concluyen los creadores ante el efecto de su ficción en esta realidad todavía indescifrable. El colapso asume un recorrido circular y en su último episodio regresa al comienzo, cinco días antes del estallido. Todo lo que allí ocurre se tiñe de cierta ironía una vez conocidos los sucesos, y Les Parasites se permiten un humor sutil, que libera algo del pesimismo que arrecia en la serie. Un pesimismo árido y nada condescendiente, esquivo a los golpes bajos, pero incómodo debajo de la superficie, que observa la nueva normalidad sin moraleja ni celebración.

 

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