Nuevos brotes

Lidia, una adorable viejita que vivía en Las Flores y que veía seguido cuando llevaba a mis nenas a visitar a su abuela Ñata, fue la que me enseñó todo sobre las plantas.
Su jardín, que ocupaba el fondo y todo un costado de una añosa casa chorizo era un regalo para los ojos y para el olfato. Es que en él, si bien nada obedecía a las reglas y cuidados que hubiera establecido un profesional paisajista, todo estaba armoniosamente desordenado. Desparramados por todo el patio abundaban los tarritos, los latones, las medio botellas de plástico con gajos y gajitos, las plantitas que se encontraban en «terapia intensiva» aisladas de la acción nociva de hormigas y caracoles, y en todo el parque convivían alegremente matas guachas de acelga con orquídeas naturales, un grupo de radichetas con conejitos y dalias, una de morrones «putaparió» con nomeolvides y esterlicias.
Lidia con paciencia y mucha generosidad me enseñó cómo podar, cómo hacer gajos y multiplicar las plantas, de qué forma recoger y luego plantar las semillas, cómo hacer almácigos y de qué forma y en qué época enterrar los bulbos de las fresias y de los tulipanes. Pero más que la técnica ella me enseñó a amar lo verde, me enseñó el entusiasmo de observar cada progreso y el cariño con que debía cuidar aquello a lo que le había dado vida.
Mi debut en mi propio jardín fue con varios gajos de un rosal trepador, de un color rojo vibrante que le había robado al vecino de la casa de mi hermano José ya que sus ramas caían graciosamente por la medianera. Moría por adornar la pared de mi humilde fondito con ese color. En mayo corté los gajos y los planté con cuidado y cuando promediaba la primavera comencé a angustiarme al ver que las ramas seguían secas, oscuras, inmóviles. Lidia me dijo que tuviera paciencia, que esperara, que necesitaba tiempo.
Fue a fines de septiembre recién cuando empezó a verdear la rama, esa alegría y ese entusiasmo ante esos pequeños brotes me dieron impulso para luego seguir, hasta el día de hoy experimentando con todo tipo de especies.
Es raro como nos juega la mente cuando nos sentimos tristes y qué recuerdos algo incoherentes vienen a nuestra cabeza porque estos últimos días, con toda la tristeza que me inundó por todo lo que pasó me encontré recordando los brotes de ese, mi primer rosal. Tal vez sea porque quisiera creer, esperanzada que a pesar de la maldad y la perversidad que existe en la sociedad, deseo que este dolor no sea inútil y sirva para que de a poco crezca un nuevo brote, pequeño, verde de una nueva sociedad donde no tengamos que llorar más la muerte de ninguna Candela.