Hacer visible lo invisible

Durante varios años, además de haber estado acostándome temprano, frecuenté un supermercado de barrio en City Bell, animado por carniceros cantores y un verdulero Don Juan que le hizo chistes basados en bananas a, al menos, tres generaciones de vecinas (y a algún vecino también). Allí podía adquirirse un Monchenot 1998, tan de moda hoy, a un tercio de su valor de lista; enormes nueces riojanas al precio de una ganga y, por qué no, yogures milagrosos con vencimiento de una semana o más que, apañados por un dios aparte, nunca mataron a nadie.

La cuadra del supermercado tenía una paz que daba envidia y cierta inquietud, porque la paz ¿qué es sino un hecho inquietante o, mejor dicho, un acontecimiento desagradable que todavía no se produce? El ritmo del tránsito era casi nulo y, en otoño, los árboles –entre los que reinaba un ginko casi tan viejo como la tierra de la que había brotado- se prestaban  a una escenografía de encantamiento natural y hermosos colores de ocaso.

El trato familiar del personal, entre sí y con los otros, era una pieza más, aunque vital, de la máquina que cada día se ponía en marcha de 9 a 13 y de 17 a 21. Pero un día la policía cortó varias cuadras a la redonda con vallas de metal, y estacionó en sus esquinas camiones hidrantes, caballos con sus comisarios, ejemplares humanos de la especie animal llamada infantería, patrulleros y ambulancias. ¿Qué pasó? Que una columna de HIJOS avanzaba hacia la casa de Guillermo Gallo, ex rector de la Universidad Nacional de La Plata entre 1976 y 1983, un anciano acusado de entregar a una cantidad de estudiantes a la carnicería que no era la del supermercado del barrio, y de cesantear a profesores, y de haber granjeado una amistad profunda con Ramón J. Camps, de la que se enorgullecía, aunque de esto último no hay nada que decir porque cada cual es amigo de quien quiere.

Iban a escracharlo. Un acto que consistió menos en un hecho de violencia que en una revelación pública. ¿Así que ese viejito de apariencia honorable, casi japonesa, había resultado ser un excremento de la academia fundada por Joaquín V. González? ¿De modo que en ese cerebro olvidadizo, cuya carrocería desvencijada se plantaba ante las heladeras para hurgar en los lácteos que empujaran hacia atrás la os-teoporosis, se habían aprobado sin muchas vueltas las razones de un Estado torturador? Si no hubiese sido por HIJOS jamás hubiéramos podido saber quién era nuestro colega de compras, tan inofensivo y enternecedor, a quien estuvimos a un tris de decirle: «abuelito dime tú…».

Las propiedades trascendentes del escrache implican una denuncia moral y un acto de desenmascaramiento; es decir recordar qué hay y quién está detrás de las caretas que esconden a torturadores devenidos golfistas seniors, jerarcas violadores de personas y propiedades o sacerdotes diabólicos. La operación es elemental y muy necesaria: hacer visible lo invisible para que pueda percibirse lo desapercibido.

Muy diferente, por no obedecer a causas justas, fueron los neoescraches o seudoescraches sufridos por diputados oficialistas o dirigentes de asociaciones de latifundios durante el conflicto Estado-economía rural en 2008, porque repudiaban allí donde debían revelar. Por lo tanto no revelaban nada. Más bien subrayaban con actos de redundancia lo que ya se sabía: que el diputado oficialista era oficialista; y que el presidente de la Sociedad Rural era presidente de la Sociedad Rural.

En el pináculo del neoescrache o escrache bobo vimos ingresar, últimamente, dos hechos que merecen diploma y medalla y casi también el mote de autoescrache, un mecanismo de autoflagelación política que consiste en revelar el pedazo de boludo a cuerda o a pilas de níquel-cadmio que habita en el interior del sujeto escrachante y que tanto pugna por aflorar que, finalmente, aflora. El primer caso: el de la exiliada cubana Hilda Molina. Quiso presentar su aporte anticastrista en la Feria del Libro y de pronto aparecieron unos muchachos amigos de la Revolución y la neoescracharon por disidente y gusana.

El segundo caso fue parecido y un poco más violento, aunque no merezca figurar en algo que no sea más que una contravención perpetrada por idiotas. Gustavo Noriega estaba a punto de presentar su libro, Indec: historia de una estafa, en compañía de Claudio Lozano y Beatriz Sarlo. Entonces irrumpieron unos militantes oficialistas descerebrados (pero nunca más imbéciles que quien los mandó), revolearon sillas y rompieron el acto, lo que produjo una especie de confirmación en vivo de lo que se asegura que pasa en el INDEC. O sea que para que no se sepa, por el libro de Noriega, que en esas oficinas ocurren aprietes, ¡fueron a apretar!

Era de no creer. Incluso lo era mientras lo veíamos y podíamos probar que ese hecho estaba ocurriendo. Ese grupo de choque medio flácido, con toda esa fuerza aunada a los empujones para ejercer uno de los peores oficios -el de la interrupción-; y sobre todo esa finalidad tan pobre de meterse en un escenario ajeno, sin dar otro mensaje que el que dice que puede haber una política que consista en no decir ni dejar decir, se pareció mucho al de esas personas que en medio de una conversación cortan el teléfono en el momento en que se quedan sin palabras.

Disculpen la analogía, ¿pero no fue una escena parecida a la que protagonizan los hermanos Gristelli, ese par de nazis gordos dueños de la librería Santiago Apostol, quienes aparecen en marchas gay y empiezan a  los bifes sin decir una palabra? Ey, tú, idiota progresista, que fuiste a la Feria a hacer el ridículo, ¿no hubiera sido mejor que escucharas a Noriega y a sus presentadores para después, sí, irrumpir con alguna pregunta inteligente que brotara de tu cabecita e interpelara aquello que tanto te disgusta? Se ve que prefieres la parodia inquisitorial.