Lentamente las familias de San Pedro retornan a sus hogares

 

SAN PEDRO- Las familias afectadas por el temporal de lluvia que azotó la localidad bonaerense de San Pedro comenzaron  a retornar a sus hogares para encarar las tareas de limpieza, mientras desde el municipio aseguraron que «le darán una solución a quienes lo perdieron todo».

El secretario de gobierno local, Raúl Cheyllada, dijo que «hay al menos 10 casas totalmente comprometidas y hay otras 15 en riesgo potencial que hay que evaluar con cuidado, por eso vamos a crear un mecanismo para la restitución de sus viviendas. Son situaciones muy traumáticas en las que el Estado tiene que hacerse muy presente».

El funcionario explicó que la prioridad todavía es asistir a los evacuados nutricional y sanitariamente y que, con el transcurso de los días, el foco se pondrá en la restitución de las viviendas con la ayuda de los recursos aportados por la Nación y la Provincia.

Entre el sábado a la noche y el lunes por la madrugada, llovieron 320 milímetros en San Pedro, más del doble de la media para todo el mes de febrero, y ni las napas ni los sumideros pudieron resistir el embate del aguacero.

«Un volumen de agua tan grande en tan poco tiempo para una caracterización geográfica como San Pedro que tiene sus barrancas sobre el Paraná es muy problemático: no es que cedieron las casas sino que la parte estructural donde estaban apoyadas sucumbió», explicó el funcionario.

Cheyllada informó que siguen siendo «entre 300 o 320» las personas asistidas entre evacuados y autoevacuados, aunque aclaró que «esta es una cifra que no representa el total de los damnificados que es muchísimo mayor».

Unas 100 personas del comité de emergencia recorren desde hoy la ciudad para realizar un relevamiento que permita determinar el estado de situación de cada una de las casas, así como el tipo y la magnitud de la ayuda necesaria.

En el barrio Bajo Cementerio, el barro se resiste a abandonar las viviendas, a pesar de las paladas y paladas que ya fueron echadas fuera, justo un poco más allá de donde se secan camas, colchones y muebles.

La peor parte se la llevaron las casas que están al pie de una barranca, pues la cantidad de agua caída produjo desprendimientos en las cortadas, generando un incontenible río de lodo que barrió con todo a su paso: árboles, casas, animales.

Como un intruso que nadie quiere, el lodo entró de improviso en las casas tirando paredes, desvencijando construcciones enteras o tapándolas directamente bajo una montaña marrón y pastosa: dos días después es posible reconstruir imaginariamente ese momento de terror y desolación en que la naturaleza se desbordó.

La casa donde Bárbara Chaparro vive con su pareja y sus tres hijos de 8, 5 y 2 años, por ejemplo, ya no puede volver a habitarse, porque el alud de barro le tiró literalmente una de las paredes laterales de chapa y madera, dejando al descubierto todo el comedor. Y si la pared del dormitorio se mantiene en pie es sólo gracias a que la cama le sirve de contención.

«Mi tía está ahora en un centro de evacuación y nosotros nos quedamos para cuidarle la casa. Igual, ella va a armar de nuevo su casa acá porque no tiene para irse a otro lado: va a esperar que se seque y luego se viene», dijo a Télam la sobrina de Bárbara, Antonella Martínez.

«Ella me contó que oyó un ruido fuerte y alcanzó a agarrar al nene más chico y salir antes de que todo se venga abajo», contó.

A pocos metros vive Romina Miños, que recién hoy pudo volver a su casa para encontrarse con que las paredes siguen en pie, pero todo está lleno de barro y ya no tienen el cerdo y los pollitos que criaban.

«Nosotros nos tuvimos que ir porque sabíamos que iba a llover mucho y nos dio miedo. Da pena ver cómo quedó todo; tras que uno no tiene nada, lo poco que tiene se pierde así», dijo.

En el Instituto Sarmiento, uno de los centros de evacuación, está Mabel Ortega quien está segura que a su casa precaria de barrio América, esa que acabaron de pagar en cuotas por 3.500 pesos ya no van volver más «porque mi marido fue y está todo desbarrancado», dijo.

Su hija Rosalinda, de cuatro años, revolotea alegre entre las camas dispuestas en fila, ajena a la angustia que domina el lugar y solamente reclamando por algún juguete que su papá logró rescatar de lo que era su casa.