Argerich y Barenboim conmovieron al público en el Teatro Colón

BUENOS AIRES- Dos figuras universales como los pianistas argentinos Martha Argerich y Daniel Barenboim encontraron en tres obras de diferente tiempo y temperamento, interpretadas con un sentido desprovisto de toda afectación, la forma más eficaz de conmover al público del Teatro Colón, que ovacionó el encuentro de los artistas en un concierto a dos pianos.

Con historias que admiten algún paralelismo, temporal y estético, Argerich y Barenboim, con pasaportes argentinos pero pertenencia mundial, alumbraron ayer acaso el capítulo más esperado del «Festival Barenboim» que comprende, hasta el 13 de agosto,  también las funciones de la Orquesta West-Eastern Divan -con el preludio y segundo acto de la ópera «Tristán e Isolda» (Richard Wagner)- y un concierto, el sábado próximo, con el  grupo Les Luthiers.

Cultivados en la escuela de Vicente Scaramuzza (Argerich de modo directo y Barenboim a través de su padre, Enrique, y Carmen Scalcione), ambos dejaron el país en tiempos del primer peronismo para despuntar una carrera en los círculos más selectos de la música clásica.

Así fue que París, Nueva York, o Berlín (como ocurrió en 2013) se convirtieron en los puntos habituales de confluencia de los dos pianistas que ahora, con este ciclo, se presentan juntos por primera vez en el Colón.

La reunión fue especialmente significativa para Argerich, que arrastraba una frustrante experiencia en el teatro desde 2005 cuando los conflictos internos del coliseo obturaron sus conciertos. Desde entonces sólo regresó a tocar al país en 2012 en salas de Rosario y Paraná, lejos de la resonancia de Buenos Aires.

Para ese retorno Argerich eligió como punto de partida del programa la «Sonata para dos pianos en Re mayor, K. 448», de Wolfgang Mozart que, sin duda, pertenece al corpus que mejor responde a su naturaleza estilística.

La perfección formal de la música homófona, aquí bajo la forma madre de la sonata, enfatizan, sucesivamente, el toque claro y el gesto técnico virtuoso.

Enseguida, a cuatro manos, el dúo se entreveró en los contrastes de las «Variaciones» de Franz Schubert en «La bemol (opus 35), D. 813» para alcanzar el intervalo en un teatro inusualmente poblado hasta en los pasillos de la platea.

El programa se completó con un desafío a la pericia interpretativa de Argerich y Barenboim a través de una pieza propia de otro lenguaje y que expresa un punto en la evolución del desarrollo musical: la versión para piano de «La Consagración de la Primavera», de Igor Stravinsky.

La obra, cuya una de sus dimensiones más relucientes es precisamente el valor en que juega la orquestación, transcripta  al piano presenta exigencias adicionales.

Hasta allí el programa oficial. La noche, sin embargo, demandó una extensa sección de bises.

Las citas finales oscilaron entre la «Suite Nro. 2», de Serguei Rachmaninoff, o el «Bailecito», de Carlos Guastavino, refrendando que las formas folclóricas populares pueden conciliarse con las estructuras de la música académica.

La actividad de Barenboim continuará hoy a las 20 con una nueva función de «Tristán e Isolda», que repetirá el domingo desde las 17, el lunes a las 20.30 y el martes a las 20.

Argerich, con Barenboim y Les Luthiers, completará su faena el sábado a las 20 con «La historia del soldado», de Igor Stravinsky; y «El carnaval de los animales», de Camille Saint-Saëns.