El Mosquito hipotecario

    Por ALEJANDRO MARCÓ DEL PONT

    Bakersfield es una ciudad estadounidense situada entre San Francisco y Los Ángeles. Un día los cuervos de Bakersfield comenzaron a morir; caían como cometas del cielo. Si bien la muerte de estas aves era algo espeluznante, el temor se difundió cuando sus habitantes comenzaron a experimentar síntomas extraños.

    Rápidamente los científicos del California Encephalitis Proyect, un laboratorio estatal, brindaron una explicación racional a los síntomas: el virus del Nilo occidental. El portador del virus es un mosquito que se infecta después de picar a pájaros muertos, transporta el virus en sus glándulas salivales y lo transmite a los seres humanos.

    Pero el mosquito rara vez había causado problemas en EEUU y menos aún en Bakersfield. El último brote importante por causa de este vector se remontaba a 1952, cuando 813 personas murieron por encefalitis equina. Ese verano resultó peculiarmente caluroso, lo que disminuía la capacidad de reproducción del mosquito ante la gran sequía.

    Un mes después, los casos eran 140 y los muertos 27. Cuando se detectó el primer caso, la expansión fue como meter palomitas de maíz al horno, comenzaron a explotar una tras otra sin parar. La Universidad de California desplegó una unidad de epidemiología para tratar de brindar una explicar de las causas de esta rápida propagación. No encontraron indicios en las zonas rurales que revelaran una mayor presencia del mosquito, por lo que la investigación pasó a tocar puerta por puerta de las casas con piscina de la ciudad.  En ninguna de las ellas fueron atendidos; lo que hallaron fueron dos señales colocas en el frente de las viviendas: “Se vende”, o  “Embargada por el banco”.

    Resultó que Bakersfield no sólo era el epicentro del virus del Nilo, sino también una de las ciudades más afectadas por la crisis de las subprime. Situada en el octavo lugar nacional, Bakersfield se había convertido en uno de los centros más importantes de la burbuja inmobiliaria. De las 300.000 personas que la habitan, 5.000 casas habían sido abandonadas por impago de hipotecas.

    Con los embargos, los bancos volvieron a tomar posesión de las casas, y con ellas el descuido de los patios traseros y las piscinas. Aunque parezca mentira, el riego más grande a la salud pública de la población americana no sólo tenía que ver con un mosquito que crecía gracias a la falta de pago de hipotecas, sino a los dueños que se quedaron sin hogar.

    Cuando las personas pierden sus hogares, tienen que vivir en la calle o en alojamientos precarios brindados por el gobierno, si se da el caso. Las personas padecen de estrés constante y mayores probabilidades de saltear medicamentos o simplemente no tomarlos por la falta de recursos, lo cual agrava aún más su situación precaria. El terminar en un hospital, con largos tratamientos, resulta más oneroso para el estado que haber salvado o ayudado a salvar sus viviendas.

    Según Davis Strukler y Sanjay Basu, autores de Por qué la austeridad mata, casi el 40% de las personas sin hogar en Estados Unidos vive en calle, en autos o en otros espacios no ideados para ser habitados por seres humanos. Esto demuestra que la red de protección social estadounidense no sólo está llena de agujeros, sino que es inexistente. El gobierno americano, salvó a los bancos, ideó una política monetaria expansiva para salvar a la bolsa, pero se olvidó de los sin techo, producto de su afán de lucro. Lo mismo pasó en España, Grecia, Portugal e Irlanda. (De El Tábano Economista).