Madres de juegos

«En el puente de Avignón todos bailan, todos cantan, en el puente de Avignón todos cantan y yo también»… Es increíble como se sellan a fuego en la memoria los momentos y las sensaciones que nos marcan en la infancia.
Son muchas las canciones que aún puedo recitar de memoria como si me las hubieran enseñado ayer, a pesar de que durante años, no las canté más.
«Mambrú se fue a la guerra», «Cucú cantaba la rana», «Aserrín, aserrán», «La farolera», «La Paloma Blanca», «El verdugo Sancho Panza». Por supuesto recuerdo también a la perfección, las coreografías, los gestos y las mímicas que debían ir coordinadas al unísono y los coros y contracoros que hacíamos con mis hermanos.
Es que no todos pudieron tener el privilegio de una tía como la mía, que además, es mi madrina. Mi «tía Lillian» (nunca, jamás pudimos separar el nombre del parentesco, siempre tuvimos que usar las dos palabras para referirnos a ella) fue como un hada para mí y mis cuatro hermanos.
Llenó de magia nuestros días y sobre todo, nuestras vacaciones en Entre Ríos.
Fueron sus manos las que rellenaron mi muñeca negra pata larga, y sus dedos laboriosos los que pegaron esos botoncitos brillantes y chiquitos para dar vida a los ojos de mi ovejita de lana, esa que me acompañó tantas noches de miedo. Gracias a ellos y al calor de su pañolenci el sueño siempre llegaba más rápido.
Como mamá corrió con las desventajas de la responsabilidad de su rol de madre de cinco hijos seguiditos y además de trabajar, tuvo el peso de nuestra educación, inculcarnos valores, tenernos siempre impecables y prolijos, mi tía, se apropió contenta de nuestros momentos de diversión y de ocio, de los juegos y las canciones, de las risas y de las travesuras.
El Carnaval era una fiesta con la tía como modista de nuestros disfraces. Las tafetas de colores eran la materia prima de los vestuarios más suntuosos y gracias a su confección parecían de raso o seda italiana. Sin dudarlo mi preferido fue ese kimono rosa envolvente con su faja ancha bordada- el obi- que me hizo para un febrero caluroso. No me importó nada los 35 grados sostenidos desde la mañana hasta la noche. Todo el día me paseé sintiéndome una diosa con mi peinado a un costado, con la flor de la misma tela bien sujeta sobre mi pelo y mis labios rojos y mis ojos rasgados por el delineador. ¡Qué placer, qué sensación! ¡Qué bien le hace al espíritu y al carácter el haber tenido tiempo y ganas para jugar cuando se debía jugar!
Se acercan sus 80 años y todos, los cinco sobrinos -que somos también un poco los hijos que no tuvo- saldremos en caravana para San José a festejarlo y a agradecerle.
Y al aproximarse el momento, en mi recuerdo hay una imagen, más que una imagen como una secuencia de una película, con sonido y movimiento que tengo más presente que nunca. Es la de nosotros cinco con ella disfrazados de chinitos, con pantaloncitos negros y chaquetas de distintos colores, todos sentados en los escalones de la escalera que da a la terraza, moviéndonos en vaivén y cantando y creyendo, total, pero totalmente convencidos que, de verdad estábamos en ese momento en Francia sobre el «Puente de Avignon».