Sentimientos no deseados

En casa de “eso” no se hablaba. En la escuela tampoco. En la iglesia menos que menos.
Por lo menos ese marco de ignorancia me sirvió de tibio consuelo cuando, más grande, descubrí la verdad. Igual, durante mucho tiempo, me reproché con dureza no haberme dado cuenta de nada. ¿En qué agujerito mínimo vivía? ¿En qué zócalo escondido de la casa hacían ecos las conversaciones o preocupaciones de mis viejos sobre el tema?
Haciendo memoria recordé que a veces me habían ido a buscar al colegio porque la habían “tiroteado”. Hurgando un poco más en mi cabeza escuché en sueños las detonaciones en los “aguantaderos de los montoneros” en algún baldío vecino y ese ruido cada tanto, a la madrugada, ese retaconeo de las botas… esas botas en las veredas del barrio, doblando en la esquina, esas botas en la terraza de casa para saltar, hacia alguna vecina buscando sus “objetivos”
“Fue la policía”- me explicaron -“Buscaban a unos ladrones”- aclararon, supongo que con la sana intención de protegerme y no angustiarme; y así de chiquita todo quedó reducido a eso, un juego de poli- ladrón, pero real.
De adolescente, cuando se hizo la luz en el país, me devoré en un día y medio el informe de la CoNaDep. No lo podía creer. Me sentía muy mal, irritable, enojada conmigo misma. Sentía que había sido tan ingenua, tan ignorante y no me perdonaba mi inmadurez para no haber percibido la realidad.
Y así fue, como a pesar de mi resistencia, se acomodaron en mí sentimientos nuevos, sentimientos no deseados: repulsión, desprecio, rencor, odio… sobre todo odio. Odio a todos los torturadores y asesinos y a quienes los encubrían, y los odié todavía más por enseñarme a odiar.
Hace unos días esa vibración extraña volvió nuevamente. Me incomodé cuando al escuchar la radio se apoderó de mí una sensación de alivio que se instaló en mi cara en forma de tímida sonrisa. Es que murió Massera, y aún muerto sigo odiándolo por tener ese poder de hacerme sentir ese vergonzoso soplo de alegría.